“De repente sucedió…”

Son muchas las veces que he escuchado la frase “de repente sucedió”, no solo en mi ámbito personal sino profesional. Siempre que la he escuchado he respondido lo mismo: “El de repente no existe”.

El “de repente” se utiliza cuando suceden cosas que no se esperaban, cuando las expectativas no se cumplen, cuando sucede algo que se aleja del sentido de vida con que inicialmente las personas se plantearon los ideales y sueños de vida. El “de repente” también ocurre cuando quizás sucede un accidente por negligencia de un conductor con historial de múltiples accidentes, una tragedia causada por una acción equivocada, un quiebre personal o un tocar un fondo nunca imaginado por medio de una acción contundente moralmente incorrecta. Entonces es cuando escuchamos frases como “de repente” se embarazó, “de repente” fue infiel a su esposa, “de repente” le dio un coma etílico, “de repente” se divorciaron, “de repente” tuvo que huir porque lo acusaron de malversación de fondos o “de repente” lo corrieron del trabajo porque supuestamente no cumplía con sus responsabilidades o “de repente” tuvo un accidente de tránsito porque iba drogado y atropelló a un menor de edad.

Pero no solo es común usar el “de repente” para ignorar y justificar la realidad y con ello las verdaderas razones que se gestan en el interior de las personas y que son las que detonan la situación exterior, sino que de igual forma se acentúa este “de repente” con la frase “que mala suerte tuvo”.

Crisis psicologicas Ambas frases lo que realmente significan es que la persona está justificando la situación pues al decir “de repente” parece en cierto sentido que se está diciendo que nunca había dado signos la persona de ese deterioro o que nunca había mostrado conductas que dieran a entrever el comportamiento inadecuado que se ha expresado de forma contundente. Es como decir: “ésto no lo vi venir, nos agarró por sorpresa porque todo estaba perfecto hasta ahora pues fue de repente”.

Cuando las personas agregan la frase “que mala suerte tuvo” se está de igual forma justificando el hecho, pues parece que las consecuencias de lo sucedido no se asumen con responsabilidad sino que se posa la aparente responsabilidad de los actos a la “suerte” como si la suerte fuera una persona con voluntad que ha sido culpable causando un daño irreparable exonerando así de responsabilidad a la persona.

El “de repente” no existe. Y no existe porque principalmente las situaciones limite en la vida de los seres humanos no se gestan “de repente”, sino que se fraguan todos los días un poquito. Son diversas las razones por las que los seres humanos obvian poco a poco en su vida cotidiana las circunstancias interiores que se van gestando como un cultivo de bacterias. La más común pudiera ser ese desenfreno y activismo con que se vive la vida sin detenerse a reflexionar sobre los valores que deben guiar nuestras vidas. Otra razón puede ser el tener una escala de valores invertida, donde se ponen como prioridades el materialismo y el consumismo, al perseguirlas a toda costa se olvida que somos personas que fuimos creadas a semejanza de Dios y que necesitamos ser llenados a plenitud no con cosas, sino dando amor y recibiendo amor por medio de la convivencia familiar, el amor entre amigos, el sano esparcimiento, pero sobre todo el buscar una comunión con el creador.

Hacernos preguntas trascendentales es importante para poder evitar el que “de repente” llegue a nuestra vida. ¿A dónde vamos?, ¿cuál es nuestra jerarquía de valores?, ¿cuál es el fin que perseguimos en nuestras vidas?, ¿a dónde queremos llegar?, ¿cómo deseamos ser recordados el día que estén celebrando nuestro velorio?, ¿qué es lo que más me importa en esta vida?, ¿en qué o en quién creo?, ¿por qué me levanto y trabajo todos los días?, ¿qué sentido tiene vivir y morir?

De igual forma tener oído emocional para escuchar nuestro interior es también de suma importancia. ¿Cómo me siento?, ¿soy feliz?, ¿vivo en plenitud?, ¿hay algo que me molesta de mi propia vida y que pudiera cambiar?, ¿cuáles son mis mayores miedos?, ¿tengo a alguien a quien perdonar?, ¿qué necesidades insatisfechas tengo en mi interior?, ¿hay algo que me hubiera gustado que fuera diferente?, ¿me siento pleno en las relaciones interpersonales que tengo?

Todas y cada una de estas preguntas podemos hacerlas ante Dios. No solo nos ayudan a cumplir con un principio básico en la vida: somos nosotros los que debemos conectar con nuestras necesidades interiores, buscar suplirlas y hacernos responsables de nosotros mismos. Sino nos hacemos responsables con el tiempo son esas pequeñas cosas de todos los días las que van creando una cadena de hechos, acontecimientos, sentimientos que sino se atienden a tiempo el día menos pensado explotan porque se fueron acumulando por un largo período de tiempo como si fuera un virus que se va gestando en el interior del organismo. Y el día menos esperado llega el suceso detonador, el acontecimiento o el punto de quiebre donde se evidencia con una acción observable y contundente aquello que se había estado gestando por tanto tiempo en el interior. El “de repente” entonces llega con el fenómeno de la última gota que es aquel acontecimiento, suceso o hecho que desborda la situación ocurriendo algo con consecuencias lamentables desproporcionadas incluso al hecho que visible y aparentemente las detonó.

Una persona no se embaraza “de repente”. Un esposo no le es infiel a su esposa “de repente”. Un señor no roba “de repente”. Un joven no toma y la da un coma etílico “de repente”. Nadie se droga y atropella a alguien “de repente”. Nadie es despedido de su trabajo por flojo, “de repente”.

Todos y cada uno de estos grandes acontecimientos se gestan poco a poco en el interior. Todos los días se va sumando y cavando esos pequeños detalles que un día juntos en suma harán un gran acontecimiento. Pero lo que es aún más importante es que todos los seres humanos vamos gradualmente dando señales o signos por medio del actuar que son fácilmente visibles para las personas que viven con nosotros. Todo ser humano antes de que ocurra el suceso detonador, comienza gradualmente dando síntomas de que algo está pasando en el interior, de que “algo” se esta gestando como una bomba de tiempo.

La persona comienza a actuar de forma diferente, comienza a cambiar drásticamente sus patrones de conducta, sus patrones emocionales o sus patrones incluso cognitivos. Algunos cambian de amistades y se buscan supuestos “amigos” en igual de condiciones o más vulnerables que él. Otros se encierran en si mismos y no salen de la habitación, otros comienzan a hacer cosas que antes no hacían como llegar tarde o salirse temprano. Otros comienzan a decir excusas extrañas que expliquen porque de esas conductas nuevas. Otros comienzan a enredarse en explicaciones cada vez más rebuscadas para dar razones que cubran o disimule lo que realmente sucede. Otros comienzan a consumir más licor o alteran de forma drástica sus patrones alimenticios como comer más o comer menos. Algunos comienzan a huir de la realidad con sarcasmo y a actuar como si todo estuviera estupendamente bien, a hablar sin mucho realismo y con un idealismo muy ajeno a la realidad sobre cosas que van a suceder pero que no hacen nada para que sucedan. Es como si comenzaran a tener sueños de grandeza sobre una situación ideal que se proyecta en el futuro pero que se está muy lejos de vivirla. Otros comienzan a cambiar su temperamento o se vuelven más irritables, más tristes, o más callados o no desean interrelacionarse con otras personas cambiando sus hábitos sociales. Otros comienzan a faltar a la escuela o al trabajo dando bajos y pobres resultados. Otros nunca asumen responsabilidad personal por los hechos pues siempre están posando la culpa en otros de lo que sucede. Todas manifestaciones de una profunda evasión de la realidad interior que no se es capaz de enfrentar y por ende, no se es capaz de afrontar la vida equilibradamente.

Cuando se comienza a vivir precipitadamente la vida sin hacer una pausa, sin reflexión, sin Dios en el corazón, sin amor, sin haber resuelto todos aquellas heridas emocionales que pudiéramos haber traído del pasado, es cuando sucede “el de repente”. Allí es cuando un día la cruda realidad toca a la puerta; una realidad que no solo fue ignorada por el protagonista de la historia, sino también por su propia familia.

Hacer constantes pausas en el camino es vital para que esto no suceda. Estar en contacto con nuestro interior para poder escuchar lo que hay dentro de él es necesario para vivir la vida en equilibrio. Y con el interior no solo me refiero al mundo emocional, sino a cómo estamos percibiendo la vida, qué estamos pensando, cómo estamos actuando y cuál es el sentido de todo lo que diariamente hacemos.

La formación de los hábitos es crucial en este aspecto pues cuando no atendemos el interior haciendo paradas para escuchar lo que hay dentro de él, vamos creando malos hábitos emocionales, cognitivos y conductuales que se instauran con el tiempo en forma de patrones. Cuando realizamos tareas ya comunes que dominamos como el manejar, nuestro cerebro se pone en modo “zombi”, quiere decir en estado semi inconsciente donde no está tomando todos los estímulos del ambiente para procesarlos y sentirse abrumado por toda esa información, sino que toma los estímulos claves suficientes para llevar a cabo la tarea porque ya tiene un patrón almacenado en el cerebro al cual acudir para llevar a cabo dicha tarea.

Estos son los hábitos y así se forman los patrones de respuesta no solo conductual, sino también cognitivos y emocionales. Son fragmentos de información que ya se han compactado sobre una tarea que requirió al inicio que estuviéramos enfocados. El chunck o patrón ahorra energía porque nos permite no estar encima concentrados gastándola en aprender algo nuevo. Pero la formación de hábitos no solo sucede para lo que aprendemos y que nos beneficia, sino también para las cosas que nos son perjudiciales.

Para que se forme un hábito inadecuado se necesita un estímulo que puede ser cualquier cosa que desencadena el modo “zombi”; es decir la respuesta que damos de forma semi inconsciente. La rutina es como está acostumbrado habitualmente a responder el cerebro a un estímulo. Puede ser una rutina habitual neutra, positiva o dañina la cual recibe una recompensa consciente o inconsciente que nos refuerza el hábito.

Esta es la razón por la que además necesitamos hacer una pausa constante en el camino para reflexionar y hacer consciente aquello que necesitamos evaluar para determinar si es un patrón de hábitos positivo, neutro o negativo. No solo necesitamos estar enfocados y conscientes sino que necesitamos creer en el fondo que el hábito se puede cambiar. Y no solo se puede cambiar porque lo dicen los científicos, sino porque además contamos con la gracia de Dios que nos imprime fortaleza en el interior para lograrlo. Mark Twain decía que nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño pues no solo hay que transformar un patrón que hemos aprendido de manera equivocada, sino ir al fondo de esas razones reales quizás en forma de heridas que lo han creado y que lo sostienen día con día.

El evangelio de Lucas 16, 10 nos dice: “El que es fiel en lo poco, es fiel también en lo mucho; y el que es infiel en lo poco, también será infiel en lo mucho”. Si comenzamos todos los días a ser infieles con nosotros mismos y con otros en lo que aparentemente luce como poco, llegará un día en que seremos infieles en lo mucho pero porque primero fuimos construyendo una gradualidad en esa forma de pensar, de sentir y de actuar. Es allí cuando sucederá el acontecimiento que marcará un antes y un después la vida de manera negativa, trayendo consecuencias graves que probablemente sean irreparables.

Es por esto que el “de repente” no existe. Haz un alto en el camino para que evalúes como estás viviendo tu vida. No ignores o evadas los síntomas visibles que poco a poco todos los seres humanos vamos dando en el camino. Todas aquellas señales de alerta que se comienzan a dar gradualmente justamente para que no lleguemos a dar ese salto a lo mucho y “de repente” ocurra una catástrofe. Todos vamos paso a paso gradualmente construyendo una debacle interior.

Cuida como vives tu vida. Intenta estar enfocado en una sola cosa: tú pasión, tú misión, tú profesión y tú vocación. Vive tu vida con sentido preguntándole a la memoria del creador cómo te pensó, cuál es tu misión y qué espera de ti para que un día no te des cuenta que “de repente” sucedió algo que te llevó a perderlo todo.

Mercedes Vallenilla

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

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