Siempre a la Órden

El pasado diciembre salimos en familia a entregar unas despensas navideñas con comida que habíamos preparado en casa para las personas que estuvieran en la calle. Mientras hacíamos el recorrido ese 25 de diciembre, nos encontramos a dos señores de la tercera edad que estaban sentados en el piso con una mirada de desesperanza.

Al escuchar nuestra voz que los invitaba a acercarse al coche, los dos ancianos se emocionaron mucho. Cuando estábamos a punto de continuar nuestro trayecto uno de los ancianos introdujo su mano dentro del coche para darnos las gracias a cada uno, se notaba profundamente agradecido. Cuando le llegó el turno a mi querida suegra, una señora de 82 años, de pelo blanco y un enorme corazón, la respuesta que le dio al anciano me llevó a una reflexión desde ese día hasta la fecha pues ella le respondió: “Siempre a la orden”.

Al continuar el trayecto la respuesta de mi suegra fue motivo de muchas risas entre mis hijos pues para ellos no tenía mucho sentido haberle dicho a un extraño “siempre a la orden” ya que nunca más lo volvería a ver. Pero al reflexionar en esta respuesta, nos dimos cuenta que no había que interpretarla de forma literal sino más bien la misma expresaba un deseo arraigado en el interior de “siempre estar a la orden” para intentar suplir las necesidades de otros, para servir de forma desinteresada a otros.

Mi suegra le respondió esto a un extraño, porque así fue educada por sus padres en un ambiente de profunda generosidad. Su frase “siempre a la orden” solo expresa ese deseo de amar siempre y en todo momento a otros, esa actitud generosa que todos los seres humanos debemos de llevar en el corazón para poder vivir en comunión con otros heredando en nuestros hijos un mundo mejor al que hoy tenemos, pero heredando a otros algo mucho más profundo que es el amor que conduce a la eternidad y que es el que crea en esta tierra una pequeña antesala al cielo.

Siempre a la orden es una oración que puede identificar la actitud constante de un corazón generoso. Al inicio de nuestros tiempos, la generosidad estaba más asociada a su raíz en latín “generositas”, que hacía más referencia a una actitud altruista de compartir de la nobleza. Con el paso del tiempo, esta virtud se fue generalizando a todos los sectores de la población hasta llegar al día de hoy a significar la acción de dar o compartir con otros algo sin esperar nada a cambio para buscar un bien común.

A medida que pasa el tiempo, ya no vemos tanto a las nuevas generaciones con este tipo de actitudes generosas. Lamentablemente el llamado “progreso” del mundo materialista, el capitalismo, el individualismo y todo el egoísmo desmesurado en que ésta cultura relativista ha sumergido a tantas personas, ha ido en aumento el egoísmo como base del pecado original tan contrario a la generosidad, pues mientras una persona generosa dirá “siempre a la orden” el egoísta solo dirá “no es mi problema”.

Desde mi perspectiva, la generosidad se aprende en casa. Es normal que los niños desde pequeños quieran adueñarse de las cosas, en especial de sus juguetes. Es desde esa corta edad cuando podemos los padres comenzar a mostrarles como se vive siendo generoso; al compartir con ellos la comida, un solo postre para todos en un restaurant, el enseñarles a compartir sus juguetes con otros niños, el poder compartir el tiempo con los abuelos ancianos o dedicar un espacio en fin de semana para visitar un hogar de niños huérfanos o de enfermos.

Todas estas acciones que emprendamos como familia, permitirán que ellos vayan aprendiendo lo que significa comenzar a vivir siendo generosos sin ignorar las necesidades de otros cualquiera que estas sean.

De igual forma, el poder compartir ciertos bienes en casa sin que tengan la etiqueta con el nombre de cada miembro de la familia y que ellos no lo expresen en su vocabulario con ese pronombre personal “mío” que tanto fomenta el egoísmo y el sentido de apropiación, puede ayudar mucho a los niños a compartir. Por ejemplo, el aprender a compartir la programación de la televisión o la computadora “de la casa” que es para toda la familia, ayudará siempre a fomentar la generosidad aprendiendo a compartir primero en familia, pues sería ilógico pensar que si un niño no aprende a compartir con su propio hermano, lo hará más tarde con un extraño.

Los padres somos los responsables de enseñar a los hijos a ser generosos. Podemos tener conversaciones sobre las necesidades de los demás, sobre todo de aquellas personas que pueden servir en el circulo del niño o de la familia. Por ejemplo, podemos mencionar que el guardia del colegio quizás en invierno siente más frio o que las personas que recogen la basura les debe de costar mucho lo que hacen para perseguir el pan de cada día. Enseñar a los niños a estar consciente de las necesidades de los demás los puede motivar el día de mañana a ser generosos y a tomar acciones altruistas en bien de otros.

Compartir la comida, el tiempo, las cosas materiales pero no las que sobren en casa, sino quizás las que se necesiten, enseña a los niños desde pequeños a desprenderse de algo para hacer felices a otros. Ellos así podrán aprender lo que es el desprendimiento, el sacrificio, podrán abrirse a las realidades de otras personas y valorar con creces lo que en casa reciben. Aprenderán la felicidad que se experimenta en el corazón cuando uno se desprende de algo para hacer feliz a otro. Pero -como todo- esto no se aprende con experiencias ajenas a la nuestra, sino en zapatos propios con experiencias propias que se registran en los diferentes tipos de memoria causando efectos positivos en la vivencia de otras virtudes.

Ayuda al prójimoLa generosidad nos puede conducir a acciones altruistas, que son todas aquellas acciones que llevamos a cabo para buscar el bien de otros aunque estas acciones impliquen sacrificios. La filantropía es el amor al genero humano que conduce a una persona o grupo de personas a mostrar ese amor a otros por medio de acciones organizadas que no buscan ningún tipo de interés o beneficio a cambio.

Para nosotros los católicos, la generosidad como virtud no esta llamada únicamente a crear acciones altruistas o filantrópicas en si mismas. Hay una virtud teologal que debe de movernos interiormente y es la virtud de la caridad la cual ha sido catalogada por los padres espirituales como la virtud reina que debe de distinguir a un cristiano. Mientras la caridad como virtud es superior porque nos eleva o contacta con la experiencia sobrenatural, la generosidad es la manifestación que esta virtud fomenta en nosotros cuando la ejercitamos.

La caridad es el culmen del mandato que Cristo nos dejó en su paso por el mundo. Es la razón que nos mueve a amar a Dios sobre todas las cosas para poder amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. La caridad es el motor que nos debe de mover a ser generosos, pero no porque amamos a la raza humana en si misma, sino porque amando a otro ser humano estamos amando a Dios de la misma manera como Él nos ama a nosotros mismos. Para poder vivir la caridad de esta manera, requiere que en cada acción generosa hacia otros, podamos hacerlo porque vemos en el otro el rostro de Cristo, porque tratamos al otro con esa dignidad de hijo de Dios y porque nosotros amamos a Dios primero, es que estamos en capacidad de amar al prójimo con ese mismo amor que nos ama Dios.

Es por esta razón que la filantropía que tanto bien hace a las sociedades si se prescinde de la caridad cristiana en el interior del corazón de quien la practica, queda en acciones inmanentes; es decir su repercusión será solo en el aquí y en el ahora pues esas acciones permanecen únicamente en el interior de quien lo ejecuta y solo en el interior de quien lo recibe con lo cual se convierte la persona generosa en su propio fin. En este sentido, crearemos un bien a otra persona que generará un bien común pero será siempre limitado, se quedará esa acción siempre limitada en el aquí y en el ahora de las personas involucradas como depositarias últimas de esa acción.

Por el contrario, cuando somos generosos y emprendemos acciones movidos por la caridad cristiana, estamos buscando amar a Dios por medio de las otras personas a las cuales queremos ayudar, nuestras acciones están siendo trascendentes porque estamos con el amor expresado trasmitiendo el mismo amor de Dios y esas acciones trascienden de cara a una eternidad tanto para la vida de la persona que ejerce ese acto de generosidad, como de la persona que lo recibe, porque estamos brindando la oportunidad de que se experimenten amados por Dios a través de nosotros como instrumentos de ese amor a Dios.

La caridad trasciende nuestras propias limitaciones humanas y el amor de Dios puede expresarse por medio de nosotros como un don, el mayor de todos los dones que es el amor de Dios. Esas acciones tienen una repercusión que trasciende esta vida de cara a una eternidad que para nosotros los cristianos es el destino final, excediendo con creces nuestra finitud humana hacia el amor infinito de Dios.

Cuando comenzamos a vivir así podemos experimentar ese amor de Dios expresado a otros por lo que el tipo de amor se convierte en apreciativo ya que la inteligencia comienza a comprender y apreciar que Dios es el máximo bien y culmen de ese amor para uno mismo y para otros siendo esto aceptado por la voluntad.
 Ese amor también es sensible pues el corazón lo siente en su interior quizás experimentado como un gozo que cuesta describir en palabras cuando intentamos expresar lo que llevamos dentro; y el amor de Dios es efectivo pues comenzamos a demostrarlo con acciones concretas hacia otros como un hábito de vida que tendrán importantes repercusiones en el cielo.

Cuando el amor es el que sustenta nuestra generosidad, entonces es cuando no solo estará siempre a la orden, sino que a su vez, no esperará nada a cambio. Esto significa que no solo no esperará recibir una recompensan a cambio, sino que cuando no es reconocido incluso por los receptores de ese amor o beneficiarios de esas acciones, no se desmotivará porque existe un fundamento que lo sostiene mucho más pleno que es el amor del mismo Dios que se derrama en el interior del corazón y además, se consolida la certeza de ser recompensados en el cielo.

De igual forma, la Iglesia nos ofrece los principios de la solidaridad y la subsidiaridad en su doctrina social donde vemos como estos principios se ofrecen justamente para poder obtener un bien común en las sociedades donde nos desarrollamos. La solidaridad es la virtud que nos permite compartir en plenitud el tesoro de los bienes materiales que hayamos podido adquirir o recibir pero sobre todo también de los bienes espirituales que hemos recibido como don por parte de Dios. La subsidiaridad es la coordinación de todas aquellas actividades que la sociedad pueda gestionar para apoyar la vida interna de las comunidades locales donde nos desarrollemos. Ambos nos ayudan en diferentes ejes a encontrar un bien común unidos en comunión con un ideal de amor.

Pero estos principios que la Iglesia nos ofrece, no pueden desvincularse de nuevo del bien mayor que es el amor de Dios, que nos une como don a nuestros hermanos y a la vez con Dios en un principio mayor que es la unidad en el amor como un don recíproco y mutuo. Esa misma unidad que nos otorga el Espíritu Santo, quien al final es el artífice de esas mociones interiores que nos moverán a vivir como Cristo, donando amor.

Quien es generoso es movido por la caridad perfecta que imita al amor del Padre pero además tiene una conciencia recta y justa. Es la caridad la que puede llevarnos a vivir un bien común, a esa tan anhelada comunión en el amor y quizás, podamos vivir en el interior una pequeña antesala al cielo con esa actitud interior de estar “siempre a la orden”.

Mercedes Vallenilla

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

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