Subir al Monte en la Biblia

La palabra monte, sinónimo de montaña se utiliza incontablemente en la Biblia, no solo en el antiguo testamento sino en el nuevo.

Desde el Génesis 7:18, se menciona a los montes desde la creación: “Subió el nivel de las aguas mucho, muchísimo sobre la tierra, y quedaron cubiertos los montes más altos que hay debajo del cielo. En Éxodo, 3:12 Dios le dijo a Moisés en la huida de Egipto: “Yo estaré contigo y ésta será la señal de que yo te envío: Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en este monte”.

Cristo fue tentando en un monte por el rey de la mentira: “De nuevo lo lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria” (Mt, 4:8). El milagro de la multiplicación de los panes se menciona que Cristo estaba en el monte sentado (Mt, 15,29).

Subir al monte

La transfiguración se llevó a cabo en el Monte Tabor (Mt, 17:5) y antes de su pasión subió a orar al Monte de los Olivos o Monte Tabor.Son por lo tanto incontables los nombres de los Montes mencionados en la biblia: Monte Ararat, Monte Abarin, Ebal, Garizín, Nebo, Parán, Pelado, Hermon. Monte del Valle, Baalá, Gaás, Líbano, Gelboé,  Gaalad, Monte de Israel, Monte de Sión y una larga lista.

La palabra monte tiene un significado muy relevante en la transmisión del mensaje de Dios y en la persona de Cristo, pues es una referencia muy significativa.

Podemos comenzar por pensar la función que las montañas tienen en la geografía, que es la de ser almacenes de agua, pues son el origen de las corrientes más caudalosas y proporcionan la mayor parte del agua a los embalses. De igual forma, constituyen reservas de animales y plantas que con frecuencia ya desaparecieron de las tierras bajas favoreciendo la biodiversidad y el equilibrio de los ecosistemas, además de ayuda al ocio y al esparcimiento del ser humano.

Pero bíblicamente las montañas no solo tenían esta función de origen de mantener el ecosistema del planeta en este entonces, la montaña tenía un uso principal que vemos tanto en el antiguo testamento como en el nuevo testamento: era un lugar de oración, de contacto con Dios, pudiéramos decir de revelación.

Las montañas representan a los reinos. En este caso, al reino de Dios donde Él mismo reveló su presencia, no solo a los que por designio de Él mismo había escogido para una misión particular como lo fueron los profetas, sino a su mismo hijo quien infinidad de veces se separó de la muchedumbre para subir al monte a orar a buscar paz en su espíritu y para que su Padre Dios le revelará su voluntad, que hoy sabemos no fue toda de una vez sino a medida que fue creciendo en el amor.

El uso de la palabra “monte” en la biblia, viene acompañada de infinidad de fenómenos naturales, no solo como un lugar donde la persona iba a estar para orar y estar en la presencia de Dios, sino como lugar donde se mostraba esa presencia de Dios a otros.

Por esta razón, la vemos asociada a relámpagos, humo, fuego y temblores. Todas expresiones figuradas que buscaban expresar el poderío de Dios. No solo la paz y la voluntad de Dios al que oraba, sino la fuerza y el poder de Dios que sacudía y exhortaba al pueblo que presenciaba siendo testigo pero que, a pesar de ello, flaqueaba y caía.

También en el sentido bíblico se utiliza la palabra monte con su sinónimo “montaña”, como un obstáculo, haciendo referencia a todas aquellas dificultades y problemas que debemos escalar y traspasar con la ayuda de la fe que depositamos en Dios “haciendo que lo escabroso se vuelva llano y las breñas planicie” (Isa, 40:4)

Del considerar también ese simbolismo de la montaña como obstáculo es de donde deriva el uso de la frase coloquial “la fe mueve montañas” cuando menciona el evangelio: “Por su poca fe. Porque yo les aseguro: si tienen fe como un grano de mostaza, dirían a este monte: desplázate de aquí allá, y se desplazará y nada le será imposible”.  Aquí la fe -aunque sea del tamaño de un grano de mostaza-, nos enseña que solo nos basta creer en el poder de Dios, aunque nos sintamos débiles o incapaces, pues es esa pequeña fe la que será capaz de hacer que el poder y la gracia de Dios muevan cualquier “montaña”; es decir, cualquier obstáculo por más grande que éste sea que vivamos en nuestras vidas; pero en especial, a todos esos tropiezos que nos encontremos en nuestro caminar hacia la vida eterna.

Es por esto que no considero fortuito que el pasaje de la Transfiguración del Señor lo leamos en el tiempo litúrgico de la cuaresma. Un hermoso pasaje donde Cristo sube al Monte a orar y se lleva a tres de sus discípulos predilectos Pedro, Santiago y Juan. Y mientras oraba, su cuerpo se transfiguró. Sus vestidos se volvieron más blancos que la nieve, y su rostro más resplandeciente que el sol. Y se aparecieron Moisés y Elías y hablaban con Él acerca de lo que le iba a suceder próximamente en Jerusalén. Pedro, muy emocionado exclamó: -Señor, si te parece, hacemos aquí tres campamentos, uno para Ti, otro para Moisés y otro para Elías. Pero en seguida los envolvió una nube y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy amado, escuchadlo”.

Transfigurar significa que su cuerpo se transformó de carne a un cuerpo glorioso resplandeciente. Se transformó en lo que conocemos como su identidad humana con cuerpo humano a su identidad divina como hijo de Dios de forma gloriosa.

En este pasaje aparecen Moisés y Elías. Quienes estuvieron los dos en diferentes épocas del antiguo testamento siendo instrumentos con especiales misiones de parte de Dios. Uno, liberando y guiando al pueblo judío del éxodo de Egipto, quien se le reveló Dios en el Monte Sinaí. Moisés representa la ley de Dios y el mandato de liberar al pueblo judío y de formarlo según la alianza de los padres. Elías, quien surge como “padre de los profetas” según el catecismo de la iglesia católica, quien después de Abraham, Moisés y David le es entregada la misión de recuperar la fidelidad del pueblo a esa Alianza. Dos hombres excepcionales que presencian la transfiguración de Cristo, confirmando todo lo que los profetas habían dicho, de que todo se consumaría con el cordero pascual, Jesús -el hijo de Dios- no solo con su muerte sino con su resurrección.

La transfiguración es una invitación a transformar nuestra propia vida. Por eso se lleva a cabo en el período de la cuaresma. Esos 40 días que se nos dan como periodo para purificar nuestro interior, nuestro pecado y prepararnos para poder unirnos al sacrificio de Cristo y llegar a la resurrección que nos limpia del pecado y nos lleva a la gracia esperanzadora de una mejor vida con Cristo: la vida de gracia.

Y es allí, donde entra en juego la palabra monte o montaña. Como ese lugar al que debemos acudir para poder hacer un silencio interior y poder orar. Subir a la montaña significa elevarnos de la cotidianidad, significa dejar de mirar nuestra existencia de un modo tan rastrero, significa el poder elevar la mirada a Dios y escalar interiormente a un nivel superior de vivir y de amar. Subir la montaña es atrevernos a ver con verdad a ese interior que muchas veces se escapa y se evade con el ruido del mundo, entre fuegos artificiales, con aplausos y adulaciones efímeras de un mundo que refuerza todo aquello que no sea la intimidad con Dios.

Subir la montaña es atrevernos a mirar al interior. Atrevernos a ver en él la realidad de lo que hoy somos. Es ver aquello molesto que no logro cambiar, es dejar de estar distraídos con banalidades y decidir centrar mi mirada en el corazón para evaluar de qué adolece. Subir el monte es poner un alto en el camino y con valentía atreverse a mirar dentro de él. Subir el monte es atreverse a estar a solas con Dios. Es asumir responsabilidad sobre las heridas emocionales que padezco y atreverse a sanar. Es poner mis pecados y fallas ante Dios y pedir perdón por ellos. Subir la montaña, es buscar un refugio donde nos podemos resguardar de aquello que nos duele.

Moisés representa la ley. La fidelidad al cumplimiento de la ley. Aquello por lo que seremos en nuestro juicio final juzgados, por el amor con que hemos vivido, amando a Dios y amando a los demás. Pero Elías representa a un hombre que estaba en igual de condiciones a nosotros, representa a todo aquel que acude a Dios por medio de la oración y cómo Dios lo auxilia en medio de las dificultades. Nos recuerda el poder que Dios tiene para reparar todo pecado, todo mal mediante la resurrección del Señor. Nos recuerda el paso del pecado a la gracia y como estamos hoy en el momento indicado para que esa gracia sea la que nos transforme por dentro y de raíz todo.

Representa la caída del pueblo judío y las segundas oportunidades, el establecimiento por medio del arrepentimiento de la antigua alianza entre Dios y el pueblo de Israel. Representa también el anuncio de la nueva alianza. Ese nuevo amanecer y despertar que todos tenemos la oportunidad en esta tierra –sin importar nuestro pecado- de ser perdonados por medio del sacrificio redentor de Cristo en la cruz que nos abre las puertas del cielo.

Las montañas tienen esa misma función natural que tienen en la geografía, en nuestro espíritu. Ellas nutren de agua y mantienen el ecosistema en equilibrio, eso es lo mismo que subir a la montaña a orar hará en nuestro espíritu: ayudarnos a sanar y a mantener nuestro equilibrio interior que solo lo da el amor y la gracia de Dios.

En la montaña podemos encontrar no solo la paz, sino estabilidad. Podemos encontrarnos con Dios. Debemos de tomar la decisión de hacerlo y la cuaresma representa el mejor espacio para llevar a cabo esa tarea. Solo hay que tomar la decisión y emprender el camino, aunque nos topemos con obstáculos.

Subir al monte es estar en paz. Es escuchar la voluntad de Dios en el interior y así poder optar. Es pedir su auxilio y ser rescatado. Es el lugar donde haciendo silencio nos encontramos con Dios para poder reducir esa brecha en lo que realmente somos y lo que podemos llegar a ser.

El Papa Emérito Benedicto XVI, cuando anunció su renuncia me encontraba en el vaticano. En su último ángelus uso una frase que resonó en mi interior: “El Señor me llama a subir al monte” haciendo referencia a una vida de oración y de meditación más acorde a su edad.

No en vano el conservacionista John Muir, dijo acerca de subir a la montaña: “Estos días de montaña inmensa, tranquilidad inconmensurable, días en cuya luz todo es igualmente divino, es cuando se abren mil ventanas para mostrarnos a Dios”

Creo que hoy todos estamos llamados a subir al monte para poder ver a Dios y que su amor pueda transformar nuestro interior. Esta cuaresma representa una nueva oportunidad para comenzar a andar. Dios hoy nos dice: “Este es mi hijo muy amado, escúchalo”. No hay más tiempo que esperar.

Mercedes Vallenilla

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

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