El fanatismo religioso

Al escuchar todos los días como se sienten muchas personas que sufren y se experimentan desamparados por el amor de Dios y de las personas que supuestamente están llamados a ser instrumentos de su amor, me preguntaba ¿qué estamos haciendo mal los católicos que muchas personas se sienten alejadas de Dios justamente por aquellos que profesan esa misma fe, ese mismo amor?

¿Cómo es posible que tantas personas aún crean que es algo muy lejano y poco accesible para sus corazones? Algo así como “reservado” para los santos, para los que se portan bien, para los que vamos a misa los domingos.

¿De dónde nace?

Todo esto me motivo a escribir sobre un tema que he abordado muchas veces  y es sobre la rigidez mental producto de un racionalismo extremo, pero esta vez relacionado con el fanatismo religioso que desde mi punto de vista es contrario a la misericordia y al amor.

Muchas veces he pensado que el problema no está tanto en lo que creemos sino en cómo vivimos lo que creemos pues cuando se vive de forma radical y extrema en vez de acercar a las personas los aleja del amor de Dios.

El fanatismo religioso tiene como punto de partida una dimensión afectiva desintegrada en la vida de quien lo vive. Es muy probable que la persona que de adulto se convierte en fanático religioso, es porque en su infancia no se experimentó amado por sus padres –quizás- no hubo una identificación adecuada con su rol materno.

El fanático religioso “de origen” quizás proviene de una familia disfuncional, donde las necesidades afectivas no fueron bien nutridas y la figura paterna haya infundido un ambiente muy rígido en la educación. Muchas de estas personas cuando crecen llegan a su vida adulta desvalidos afectivamente y en este marco contextual se topan con la religión. Algunos -por casualidad-, otros porque buscan saciar ese vacío interior con “algo” que los ayude a sentirse mejor, como una especie de “terapia sobrenatural”, pues es una realidad que el amor de Dios sana profundamente.

Fanatismo religioso

El punto de partida es este. Pero lo que termina gestionando interiormente un cuadro futuro de fanatismo, no es en si mismo que la persona busque un refugio en el amor de Dios pues eso es totalmente adecuado y cierto, sino que la persona al sentirse identificada con un grupo natural llamado “iglesia, parroquia, feligreses, grupo de catequistas, grupo del ministerio, coro de la iglesia, o miembros del grupo o movimiento de su elección”, su sentido de valoración y pertenencia comienza a estar exagerado lo que ocasiona que maximice e idealice al grupo de personas creyentes al cual se haya afiliado.

Valoración desproporcionada

Es como si hubiera tenido mucha sed toda la vida y un día le regalan un vaso de agua. El valor se lo otorga al “vaso” de una forma desproporcionada, poniendo más interés en eso y en el hecho de que lo tomaron en cuenta y no tanto en el agua recibida. La psicología de esa persona comparara la familia disfuncional que tuvo versus la súper familia ideal que ha encontrado.

Por lo tanto, su familia en su psicología viene a ser sustituida por el grupo religioso y esto viene a compensar internamente con creces lo que no tuvo, pero sin que realmente haya un proceso consciente de sanación interior de las heridas emocionales del pasado. No tiene nada de malo sentir que se comparte un ideal cristiano y que el grupo se experimente “como familia”, pero siempre y cuando no se tome inconscientemente como una forma de auto compensar las heridas emocionales personales.

La personalidad fanática religiosa quizás aún no haya aparecido. Es probable que al principio, la persona se sienta muy feliz porque al fin ha encontrado un sentido trascendente a su vida, supliendo todas esas necesidades afectivas que se experimentan desde pequeños. El sentido de afiliación viene junto con el de trascendencia y la persona aparentemente ha encontrado lo que se había perdido toda su vida. De manera inconsciente, tiene más peso en su interior lo que afectivamente está recibiendo del grupo que incluso lo que espiritualmente necesita recibir de Dios, solo que no logra ver la diferencia pues todo se percibe en el mismo “saco”.

Comienza la distorsión

A partir de allí, si la persona no comprende lo que de fondo le ha pasado, si la persona no sana sus heridas en un proceso consciente de reconciliación con su pasado, con su presente, con Dios y con los demás, incluyendo su propia familia, es posible que asuma una relación con Dios y con las personas del grupo al que se ha afiliado poco sana desde sus inicios.

Esto comienza a gestar con el tiempo una enorme bomba de tiempo y que podrá o no detonarse dependiendo de otros factores que pudieran entrar en juego; como los rasgos de personalidad, los antecedentes genéticos, las buenas o malas experiencias que tengan con el grupo al cual se ha afiliado y los acontecimientos de dolor que se sumen a su vida entre otros.

El significado que la persona le otorga a la espiritualidad y a la religión comienza a estar distorsionado. La manera como asume y comienza a construir su sistema de creencias es errático. Muchas de estas personas se les suma como rasgo de personalidad un alto coeficiente intelectual y como pecado original de base una enorme soberbia. Lo que los lleva a sumergirse de manera bastante insaciable en los fundamentos de la fe a nivel teológico acompañado de un desenfreno en la acción ministerial o apostólica.

Muchos de ellos, se vuelven y viven como “adictos” al ministerio, dejando de lado otros aspectos de la vida que son importantes para vivir en equilibrio; como el deporte, el descanso, las actividades recreativas o sociales, la familia, las relaciones fraternas y de amistad, pues todo comienza a vivirse de manera polar en un marco del “todo o nada”.

Los síntomas aparecen

Con este escenario comienza el aumento de todos aquellos síntomas externos que podemos ver en estas personas, pero interiormente en su estructura cognitiva y afectiva está ocurriendo el peor de los síntomas. Si a este cuadro se le suma un acontecimiento de dolor contundente, este hecho se convierte en un detonador natural que dispara todo lo que se ha gestado por años.

En la parte afectiva, la persona comienza a experimentar un sentido de trascendencia mal entendido, pues comienza a creer que ha recibido una misión especial de hacerle ver al mundo algo que nadie ha visto. Piensa que solo en su sabiduría personal, en sus estudios, en su inteligencia probada, en lo que ha hecho de exitoso en el pasado en su vida en el ministerio.

Lo mucho que sabe es lo que ahora le permite estar capacitado para ir mas allá siendo un tipo de “luz” para otros que están perdidos, convirtiéndose en un “instrumento” de defensa de la fe y de algunas causas que percibe “como perdidas” dentro de su grupo religioso o en la misma iglesia asumiendo un rol que no le corresponde a nadie.

En el ámbito apostólico, sus conductas comienzan a ser muy erráticas, pues no saben trabajar en equipo, siempre desean imponer sus puntos de vista, son expertos manipuladores y desacreditadores de aquellos que tengan ideas contrarias a las suyas lo que hace muy difícil para otros, pues se ponen y son percibidos en un pedestal tipo cátedra difícil de alcanzar normalmente por el lenguaje rebuscado que muestra todo el tiempo lo mucho que “teológicamente” saben.

A nivel afectivo, todo esto recrudece el cuadro interior, porque en este punto la alegría de pertenecer a un grupo de amigos que aceptaban a la persona porque “todos” compartían creencias parecidas y similares, comienza a desvanecerse y la persona experimenta un rechazo social muy parecido al que experimentó en su infancia.

A nivel social, comienza una decisión de aislarse, dado que socialmente nadie desea estar con una persona que se comporta más como un juez o verdugo inquisidor que como un hermano o amigo.

A nivel espiritual, la persona sublima y ofrece todo este aparente rechazo social porque lo eleva a Dios y cree que es la parte que tiene que ofrecer por seguir siendo “coherente” con aquella misión que el mismo Dios le ha revelado.

Esta forma de vivir la fe rígida e intransigente, ocasiona el rechazo de todos pero al parecer la psicología se defiende justificando “que vale la pena ofrecer todo el rechazo por ser fiel a lo que Dios supuestamente le pide” y que en el fondo, es hacer ver una aparente verdad que solo ha sido “revelada” por Dios a su persona.

Motor del fanatismo

En la dimensión cognitiva es donde esta ubicado el motor de toda la acción del fanático religioso que se ve a posteriori, pues la persona ya se ha formado e informado con un nivel bastante óptimo de conocimientos por encima de la media. Generalmente ha estudiado mucho la teología y se muestra ante todos como una persona que conoce la materia en cuestión.

Su sentido de valoración ante la sociedad y ante el grupo familiar viene dado ahora no tanto por su inicial sentido de pertenencia al grupo o por su exitoso desempeño ministerial o apostólico, sino ahora por lo mucho que sabe y ese reconocimiento lo hace sentir afectivamente muy bien.

Su exagerado racionalismo crece directamente proporcional a la rigidez con la que comienza a vivir, pero a su vez, exige a otros vivir. Es como si comenzaran a saber tanto que “alguien” por designio divino los nombrara juez de la vida de otros, expresando juicios sobre como los demás están llamados o deben de vivir sus vidas.

Estas personas en cierto modo han comenzado a vivir sin miedo a lo social; es decir, han perdido el respeto por lo que deben y no deben de decir, pues sienten cierto poder que les otorga tanto conocimiento adquirido y comienzan a introducirse más en la vida de otros: a opinar más, a decir lo que nadie les ha pedido decir, a evaluar y dictar sentencia. En el fondo, la persona cree firmemente que le hace un bien al otro en decirle lo que piensa porque cree que la salvación del otro está en sus manos, sino el otro se “condenará”.

Rigidez mental

Una persona que ha estado viviendo por un tiempo creyendo algo de manera inadecuada, termina distorsionando la realidad que percibe. Ahora, lo que comenzó con un problema afectivo de la infancia en muchos de los casos, se torna en un problema de distorsión perceptiva.

Hace su aparición en la escena el sesgo confirmatorio”, donde la persona filtra de la totalidad de la realidad solo un aspecto de esa realidad que encaje, justifique o embone con sus creencias erróneas y a partir de ese aspecto lo extrapola a la realidad total como si fuera una verdad absoluta y no relativa. Omite el panorama completo, solo es capaz de centrarse rígidamente en su punto de vista, haciendo imposible el dialogo.

Otro pensamiento distorsionado que surge y que altera la realidad de lo percibido, es el pensamiento del “debeísmo” donde la persona juzga todo en base a “debería o no debería”, aplicando con mucha rigidez y rigor los aspectos que analiza dejando por fuera aspectos situacionales, circunstanciales u otros relevantes del mundo, del tema o de la situación que percibe y que son sumamente importantes a considerar.

La persona funciona en este punto con un racionalismo extremo, con mucha frialdad, practicidad y parece que su afectividad se ha metido en un congelador, enfocándose solo a su misión de decir esa “verdad” que ha descubierto y se expresa con mucho odio o rencor hacia toda aquella persona que aparentemente lo contradice.

Falacia divina

De igual forma, se suma otro elemento perturbador a la escena de manera ya formal y es otro pensamiento distorsionado llamado “falacia divina”. La persona en este punto ya está convencida de que ha recibido una revelación de Dios con esta aparente verdad absoluta que está llamado por vocación a hacer ver al resto de la humanidad. Esta falacia divina es lo que mantiene con tenacidad un falso misticismo, al perseguir a como de lugar esta misión que aparentemente Dios les ha encomendado desde el cielo.

La persona en este punto presenta un deterioro que es visible para las personas que lo rodean. Sus pensamientos son de carácter obsesivo, utilizando una retórica manipuladora y sesgada de las citas evangélicas, la Sagrada Escritura o de cuánto documento haya estudiado donde cita compulsivamente sacando de un contexto global en que estos mensajes o textos deben de ser interpretados para poder justificar lo que en su distorsión perceptiva cree como una verdad.

Esto lleva a algunas personas que antes lo idealizaban y que quizás tengan poca formación a creer lo que dice, generando a su vez una enorme confusión. En otras personas, crea un grupo de adeptos que quizás provienen de las mismas carencias que la persona padece, lo que lo hace sentir aún más poderoso y con valor para ir por más.

Todo o Nada

En sus pensamientos obsesivos se confunde en sus interpretaciones creyendo que es lo mismo -por ejemplo– ser fiel con ser rígido, ser sincero con ser agresivo, la aceptación de algunas realidades humanas con la complacencia, la empatía y acogida al pecador con el ser laxo de conciencia, al dialogo interreligioso con la pérdida de la identidad o moral cristiana.

Su vocabulario se centran obsesivamente en palabras polares como: pecado versus virtud, salvación versus condena, verdad versus herejía, sacrificio versus egoísmo, placer versus martirio, empatía versus aceptación de lo que está mal, misericordia versus traición a los dogmas de fe, entre otras.

En este punto la persona ya puede haberse convertido en una persona peligrosa que haya creado cierto escándalo social con su fanatismo y en otros casos optan por vivir su misión en silencio planeando las acciones culmen que corone finalmente su misión.

Para ello, el problema en la dimensión cognitiva ya esta tan avanzado, que la persona comienza a presentar una propensión a la paranoia, pues mantiene una idea fija, delirante y obsesiva con su tema o verdad en cuestión pues piensa y siente que algo trascendente está sucediendo que pone en peligro el núcleo de la fe o de la salvación de los hombres o del destino de la iglesia universal.

¿Misión Única?

Esta percepción de peligro “apocalíptico” lo lleva a tomar decisiones sumamente radicales ejecutando acciones osadas y peligrosas. Es como su estuviera dispuesto por el peligro que percibe a ir a lo que cree es un “martirio divino” si es necesario, actuando como una persona “ungido” por el poder que un Dios le otorga para llevar a cabo una “misión” entregada y revelada desde el cielo. Obviamente, cito entre comillas estas palabras porque nada de esto es una verdad.

Al final, el fanático tiene un deterioro profundo de su mente con patrones de pensamiento, emocionales y conductuales errados. Un fanático se adhiere de manera incondicional a una causa personal que defiende con constancia y tenacidad desmedida y hasta las últimas consecuencias sus creencias y opiniones. Muchos pueden estar dispuestos a morir con tal de llevar a cabo su misión.

Esto no es mi religión

La religión busca ligar, unir, agrupar en base a una creencia divina o sobrenatural con principios morales sólidos. Mi religión, nunca quiere separar y dividir, sino ayudar al hombre a caminar a un encuentro personal con Dios desde su propia realidad, cualquier que esta sea.

El fanatismo no es religión, tampoco es fe, tampoco es una manera sana y equilibrada de vivir la fe. El fanatismo religioso es contrario a la fe porque convierte a las personas en algo muy ajeno a lo que es Dios, al amor que su hijo nos mostró en la cruz.

Una persona fanática separa, confunde, aleja, repele. Vive desde la razón, no desde el corazón. Vive de las ideas racionales, no de cara al amor que está llamado a acoger de Dios y entregarlo a otros para que a su vez, se experimenten amados por Dios.

El fanatismo religioso es una forma muy equivocada de vivir la fe, porque justamente hace lo contrario a lo que la fe nos dice, lo que Jesús con su ejemplo nos ha dejado como legado en cada una de las página del evangelio.

El fanático religioso juzga rígidamente como si fuera Dios, confunde con su supuesta sabiduría al que no está formado, aleja al que se siente pecador y perdido. Muestra un ideal cristiano tan difícil de alcanzar, que infunde miedo al que apenas se siente motivado a acercarse.

El fanático cierra las puertas del corazón, del entendimiento, le cierra las puertas al amor, a la acción del Espíritu Santo, a la pedagogía de Dios siempre dispuesta a sorprendernos, a perdonarnos setenta veces siete, a acogernos con los brazos extendidos a cualquier hora, cualquier día, en cualquier lugar y circunstancia de la vida donde nos encontremos.

El fanático religioso posa un ideal que no es cristiano porque Cristo y su amor no es el centro de la vida, sino un ideal enfermizo que deshumaniza a las personas, inalcanzable de vivir, pero sobre todo que Dios no pide vivir. Una persona que nunca pudo integrar su dimensión afectiva de forma adecuada en su vida, no podrá entregar a otros amor sino solamente sus ideas.

El verdadero camino

Jesús nos mostró una pedagogía muy clara en el evangelio. Fue duro y exigente con todos esos maestros de la Ley que vivían de una manera tan rígida pero a la vez tan poco coherente al amor. Él dijo que vino a salvar a todos los pecadores, pidió que el que estuviera libre de pecado tirara la primera piedra. Habló del amor. Mostró compasión al humilde de corazón, al que estaba perdido en el camino. Se acercó, los escuchó, se ganó su confianza y con la experiencia del amor que los demás recibían en sus corazones fue que los conquistó y ese amor fue lo que transformó sus formas de vida.

Esto es lo que Cristo vino a enseñarnos. Eso es lo que de mi religión siempre me ha motivado: el sentirme profundamente amada por Dios a pesar de mis fallas. Esa es la garantía del amor de Dios, que nos ama incondicionalmente y nos ama siempre.

Esto es lo que me motiva cada mañana y lo que deseo compartir con todo el que Él se cruce en mi camino. Compartir de la forma que sea, todo ese amor que Él me ha entregado a otros que no lo conocen intentando hacerlo de la misma forma como Jesús lo ha hecho conmigo. Al final, simplemente ser un espejo de su amor.

El fanatismo es contrario a la misericordia y al amor. No es Dios, no es la religión, no es la iglesia, no representa a las personas que formamos parte de ella, es una enfermedad producto del deterioro de la mente de una persona. Clic para tuitear

La razón fue dada para iluminar nunca para oscurecer, separar o dividir. Si estás en un camino espiritual serio, por favor, evalúa como estás viviendo tu espiritualidad para que aquellos al verte se sientan llamados a acercarse a Dios pero nunca juzgados, rechazados, separados, señalados o divididos.

Estamos llamados a ser instrumentos del amor. A unir, juntar, guiar, invitar, reparar, perdonar, integrar, a tirar puentes, a consolar y acompañar, a encontrar paz y ayudar a otros a encontrar la paz que sus corazones anhelan. Nunca a separar, juzgar, desintegrar, desunir, generar inquietud o confundir pero mucho menos en nombre de un Dios que no lo pide.

Estamos llamados a ser luz que ilumine la vida de otros pero siendo espejos del amor de Dios en otros. Dejemos en manos de Dios los juicios de los hombres y asumamos con humildad y sencillez, que todos somos pecadores.

Mercedes Vallenilla

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

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