Psicología Católica Integral - Mercedes Vallenilla
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Testimonio de María

35 años
🇲🇽 México

Después de llevar más de cuatro años en terapia con dos psicólogos distintos, pensé que ya no podría encontrar nuevas soluciones para los “problemas” que tenía o las cosas que “me atoraban” en el día a día. No venía nuevos avances y estaba estancada.

En medio de la pandemia, “mis problemas” se agravaron; mi familia estaba envuelta en un caos negativo en el que mi esposo, mis dos hijos pequeños (uno de ellos con TDAH no diagnosticado en ese momento) y yo, con una enfermedad crónica que me limitaba mucho, estábamos en constante conflicto familiar, por lo que una amiga me recomendó hablar con Merce. ¿Otra psicóloga? ¿Empezar de cero otra terapia? Pero estaba tan “oscuro” el panorama que pense que no tenía nada que perder. La sesión era a distancia (ya todos estábamos acostumbrados a los zooms) y una visión nueva chance podría ayudarnos. Lo que nunca imaginé es que ahí empezaría, por fin, el primer proceso terapéutico REAL que tendría en mi vida. ¡Y además sin contraponerse con mi fe! No solo no se contrapondría, sino que reforzaría mi amor y confianza en Dios. 

A lo largo de la terapia entendí que el enfoque de Merce e Intercath https://www.intercath.org es muy distinto a las demás terapias: porque en Intercath Psychology se enfocan en resolver el problema de raíz. Nuestra forma de percibir la realidad es la que provoca ciertas conductas y pensamientos. Si ajustamos nuestra percepción se ajustan muchos aspectos. En mi caso entendí que el problema de fondo no era mi enfermedad, la personalidad de mi esposo y sus propios defectos o el desafío de criar un niño hiperactivo con TDAH, sino mi propio perfeccionismo a través del cual me exigía a mí misma (y permitía que otros me exigieran) dar un 100 en todo, todo el tiempo y terminar sobrepasada y agotada todos los días… porque tal perfección no existe en esta vida. Y aunque tenía, efectivamente, retos reales, mi forma de enfrentarlos era la que me tenía contrariada la mayor parte del tiempo. 

Crecí en una familia en la que se nos valoraba por lo que hacíamos, no por lo que éramos. Mis “dieces” en la escuela, trofeos y medallas deportivas era lo que más se valoraba de mí. Y estando en una escuela que reforzaba esa línea, al ser muy competitiva, crecí en el error de creer que lo más importante es el resultado, lo que haces, lo que logras… Hoy, después de dos años, veo la vida desde otro ángulo. El valor más importante está en lo que eres. Independientemente de tus logros. Ahora entiendo que nadie es perfecto. Dejé de exigírmelo a mí, a mi esposo y a mis hijos. Lo que verdaderamente vale es el esfuerzo, el amor que se pone en cada cosa. Cada uno de nosotros valemos por lo que somos. Y somos ante todo hijos e hijas de Dios. Sentí un alivio enorme y solté una carga pesada que llevaba soportando por muchos años, aún sin darme cuenta. 

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