Una catedral

Este pasado mes tomé una semana de vacaciones. Una mañana, salí a caminar con mi esposo. El ejercicio es algo que ayuda mucho a mi salud, aunque me cueste se que es algo bueno para mi y es parte de las cosas que tengo que hacer para estar estable.

Estábamos por la mitad del camino alrededor de los 3 kilómetros, cuando iba en mi interior con un discurso un poco quejumbroso: “¿por qué salimos a las 12 pm? es la peor hora para caminar. Aquí ando cargando con esta botella de agua para no deshidratarme”. Mientras iba junto con las quejas, jalando un poco mi pierna que constantemente experimento con corriente y el pie a punto de acalambrarse. Honestamente, no sé que me pesaba más, si mis quejas, mi cuerpo o la botella de agua.

Mi discurso negativo parecía salir de una máquina expendedora de quejas interiores, como esas máquinas que cuentan los billetes mientras intentaba seguir adelante en medio del sol que ardía. Mientras lo hacía, recuerdo que se me escurrían las gotas de sudor en la cara pensando que había sido una muy mala decisión. Todo el cuerpo me pasaba y sentía que no tenía aliento para hablar, me fundía en medio del pavimento negro que hasta sentía en la cara el vapor que emanaba. 

De repente, a la mitad del camino en el peor momento de sol y de mi arrepentimiento por haber tomado una mala decisión, cuando estaba a punto de consumirme en mi mundo interior lleno de quejas, me topé en el camino a un señor justo delante de mi después de una curva, calculo que tendría alrededor de 75 años.

Del impacto me detuve, lo observé de arriba para abajo mientras le sonreía y a la vez respiraba con el corazón acelerado. Iba vestido con un uniforme color café de manga larga con la tela muy gruesa nada apto para aquel lugar. El señor estaba empujando un bote enorme de basura que tenía visiblemente las ruedas descompuestas pero que él, sabiamente estaba sabiendo empujar pues supongo que le había agarrado el truco, cómo decimos coloquialmente “la maña”. 

Quedé paralizada viendo la escena en frente a mis ojos. Pues lo que más me sorprendió fue cuando me di cuenta qué estaba paralizado de la mitad del cuerpo del lado izquierdo, justo todo el lado que tengo afectado por la lesión en mi columna vertebral. Pensé que de seguro había tenido un derrame cerebral pues su pierna, su brazo y su cara del mismo lado izquierdo estaban visiblemente entumecidas con un claro mal funcionamiento. La pierna la iba arrastrando, no alcanzaba a apoyar su pie, la mano la tenía doblada y la cara medio paralizada. Aunque los dos teníamos el mismo lado izquierdo del cuerpo afectado, lo de él era mucho peor.

sentido trascendente

Me quedé atónita viendo la escena. Mi corazón parecía que se había calmado, quizás por la fuerza del amor, de la inteligencia y de la voluntad que veía encerrada en esta aparente debilidad humana -pero que como flecha- salía de su corazón con toda esa fuerza del amor para impactar al mío en el centro. 

Recuperé el aliento y además la sonrisa pues lo que más me impresionó fue verle la cara de felicidad con la que iba empujando su gran basurero muestra equivalente de su gran bondad, mientras iba a su vez haciendo malabares con la escoba que estaba colgando en su carrito de basura, con aquel uniforme que de solo verlo me pesaba pero además, arrastrando su cuerpo enfermo dentro de todo este escenario que se me hacía toda una hazaña.

Cuando salí de mi abstracción después de saludarle le hablé diciéndole: “amigo, usted me está enseñando a echarle muchas ganas a la vida” gracias por su sonrisa. Él se sonrió mientras continuaba asentando con su cabeza en señal de afirmación mientras me decía: “si señora, hay que echarle muchas ganas a la vida”. Todo su cuerpo, su cara, su esfuerzo, su sonrisa era una señal en forma de faro que alumbraba a todos a su paso, pero en especial para decirme que a la vida se le debe de echar todas las ganas, aunque vayamos en el camino arrastrando el propio cuerpo y teniendo a su vez que cargar bajo el desierto y el sol un bote de basura haciendo malabares con una sonrisa.

Me quedé allí admirada. En ese instante quise abrazarlo y decirle lo mucho que le agradecía su ejemplo de vida. También quise tener mucho dinero para ofrecerle mi ayuda y preguntarle que si necesitaba una fisioterapia o medicamentos para alivianar un poco su esfuerzo.  

Después, continué mi camino bajo el sol con una inyección de entusiasmo. Regresé a donde acostumbro a estar con una mente comprometida en los pensamientos positivos, dando gracias a Dios porqué, aunque no sienta mucho mi pierna izquierda y la llevaba toda acalambrada, allí estaba luchando ahora con una sonrisa, cargando quizás mi bote representada por mi cuerpo que late, pesa y gime todos los días de dolor no solo por mi columna, sino por los dolores naturales que 17 cirugías han dejado como rastro en su paso por mi cuerpo enfermo. 

Todo el camino fui muy concentrada reflexionando en esto. Como siempre, mi Señor me hablaba a través de las personas sencillas que me encuentro en el camino de la vida para darme una lección en el lenguaje del amor. Personas que quizás no tienen nada material que ofrecer, pero que su a vez tienen mucho que enseñarnos representado en el valor, la alegría y la sonrisa con que enfrentan las dificultades de la vida, pero que solo podemos reconocer si estamos abiertos a salir de nosotros mismos para leer estos encuentros con la mirada del amor y de la fe. 

Las enseñanzas que estas personas nos dan llenas de sabiduría de vida, no se reciben en ninguna universidad sino en la sencillez de un corazón que sabe amar con una actitud positiva todo lo que la vida le depare pero; en especial, aquello que no se puede cambiar pero que se transforma al asumirlo con la actitud correcta de vida.

Es fácil que, ante nuestras situaciones de dolor, nos centremos siempre en pensar una y otra vez en aquello que no fue perfecto, en aquello que no nos gusta de nuestra realidad, en aquello que no fue como lo planeamos y que nos genera molestias en el camino  de la vida restándonos fuerza y aliento para continuar; sobre todo cuando nos toca caminar bajo el sol del medio día con el pavimento caliente en medio de circunstancias adversas que no son las más ideales.

Esta escena tan simple pero tan llena de verdad se parece mucho al camino de la vida donde unos van quejándose siempre de todo y otros, recorriendo el camino -quizás- con mayor dificultad, pero van sonriéndole a las dificultades mientras van empujando con ello su cargamento encontrado “la maña” para poder sacar el mejor provecho de una situación que de por sí ya es desventajosa. 

Cuántas veces empeoramos las cosas porque no nos abrimos a aceptar lo que no podemos cambiar y sacar provecho de lo que sí nos queda aún de esas situaciones tan desventajosas. Este amigo no podía cambiar el que le haya dado una apoplejía, el que quizás no contara con los recursos económicos para que a su avanzada edad pudiera quedarse en su casa a descansar. 

El hubiera podido estar resentido con Dios y con la vida por no estar jubilado, o quizás al menos por no contar con un mejor trabajo y además, con el dinero y los recursos para pagar una fisioterapia y estar al menos cómodo en su casa.

En cambio, hizo algo grande con lo que sí contaba que era su trabajo de barrendero, aunque no fuera el ideal para su edad y su estado físico. Su uniforme de tela gruesa, su escoba, su gran basurero con las ruedas estropeadas al igual que su cuerpo dañado del lado izquierdo; pero también contaba con el amor que llevaba dentro de sí mismo y que era tan grande, que movilizaba a todo su cuerpo enfermo irradiando su luz y a todos los que nos cruzamos en el camino.

Su actitud ante la vida para sacar el mejor provecho de un trabajo que, a todas luces estaba totalmente fuera de lugar por su condición no solo de mayor de edad, sino por todo su estado físico. 

Esto me recordó a una historia de un campesino que iba por un camino con el sol del mediodía parecido al que estaba recorriendo en mi caminata. Se encontró a un señor que estaba picando piedras. Se detuvo y le preguntó: “Amigo, ¿qué hace? El señor visiblemente molesto le respondió que estaba allí picando piedra, que sino era capaz de verlo. 

Siguió su camino y se encontró a otro hombre en las mismas circunstancias haciendo exactamente lo mismo. Al preguntarle “Buen hombre, ¿qué hace?”, este le respondió: “aquí, picando piedra porque pronto construiremos una Iglesia”

Continuó el camino y se encontró a un tercer hombre en la misma circunstancia haciendo el mismo oficio. Al preguntarle: “buen hombre, ¿qué hace? este le respondió con una enorme sonrisa: “estoy picando piedra amigo porque algún día aquí, en este lugar estará construida una catedral donde todos podrán venir a visitar al Señor y a la Virgen María”. 

Estos tres hombres estaban haciendo exactamente la misma tarea bajo las mismas circunstancias de vida, pero existía una enorme diferencia y no solo era la actitud con la que estaban asumiendo una penosa labor con circunstancias muy adversas, sino además que el último hombre tenía muy claro su porqué y su para qué y eso le otorgaba un sentido trascendente a aquello que estaba haciendo. La tarea y dificultad del aquí y el ahora estaba proyectada con una repercusión en el mañana, de cara a una eternidad.

Aquí está la clave para que asumamos aquellas tareas que quizás no nos gustan o nos cuestan. El aceptar aquello que no podemos cambiar porque no contamos los recursos económicos, físicos o de otra índole. Por ello, es importante preguntarnos a cada paso del camino nuestro por qué y eso nos llevará al para qué. 

Hacer estas preguntas tan trascedentes, nos ayudarán a conectar con nuestro sentido y misión en esta vida, el cual no solo es a nivel afectivo muy necesario para podernos comprometer en la tarea con todo nuestro ser, sino que además nos ayudará a… Clic para tuitear

Pero además hacernos estas preguntas nos ayudarán como cristianos a conectar con el sentido trascendente de vida, sabiendo por nuestras creencias que cada acto tiene una consecuencia que repercutirá en la eternidad.

Por la fe, sabemos que ese es el lugar a dónde todos debemos de aspirar a llegar y el medio más importante para hacerlo, es amando a Dios y a otros como Él nos ama. Es así cómo podemos asumir aquello penoso y doloroso con toda la fuerza del amor que resulte de ello.

En esta sencilla historia me veo en el primer hombre que picaba piedra, con la mirada puesta en el piso concentrada más en el calor, el sudor, lo caliente del asfalto y el sin sentido de aquel esfuerzo sin poder levantar debido a ello, la mirada al cielo.

Es un hecho que la actitud hace toda la diferencia. Pues hay hechos y circunstancias en la vida que no podemos cambiar, pero si está en nuestras manos y en nuestra libertad decidir cómo vivirlos.

Eso, nos ayudará a mantener una sonrisa, aunque estemos empujando un bote de basura con las ruedas descompuestas, estemos bajo el sol del medio día medio lisiados, vistiendo un atuendo poco adecuado, pero sabiendo que nuestra actitud convertirá esa circunstancia de vida que pesa como plomo, pero que al conectar con la trascendencia se convertirá en oro sabiendo que así ese acto repercutirá no solo en nuestra vida de forma positiva sino en la anhelada eternidad que el interior clamará por alcanzar . 

Mercedes Vallenilla

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger / Candidata Doctora en Psicologia

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Maestra en Ciencias de la Familia para la Consultoría por el Instituto Pontificio Juan Pablo II. Candidata a Doctora en Psicología por la Universidad Marista de Guadalajara.

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger / Candidata Doctora en Psicologia

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Maestra en Ciencias de la Familia para la Consultoría por el Instituto Pontificio Juan Pablo II. Candidata a Doctora en Psicología por la Universidad Marista de Guadalajara.

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