Hace tiempo no escribía en esta página, que nació hace más de 15 años como un espacio para compartir reflexiones y tender puentes entre la psicología y la espiritualidad cristiana. Hoy quise abrir un espacio en mi agenda profesional para volver a hacerlo, movida por un acontecimiento que, más allá del futbol, considero un verdadero fenómeno social profundamente vinculado con la identidad del mexicano.
Contexto psicosocial.
Al hacer estas reflexiones, me transporté a mi especialización de psicología social, donde no solo estudias las percepciones, sino cómo se crean verdaderos cambios sociales a partir de ellas, sobre todo cuando estas surgen de una evidencia objetiva y no de las mentiras que las redes sociales pueden en un segundo fabricar.
Lo primero es ubicar el contexto histórico del fenómeno. Aquí, no quisiera ser simplista, pero solo mencionaré de una manera muy somera dos aspectos sin que, con ello, agote el análisis de este fenómeno social, el cual podría ser toda una investigación de campo.
El primero es un contexto social caracterizado por la polarización, algo tan ajeno a lo que me enamoró hace más de 30 años cuando pisé suelo mexicano. Esto de «los bandos sociales» que no quiero mencionar, no es algo que haya caracterizado a la identidad mexicana, pues si algo noté al llegar a México, era que no importaba quién eras: tu clase social, tu color de piel o tu acento. Una sola identidad los definía: ser mexicano. Y de allí, no solo los definía, sino que se extendía a los demás a través de su hospitalidad y generosidad: “Hermano, ya eres mexicano.”
El segundo elemento, una desmotivación basada en la desesperanza con relación a la participación de la selección mexicana en el pasado mundial. Es el primer mundial desde hace 30 años que llegué a México, donde no tenía idea de quiénes conformaban la selección mexicana. Esto, como consecuencia de la desafortunada participación en el mundial pasado, donde quedamos todos desconcertados. Sentía añoranza de ver a Jorge Campos con sus pintorescos uniformes, o ver los goles del Matador, o la seriedad de Rafa en el medio campo, o el Chicharito gritando por la cancha cuando metía su gol…estos recuerdos que están almacenados en la memoria del corazón, entre muchos otros.
Comenzó el Mundial.
Comenzó el mundial y no era suficiente ser uno de los países anfitriones para animarnos a todos a confiar en nuestra selección. Pero, en ese partido inaugural, algo comenzó a cambiar en la mente y el corazón de todos nosotros, y no fue solamente que Maná prendió el estadio, sino que vimos a unos jóvenes integrados, cantando con el corazón al grito de guerra, el himno nacional en nuestro emblemático estadio, abrazados con ese abrazo por medio de la pantalla que sabes a la distancia que no es ficticio, sino de aquel que comenzó a tejer meses atrás profundos lazos en el interior del corazón.
Y allí comenzamos todos con la ley de la gradualidad a creer en ellos. Y no porque únicamente estuvieran dando buenos pases, o recuperando balones, o intentando meter centros o que, Quiñones y Jiménez, cabecearan varias veces. Había un «algo más», un «no sé qué», un esto «se ve y se siente diferente». Eso, que no sabíamos con certeza aún explicar.
Paso a paso comenzamos a animarnos. A creer en ellos. A confiar. En contra de lo que de parte nuestra recibieron al inicio. Ellos comenzaron creyendo primero; nosotros los seguimos a ver su ejemplo. Y algo en el corazón de cada mexicano, en la mente donde se forman los juicios y las creencias, comenzó a cambiar de forma exponencial.
Comenzó el contagio emocional.
Comenzó, como decimos los psicólogos sociales, el contagio emocional. La sociedad comenzó a cambiar. Pero no a la «tonta», sino fruto de la evidencia objetiva. Comenzó a desaparecer esa polaridad social, esos nombres de los bandos, para salir a flote eso que me enamoró tanto y de primero de la cultura mexicana: «Tu casa, es mi casa», «Hermano, ya eres mexicano». Esa única identidad donde todos somos mexicanos, sin importar si eres adoptado, naturalizado, si naciste acá o naciste en la China.
Cuando Quiñones metió el primer gol, sonreí. Me atreví a decir que me sentía feliz de que un naturalizado metiera un gol, pues al escucharlo hablar me sentía identificada con el porqué eligió a esta hermosa nación para portar la camiseta. Elegimos ser mexicanos justamente por el trato que este país, por medio de su generosa gente, a nuestra llegada nos brindó. Por habernos hecho sentir con hechos concretos y esos pequeños detalles el que, en realidad, «hermano, hermana, ya eres mexicano». Por abrirnos las puertas de su casa, haciéndonos sentir que de verdad era la nuestra. Por darnos muchas oportunidades de las que alguna vez soñamos. Por hacernos sentir, a pesar de nuestro acento, uno entre ellos.

Elegimos ser mexicanos.
Hay muchas cosas en la vida que no eliges, pero esta sí fue nuestra decisión, sin que eso signifique que hemos olvidado nuestras raíces y nuestro pasado, nuestra patria natal, en mi caso, Venezuela. El corazón del ser humano es tan grande, pues fue hecho a imagen y semejanza de Dios, que caben sin problemas el amor por dos patrias: donde nací y donde elegí vivir. La patria natal y la patria adoptiva.
Después de ese partido escuché algo que solo dos veces en 30 años he escuchado en México: «Nunca un naturalizado será considerado un mexicano». Esas palabras calaron fuertemente en mi corazón, pues al vivir más de la mitad de mi vida en este hermoso país, nadie, absolutamente nadie, puede quitarme el orgullo de sentirme parte de esta hermosa tierra. Un país que no solo me ha llenado de oportunidades laborales, sino de relaciones humanas que me han hecho lo que hoy soy, aunado a mi esfuerzo. Relaciones duraderas que han confiado en mí y han potenciado mis talentos con creces. Que han invertido en mí y en mis innovadoras y extrañas ideas. Es decir, verdaderos hermanos mexicanos.
El mundial avanzaba mientras el fenómeno social se potenciaba exponencialmente. Los críticos deportivos comenzaron a bajar la cabeza mientras los demás la subíamos de orgullo cantando «mexicanos al grito de guerra».
Lo insólito comenzó a suceder; la realidad nos llevó a un mayor contagio emocional aun cuando no estuvieras en el siempre llamado Azteca. Todo esto comenzó a ocultar la nefasta división social. La unidad basada en la hermosa identidad mexicana comenzó a emerger con una fuerza descomunal. Como David en contra de Goliat. Como un dinosaurio dormido que comenzó a despertar. Porque el bien siempre emanará así, contrarrestando el mal.
La unidad comenzó a emerger.
Y nos la comenzamos a creer porque la evidencia de esa verdad única, inmutable e indivisible estaba allí, frente a nuestros ojos. Porque nuestra selección lo creyó primero. Y con esto no me refiero únicamente a cuatro partidos ganados con cero goles; me refiero al amor, la unidad, la identidad y todo lo que esta selección mexicana despertó y nos recordó a 133 millones de mexicanos, así como a todos los extranjeros que se abrieron a conocernos.
Hoy, como psicóloga social, puedo interpretar que ocurrió de nuevo un fenómeno mundial que otros —como los jugadores ingleses— afirmaron haber vivido una experiencia única. Un fenómeno que comenzó a gestarse en la mente de un estratega: Javier Aguirre. Él, junto con su equipo, no solo hicieron crecer a los jugadores del gran potencial que cada uno tenía, sino algo más profundo: tocó la necesidad afectiva más vital en los grupos y, por ende, en los sistemas sociales: el profundo sentido de pertenencia.
Esa experiencia afectiva que no solo te hace saberte familia, sentirte familia, sino que te hace comportarte como familia. Te hace, como consecuencia, buscar el bien de todos; te hace dar la vida por aquello que luchamos todos los días buscando el bien común sin importar quién eres. Esa necesidad afectiva que, al nutrirse, no solo se convierte en el motor de cualquier ser humano, sin importar el rol que desempeñe, que nos hace sentir con la confianza, la seguridad emocional como unos verdaderos superhéroes, conectando con el elemento identitario más fuerte del ser humano, en este caso «el ser mexicano». Ese que me hizo sentir en mi casa y no solo de palabras, sino con hechos concretos de vida cuando puse el pie en territorio mexicano hace 30 años.

Sentido de pertenencia
Es por esto que el sentido de pertenencia mueve montañas. Sentir que eres una persona importante en una familia, un sistema social, un grupo, sentir que eres una pieza de ese rompecabezas, sentir al final que no estás solo, sino luchando por un bien compartido por ese grupo de personas al que llamas «familia». En este caso, tus connacionales.
Sentir que tu fuerza está en la fuerza que nos conecta a todos con ese motor que no frena ni al más lento, esa fuerza que mueve al mundo llamado amor. Y aquí no me refiero solo al amor al futbol, a la camiseta o a la selección; me refiero al amor entre nosotros los seres humanos, que somos capaces de respetar, conocer y aprender de aquel que forma parte «de mi equipo», que está a mi lado en el estadio, que veo en la calle, y que nos hace sentir a todos, que somos mexicanos. Tanto al de nacimiento como al naturalizado.
Y es ese, justo ese sentido de pertenencia, de donde emana: «tu casa, mi casa». Porque no son palabras políticamente correctas, sino palabras que expresan el que desean de verdad que te sientas acogido, valorado y amado, al final en casa. Hermano y hermana mexicanos.
Como dice una de mis canciones favoritas: «Así se siente México. Así se siente México. Así como unos labios por la piel. Así te envuelve México. Así te sabe México. Así se lleva a México en la piel».
Así es como, desde la mente de un técnico y su equipo, esto se extrapoló a la mente de cada jugador. Y allí, se tejió esa necesidad afectiva de sentirse amado, valorado y de pertenecer, para luego trascender. Porque primero te sentiste parte importante de algo muy profundo, más grande que uno mismo, llamado a trascender, que nos recordó lo que es el ser «mexicano».
Unidad en la diversidad
Desde Don Memo «la leyenda», hasta el chamaquito Morita. Pasando por la hormiga, saltando al piojo, hasta llegar a los postes que defendía el Tala. Postes que Quiñones, Mateo, Raúl, Santi y Fidalgo atacaban, pero en sentido contrario. Todos, absolutamente todos, reflejaron eso en el campo, esa unidad que da la diversidad, porque existe algo superior por lo que creer; y eso mueve en grupo a luchar. Ese escudo en la camiseta que representa nuestra identidad.
Y de allí comenzó a trascender a los comentaristas, a nuestras pantallas, para llegar directo como una flecha de fuego a nuestros corazones, desatando esa ola social de hacernos de nuevo creer que sí podemos todos vivir en unidad en torno a nuestra identidad mexicana.
En ese punto, ya no era únicamente la selección nacional la que cantaba con la fuerza del amor el himno nacional, ya no solo era todo el Azteca vibrando de emoción, ya no solo era al Pato Merlin vestido con su camiseta; ahora éramos todos los mexicanos, nacidos en México y fuera de México, los que con nuestra camiseta desde la sala de nuestra casa, desde la taquería en la calle, desde el Fan Fest, desde el Zócalo, la Minerva, o en L.A., desde cualquier rincón del planeta, cantábamos el himno nacional con esas lágrimas en los ojos y el orgullo de recordarnos de nuevo esa unidad que nos hace sentir que todos —sin importar dónde naciste— somos mexicanos.
Hoy, solo puedo darle gracias a la selección mexicana porque nos regresaron ese sentido de unidad donde siempre seremos y somos más fuertes. Olvidamos por un segundo esas posturas polares que solo fragmentan y dividen la característica más esencial del mexicano: su unidad en la diversidad de la cual se sustenta su identidad.
Por algo fue en México donde la ola dejó de ser solamente un movimiento en las tribunas y se convirtió en un fenómeno mundial.

México, el país que convirtió la ola en un fenómeno mundial. Nació de la unidad del mexicano que no le importó a quién tenía sentado a su lado en el estadio. Se necesitaba esa unidad que siempre ha caracterizado al mexicano para crear algo tan grande, una ola más grande que uno mismo. Porque para hacer la ola en el estadio se necesita una enorme coordinación, sincronía y ponernos todos de acuerdo entre desconocidos para levantar los brazos en el preciso momento, soltando aquello que nos divide para así dar un solo resultado en unidad que da el sentirse parte de algo más grande que tú mismo. Y así, animarnos todos mientras animamos al equipo. Los de dentro y los de fuera del estadio.Por algo fue en México donde la ola dejó de ser solamente un movimiento en las tribunas y se convirtió en un fenómeno mundial.
La selección mexicana nos recordó algo que se nos había olvidado en el camino. Estar unidos. Eso es mucho más que hospitalidad. Ojalá y podamos conservar esta enorme emoción que nos dejaron. Sin duda alguna, para mí y para muchos este ha sido el mejor mundial, no solo por los resultados, sino por lo que nos regresaron, el recordar lo que ha hecho siempre grande a México: Su gente
¡Gracias, Vasco, por la unidad que lograste traer de nuevo a todos los mexicanos! Gracias a nuestra selección por hacernos vibrar y creer de nuevo que juntos sí podemos. Espero, como muchos, verlos jugar en nuestro próximo mundial con ese enorme sabor de boca que ahora nos dejaron. Antes decíamos: «Jugamos como nunca y perdimos como siempre». Esta vez jugamos como nunca; perdimos como nunca habíamos perdido, con la cabeza muy en alto, luchando, pero ganamos muchas más cosas porque nos recordamos de nuevo esa unidad que nos caracteriza y el orgullo de volver a sentirnos «uno» como mexicanos.
