Las pérdidas emocionales

Las pérdidas son tan variadas como las culturas. Los sentimientos y las emociones que producen son tan diversos y a la vez tan profundos como somos las personas. Estos pueden generarse debido a muchos factores y circunstancias de vida.

Podemos experimentar sentimientos de pérdida, cuando por ejemplo, perdemos la salud. Cuando salimos de nuestros países al exilio y dejamos a nuestras familias. Cuando claudicamos a nuestros planes. Dejamos nuestra ciudad. Algo muy preciado con lo que crecimos, como una mascota. Cuando perdemos la reputación o la buena imagen que creíamos tener debido a que quizás sentimos el juicio de las personas que nos rodean.

perdidas emocionalesTambién se experimentan cuando se ha perdido el trabajo y con ello, la pérdida del sentimiento de confianza en si mismo. O cuando se ha perdido la confianza en las personas que creías eran tus amigos. O incluso, el que da por terminado una relación amorosa. También, podemos experimentar la pérdida más profunda de todas, que es la muerte de un familiar o de un hijo.

Cualquiera que haya sido la pérdida, pareciera que estamos dejando una parte de nosotros mismos en el camino y en cada una de ellas. Y que puede traer como consecuencia, la pérdida de la estabilidad emocional, laboral y económica. La pérdida de la estabilidad de la pareja o incluso la estabilidad de toda una familia.

A veces en la vida, pareciera que no paramos de experimentar pérdidas. Quizás no hemos terminado de pasar por el proceso de asimilar la primera, de tratar de entender los sentimientos que se producen a nivel psicológico con una perdida como pueden ser emociones entremezcladas de angustia, miedo al futuro, frustración y depresión, cuando a la vez, experimentamos la segunda y muchas más. Y es aquí cuando el dolor puede desdibujarnos la mirada, la sonrisa, incluso el propio ser. El dolor sino lo sabemos manejar puede robarnos el amor.

Las pérdidas pueden dejar una huella muy profunda sino las afrontamos de manera adecuada. Y muchas veces, sentimos que las circunstancias nos aplastan y no sabemos que hacer. Intentamos resolverlo en la oración y los sentimientos parece que no desaparecen. No es falta de amor a Dios, de voluntad, o que no estemos siendo buenos cristianos. Es que necesitamos ayuda porque somos seres humanos y no hay que perder de vista que Dios fue el que nos creo con esta humanidad que tenemos que entender, para poder canalizar.

Me ha gustado siempre reflexionar en los grandes personajes de la biblia pero no desde la asistencia de la gracia o la vida de confianza y oración que en ellos se expresaba únicamente, sino desde su humanidad caída.

Me encanta – por ejemplo- ver como Moisés se asustó cuando Yahvé por primera vez le habló y el vio a la zarza ardiendo. O cuando se molestó muchas veces, porque el pueblo judío estaba cayendo otra vez en sus idolatrías en el exilio. Cuando Pedro se puso muy enojado porque a Jesús lo detuvieron en el Calvario. O cuando se sintió turbado ante el anuncio de la pasión que le hacía su maestro.

También cuando Tomás dudó y pidió meter la mano en el costado de Cristo para creer. O cuando los apóstoles estaban con una tristeza profunda después de la muerte de Jesús. Cuando Jesús llega tarde a la muerte de Lázaro y no solo Marta le reclama, sino que llora y se compadece profundamente. O cuando los apóstoles estaban muy asustados en la barca que estaba a punto de naufragar ante la tempestad y levantan a Jesús quien dormía en medio de ella. Jesús después de un tiempo de agonía de los apóstoles que morían de miedo, calma la tempestad.

Hay muchos personajes en la biblia que experimentaron emociones profundas como nosotros. De igual forma, si nos fijamos en la vida de los santos veremos que dentro de esa predilección de Dios que se manifestaba por medio de ellos, también experimentaban emociones profundas contrarias y sentimientos humanos entremezclados. Ellos también flaquearon, lloraron, incluso algunos dudaron. Pero a pesar de eso, fueron fieles porque nunca pelearon con su propia humanidad, sino que aprendieron a coexistir con ella elevando su mirada al cielo por medio de la fe. Pero primero fueron hombres, para después ser santos.

Si nos encontramos experimentando los sentimientos que produce una pérdida, hay que avanzar en este camino que Dios ha escogido para nosotros. Pero para poder avanzar no podemos seguir con el corazón sangrando. Hay diferentes etapas que debemos enfrentar para sanar y así, poder llegar al final.

Podemos experimentar negación que es la primera reacción que podemos sentir ante lo que no nos gusta de nuestra realidad. No es solo que podemos llegar a negar que un hecho pasó, sino que podemos negar los sentimientos que el hecho ha producido en nosotros. También, podemos llegar a sentir ira, rabia, enojo. O incluso, podemos llegar a negociar pues tenemos la expectativa que podemos evitar la pérdida. O incluso, podemos llegar a la tristeza profunda.

Y ¿Qué significa llegar al final? Sentirnos otra vez como antes de que tuviéramos esas pérdidas. Sentir de nuevo que podemos continuar con las mismas fuerzas que teníamos antes de tener estas grandes pérdidas. Es llegar al final de cada etapa y sentir que todo quedó en el pasado. Es sentirse nuevo y renovado por dentro.

Es volver a sonreír dentro del corazón. Es ya no tener que practicar en el espejo una sonrisa. Es volver a amar y seguir amando. Es ya no tener amarguras en el corazón. Es dejar de sentirnos tristes. Es dejar de extrañar y de recordar con dolor lo que perdí. Es sentir que vamos por buen camino. Es dejar que el Espíritu Santo trabaje en nuestro interior por medio de la gracia. Es aceptar la voluntad de Dios sin tanto cuestionamiento. Es vivir en paz, llevar la paz a mi familia. Es ya no hacer alianzas para fomentar mi dolor.

Es poner todos los medios para salir adelante. Es tener paciencia en medio de la tempestad. Es ya no buscar a quien culpar por mi dolor. Es buscar ese remanso que da el compartir nuestro dolor con Dios. Es dejar de actuar como adolescente rebelde que todo lo cuestiona y nada le parece. Es dejar de emitir tantos juicios y disculparme por hacerlo. Es dejar de usar el reclinatorio donde se supone debo pedir perdón, para justificarme por tanto enojo y frustración. Es ver todo con el cristal de la fe y el amor. Es volver a confiar en Dios y en los demás. Es, finalmente permitir que Cristo, el Buen Pastor sane mis heridas y calme la tempestad.

Y esto es lo que significa experimentar el duelo ante una pérdida. Es el conjunto de pensamientos, sentimientos, estados de ánimo y reacciones fisiológicas que experimentamos cuando perdemos algo importante para nosotros.

Este duelo está conformado por varias etapas que tenemos que enfrentar como si fuera un viaje muy íntimo por el cual tenemos que pasar para llegar al final. Es como el Vía Crucis personal. Cristo, no podía pasar del Monte de los Olivos directo al Calvario pues hubiera sido extraño. Hay todo un Vía Crucis que recorrer y cuántas enseñanzas nos dejó Jesús en él. Se cayó tres veces y se levantó las mismas tres veces. Se dejó enjugar su rostro por una mujer: la Verónica. Permitió que el Cireneo le ayudara a cargar el peso de la cruz.

Y es que precisamente así es el duelo. Tenemos forzosamente que pasar por diversas etapas, para llegar a ese final, para volver a estar bien. Sino lo hacemos, no podemos continuar avanzando y es por eso que nos quedamos “pegados” en algunos sentimientos que pueden ser de odio, de rencor, de desconfianza, de dolor.

Llegar al final en nuestro idioma significa “resucitar”. Pero para ello hay que consumar como Cristo todo en la cruz. En psicología significa resolver el conflicto. Volver a sentirnos en paz, estar alegres, tener planes maravillosos para nosotros y para los demás. Saber que Dios tiene planes maravillosos para nosotros. Tener esperanza en el futuro. Tener el alma abierta para que El nos regale tantas gracias que desea donarnos. Dejar de llorar, dejar de extrañar, dejar de sufrir, dejar de agredir pasiva o activamente. Dejar de criticar, de cuestionar. Es tener la confianza extrema de que su voluntad nos llevará sólo donde la gracia pueda sostenernos. Es volver a amar. Es dejar que Cristo calme la tempestad.

Cristo, el Buen Pastor se nos presenta hoy como ese Cristo médico que quiere acercarse a nosotros y sanar nuestras heridas. Pero El solo puede hacerlo, si nosotros lo dejamos entrar en nuestro corazón. El respeta nuestra libertad pero requiere de nuestra colaboración para poder lograrlo y así transitar junto a nosotros, con nosotros por ese Vía Crucis personal que implican en nuestras vidas las pérdidas emocionales. No estamos solos en esto. Porque ningún mar en calma hace experto a un marinero. Es en la tormenta donde se aprende a navegar. Deja que Cristo, calme tu tempestad.

Mercedes Vallenilla

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

Mercedes Vallenilla

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Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

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