El Sagrario ya no está vacío

El Sagrario en viernes santo estaba vacío. La cruz donde reposa Cristo tapada para recordarnos que Jesús está en su pasión. Su divinidad se esconde para dar paso a toda una humanidad expuesta al dolor, al sufrimiento y a la humillación porque se hace uno de nosotros para cargar sobre sus hombros nuestros pecados hasta la cruz.

En lo personal la experiencia de entrar a la Iglesia a la que acudo a misa cada mañana para encontrarme con el Señor y ver todo tapado oculto a mis ojos además del Sagrario vacío, me produce a su vez una sensación de vacío interior.Y no porque hayan desaparecido lo que para muchos pueden llegar a ser “adornos” decorativos de la Iglesia, sino porque me doy cuenta del valor que la Eucaristía y la compañía diaria del Señor tienen en mi propia vida. Es como cuando descubrimos el valor de algo o de alguien hasta que lo perdemos. Sin su amor, estaríamos como humanidad perdidos.

Él está llamado a ser nuestro autoreferente. Él ha muerto para que podamos a su vez tener vida, una vida plena no solo aquí en la tierra sino en la eterna. Cuando nos experimentamos amados es cuando realmente podemos dar ese salto espiritual, porque el amor del Señor se vuelve nuestro propio referente donde se apoya la propia identidad personal.

semana santaSu amor se convierte en la roca que nos sostiene, la comunión el alimento de cada día y la Iglesia el lugar donde podemos encontrarnos con Él para contarle nuestras penas, buscar la fortaleza para continuar, poder apoyarnos en su amor y que toda la vida se sostenga en esta certeza. Gracias a la resurrección que hoy celebramos, su amor puede pasar a ser nuestro referente personal al descubrir que somos amados a nivel personal por Dios.

Cuando la vida no se sustenta en este referente se vuelve sin sentido pues se apoya en cosas efímeras que cambian constantemente con el tiempo; como el dinero, el trabajo, las autocompensaciones afectivas, las cosas materiales que adquirimos o el placer desmesurado y mientras más se busque llenar ese vacío interior con aquello que nunca puede llenar el interior a plenitud, se va cavando todos los días un poco la infelicidad personal y entonces el hombre pierde su sentido más pleno porque pierde el referente para el cual fue creado: la búsqueda del amor de Dios. El principio y el fin de todo. Donde comenzó y donde debe terminar todo.

A partir de hoy comenzaremos a leer en la Liturgia algunos pasajes donde Cristo se aparece en varias ocasiones a sus apóstoles después de su resurrección y hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. En este sentido, uno de los pasajes que más me gusta es cuando se les aparece a los discípulos de Emaús por el gran parecido que tiene con la propia vida y el camino que debemos recorrer todos los seres humanos en nuestro peregrinar al cielo.

Jesús se les acerca a los discípulos de Emaús en el camino y les pregunta: “¿De qué discuten?” Los discípulos estaban regresando a sus casas embargados por una enorme tristeza. Van por el camino compartiendo como amigos sus penas y la incomprensión que tenían de lo sucedido pues como Judios estaban esperando la resurrección al final de los tiempos, no  de esa forma ni de esa manera. Quizás sus mentes estaban congestionadas por los hechos de dolor vividos, de la misma forma como nos sucede a nosotros cuando recibimos un impacto emocional por una noticia devastadora o por un hecho de dolor contundente incomprensible a la razón.

A los discípulos les llama la atención que éste “forastero” que se les acercó no supiera nada de la noticia del momento: Jesús de Nazaret fue crucificado. Aunque no había en esa época redes sociales o titulares en los periódicos, había sido un suceso tan importante que marcó la historia del mundo en dos: antes y después de Cristo. Un acontecimiento donde había sido testigo toda una población conformada por diferentes culturas. Aquel que creyeron era el hijo de Dios, “el Mesías” murió y con Él todos los sueños de conducir al pueblo de Israel que tanto habían hablado los profetas. La muerte del tan esperado Mesías, indicaba –al parecer- que no era el Mesías como habían pensado, pues no había podido manifestar su poder para bajarse de la cruz y ubicar en su lugar a todos los que lo habían condenado.

Ellos le abren su pena al Señor sin saber quien era. No lo reconocen porque no lo esperaban. Le abren su corazón, sus preocupaciones, la incomprensión que tenían sobre los acontecimientos, todas sus angustias a un aparente “extraño”. Ellos al igual que los apóstoles no comprendieron nada de lo que sucedió así como nosotros no logramos muchas veces entender cuando nos sucede algo que nos ocasiona un profundo sufrimiento: porqué ha pasado, qué significado tiene en nuestras vidas, porqué Dios ha permitido que vivamos ésta pena, qué plan tiene para después, qué desea lograr en nosotros, cómo vamos a salir de ésta, qué futuro nos depara, cómo podremos vivir sin aquello que hemos perdido. La confianza que este forastero les inspiró, quizás su interés o la “empatía” mostrada hacia sus sentimientos y sus genuinas preocupaciones, permitieron que ellos le compartieran su tristeza, sus dudas, su incomprensión, la poca lógica racional que tenían los acontecimientos vividos. Jesús creó con su presencia un clima de confianza en ellos para que pudieran animarse a contar lo que llevaban en el corazón.

Jesús sale al encuentro y se les aparece en el camino “de repente” y “ de la nada”. Ellos estaban absortos en su tristeza, en su pena, metidos en su conversación, inmersos en su dolor, pero Jesús llega e intercepta su caminar de regreso a sus casas. ¡Qué parecido es esto a nuestras vidas! Cuántas veces caminamos por la vida en nuestro transitar al cielo a la verdadera casa donde debemos regresar medio perdidos, vagando en el camino, sin un rumbo definido, confundidos por el dolor que experimentamos y que no logramos comprender.

Jesús se nos aparece “de repente” en el camino muchas veces por medio de otras personas, otras por medio de circunstancias, otras veces se aparece por medio de su amor expresado de muchas maneras, otras por medio del consuelo de un amigo, por medio de un paisaje, por medio de la invitación de un amigo a un retiro o por medio de “algo” que leímos y nos hizo sentido en el interior. Pero al igual que ellos, tenemos los ojos cerrados, retenidos, porque estamos demasiado metidos en nuestro dolor, envueltos en nuestros sentimientos de manera egocéntrica o encerrados en nuestras propias ideas o puntos de vista racional como para poder reconocer su presencia en esas circunstancias de vida y en ese lugar del camino. El dolor nos distrae la razón y los sentimientos nos invaden el corazón.

Jesús los escucha como sino supiera nada. ¡Qué hermoso gesto de compasión! Aunque él ya sabía todo y conocía todo lo que había en sus corazones, Jesús les da la oportunidad de “desahogarse”. Y es que siempre ha sido así, siempre nos brinda esa oportunidad de contarle nuestras penas, nuestras quejas, nuestros miedos, aunque Él ya lo conoce todo. Él siempre nos permite saciar esa necesidad humana de sentirnos escuchados, a veces ante el Sagrario, otras por medio de un amigo, otras por medio de un sacerdote cercano o quizás alguien que nos acompañe en el camino.

Después que Jesús les escucha toda su historia quizás con lujo de detalles, les explica lo sucedido partiendo de las escrituras y de lo que dijeron los profetas. Jesús se toma el tiempo de responderlas con amor para que con esa explicación recobren el sentido perdido y regresen al rumbo que Él mismo les había trazado mientras vivía.

Jesús era un maestro, es el maestro en quien podemos fiarnos para seguir nuestro camino, Él desea capacitarnos y enseñarnos con amor. Él, a su tiempo, nos hará ver el porqué de las cosas que nos pasan, el sentido de todo el sufrimiento que vivimos. Él reparará y restaurará con creces cuando hemos sufrido a causa de otros, sabrá sacar el mejor provecho de este caminar por la vida en nuestro regreso a la cada del Padre. Su compañía hará que el camino sea más ligero porque podremos compartir nuestras penas con Él y Él podrá consolarse con nuestra compañía.

Una vez explicado y comprendido todo, cae la noche cuando ya han recorrido el camino juntos y llegado al destino final: “sus casas”. Jesús intenta retirarse para dejarlos en libertad para optar ahora que ya les fue revelado el sentido de todo y sabiendo en su razón el camino que debían seguir. Pero los discípulos están tan agradecidos con este “forastero” de camino que se ha convertido en un “amigo” que desean agradecerle llevándolo a cenar a su casa. Pues solo se invita a la intimidad de la casa a los amigos.

Así sucede en nuestra vida. Cuando permitimos que Jesús se comporte como compañero de camino se va ganando nuestra confianza y  deseamos cada vez más invitarlo a nuestra casa que es nuestro interior donde habita nuestro corazón porque hemos experimentado su amor. Así comienza siempre la relación con Jesús, al inicio pasa a ser un forastero, un extraño, al que sentimos ajeno a nuestras vidas y a nuestros problemas, pero cuando comenzamos a contarle, invitarlo a nuestra vida y pedirle que nos ayude, Él se convierte gradualmente en un amigo porque se gana nuestra confianza con el amor que nos expresa y que ya no estamos más ciegos para poderlo reconocer. Pero Él, nos deja en libertar para optar si deseamos invitarlo a nuestro caminar o continuar el camino sin Él.

Los apóstoles corresponden a ese amor con agradecimiento invitándolo a su casa a compartir la cena. Y es allí cuando parte el pan que se hace luz en sus ojos y es cuando reconocen a su maestro.

Nosotros también podemos invitarlo a caminar junto a nosotros, con nosotros. Compartiendo el camino de la vida con Él es como únicamente podremos experimentar su amor y nunca más quedar indiferentes. Podemos invitarlo a nuestra casa y compartir a diario esa cena Pascual con Él, por medio de la Eucaristía donde se ha quedado para siempre, compartir toda la vida: las pruebas bajo el sol, las noches oscuras, los momentos de dolor y traición, las ampollas que salen en los pies de tanto caminar, el cansancio y el sudor que quedan después de una larga jornada de trabajo.

Compartir con Él las dudas que acumulamos en el camino, la indiferencia que podemos llegar a experimentar de los demás, de aquellos que creíamos amigos. Nuestras confusiones y equivocaciones. Las alegrías y las tristezas. El amor y el dolor. Compartir toda la vida mientras vamos caminando al cielo a nuestro encuentro final con Dios.

Los corazones de los discípulos ardían de amor. Esa es la experiencia del amor que solo un corazón que se abre a conocerlo experimenta. Es el gozo de quien camina por la vida compartiendo todo con Él. Pues cuando nos experimentamos amados no podemos corresponder sino con más amor. Cuando experimentamos su cercanía, no podemos más que acudir a buscar más de su compañía. Cuando experimentamos la fortaleza que da la Eucaristía, no podemos más que buscar recibirla. Cuando experimentamos su misericordia y su amor, no podemos más que postrarnos vulnerables y arrepentidos a pedir su perdón.

Jesús ha resucitado. El Sagrario se quedó vacío en viernes santo al igual que se quedó vacío el Sepulcro, pero hoy domingo de resurrección se ha llenado con su presencia de nuevo. El sagrario ya no está vacío para que nuestros corazones puedan a su vez ya no estar nunca mas vacíos, sin sentido, tristes, solos, desesperanzados sino llenos de su amor por siempre.

Como los discípulos de Emaús estamos invitados a recorrer nuestro camino de la vida hacia el cielo con Jesús a nuestro lado como nuestro compañero de camino, pero ya no más como un forastero, sino como un maestro, como un amigo. A veces lo recorreremos caminando junto a Él, otras veces Él nos cargará en sus hombros, otras se detendrá en el camino para esperar por nosotros, otras veces se sentará a nuestro lado en el piso para que recobremos el aliento, otras se recostará junto a nosotros mientras sollozamos. Él caminará al ritmo de nuestro paso. No importa como lo recorramos, lo importante es recorrerlo con Él. Por eso podemos hoy decir: ¡Bendita la cruz que nos mereció el redentor! porque gracias a ella, el Sagrario ya no estará vacío.

 

Mercedes Vallenilla

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

Mercedes Vallenilla

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Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

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