¿Ángeles o Demonios?

Cada vez que viajo, veo a mi paso ángeles y demonios. Los ángeles, son todas esas buenas personas que Dios pone en mi camino para apoyarme y auxiliarme haciendo un poco más de los que les toca hacer. Excediendo sus funciones. En ellos se ve esa bondad de corazón de sus almas que aun creen en el bien y aman a Dios. 

Por el otro lado, veo también el zarpazo que emana de corazones que están extraviados de la luz, que viven en la oscuridad y qué a su paso, hacen daño. Se ve claro cómo a través de sus heridas emocionales se expresa todo aquello que llevan acumulado en el interior y que sale en el trato que tienen con los demás, aunque sean desconocidos. Odio, desamor, frustración, rencor. Como decía San Lucas, “El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca” (Lc 6,45)

Pecado y Heridas

Así está el mundo porque así están los corazones de los hombres que han decidido vivir la vida sin Dios y por lo tanto sin amor. Cortar con la fuente natural de donde emana el amor más puro y verdadero, trae irremediablemente esa consecuencia. Pero si además se le suman las heridas emocionales que han sufrido en el seno de sus familias y por otros, esto se pone aún peor porque se gesta en el interior una mezcla atómica entre el pecado original y las heridas emocionales que supuran ese odio y frustración, hiriendo a cada paso del camino.

En todos mis viajes veo esto claro como el agua. A veces pienso que el Señor permite que lo viva para que siga experimentando esa realidad y así siga suscitando en mi esa respuesta de amor de hacer todo lo que sea posible por ayudar a otros a sanar su corazón de tanto odio y desamor. Y a la vez, siga motivada en mi interior con ese impulso que solo da la gracia para intentar ser luz, consuelo y esperanza de aquellos que sufren y que no conozco.

En mi pasado viaje todo comenzó desde el aeropuerto. Suelo viajar con silla de ruedas porque tengo una lesión en la columna y siempre el aterrizaje o despegue me inflaman la misma. Desde que llegué al counter para registrarme, me encontré con el mal trato de quien nunca ha estado en una silla de ruedas o a su vez, no sabe el sufrimiento que algún familiar ha tenido que pasar al estar en ella.

Primer encuentro con la disfuncionalidad

Estando en la sala de espera, comenzaron los gritos de una señora que solo por su apariencia desdeñada y la forma como se dirigía a su nieto causaban en mi un profundo desagrado. Para todos los que estaban sentados alrededor viendo la escena con extrañeza aquello parecía de otro mundo. Pero para mi, significaba algo peor porque por mi profesión pude ponerle un nombre a tanta agresión: abuso emocional. 

Ver la cara de desespero y dolor al nieto, un niño de quizás 12 años, sentado con sus lagrimas escurriendo de su rostro sin poder defenderse de tanta agresión, avergonzado de ser avergonzado de esta manera en público fue patético. Me sentía frustrada de ver como este niño estaba siendo chantajeado emocionalmente, culpado de “no querer a su abuela” solo porque no quería desayunar un huevo. 

Todo este monólogo a gritos llevo a la abuela a concluir que “ella no era querida por él, porque la veía con cara de desprecio”. La realidad es que – viendo la cara del niño- la veía con terror, dolor y mucha vergüenza. El niño solo expresaba con su mirada y sus lagrimas un grito de auxilio y la necesidad de ser rescatado de tanta agresión. Mi prudencia me frenó de querer hacer algo para ubicar a esta señora que vomitaba todas sus frustraciones en la cara de un niño. 

Me subí al avión con dolor. Supe en un segundo todo lo que eso implicaría para ese niño en un futuro. Vi la película completa porque he tratado las consecuencias del abuso en todas sus facetas y estadios de vida. Me generaba impotencia saber lo que pasaba, pero no poder a la vez ayudarlo. Quise en esa media hora abrazarlo y decirle: “hijo, todo va a estar bien” y a la vez hubiera dado lo que fuera porque esa señora estuviera sentada en mi consultorio para decirle lo que realmente sucedía en su interior. Hubiera querido que ocurriera un milagro. Hubiera querido salvar a este niño de las irremediables consecuencias que el abuso emocional iba a dejar en su interior. 

Segundo encuentro con la disfuncionalidad

Durante el avión siempre rezo viendo por la ventana con mis audífonos. Le ofrezco a Dios mi viaje y a la vez, le agradezco esta alianza de amor donde Él siempre me lleva para una misión, a veces oculta a mis propios ojos. Durante el viaje, fui sufriendo las patadas de unos niños que estaban atrás, algo quizás normal en un viaje. Pero cuando comenzaron a jalarme el cabello, si tuve que voltear para pedirle a la mamá el favor de no hacerlo.

Lo disfuncional no era tanto el comportamiento de los hijos, sino la respuesta de la madre. Quien a pesar de la educación y la cortesía con la cual le pedí el favor, se molestó conmigo mientras se quedó impávida ante el comportamiento de sus hijos que actuaban como si estuvieran en la sala de su casa. Y es que no puedes esperar nada de unos hijos que no están siendo educados por una madre que actúa de esta forma tan desatendida, como si sus propios hijos no fueran su responsabilidad. 

Tercer encuentro con la disfuncionalidad

Llegando al hotel todo iba muy bien. Hasta que esa primera noche a las cinco de la madrugada me desperté de los gritos en la habitación contigua. No entendía que pasaba, pero una vez despierta pude distinguir los gritos de un hombre hacia su esposa y supongo debido a los gritos, comenzó a llorar un bebé. Estuvieron en esa escena alrededor de una hora, logré conciliar el sueño a las seis de la mañana. 

Esa mañana me desperté muy cansada pues por mi enfermedad necesito dormir bien para no descompensarme y así poder rendir. Avisé en el lobby y me dijeron que estarían pendientes. No entendía si mi habitación estaba en el “piso ejecutivo del hotel”. 

A la madrugada siguiente todo comenzó de nuevo, solo que esta vez duró más tiempo comenzando desde las cinco de la madrugada hasta las ocho de la mañana. En mi mente pensé: “Dios mío, un caso típico de violencia intrafamiliar”, solo que esta vez si llamé al lobby para que subieran a callarlos, pero la respuesta fue que ya se iban ese día. 

Cuarto encuentro con la disfuncionalidad

Pasé todo el día descompensada por las dos noches de trasnocho. A las doce del mediodía me disponía a salir de una de mis reuniones de trabajo. Le pedí al chofer que me llevaba que por favor se paraba en una tienda de conveniencia para comprar agua. 

El chofer se estacionó en una tienda. Entré y mientras hablaba por el celular con mi esposo le comenté que hacia mucho calor y que no debía de haberme vestido con una blusa negra manga larga. Le colgué el teléfono para poder disponerme a pagar. 

Mientras esperaba, veía la dinámica de la cajera con una joven que no tenia el uniforme, pero que la estaba ayudando en algunas cosas. Me extrañó cómo me observaba y me sonreía, pensé: ¿será que sigue mis publicaciones? Pero luego, me extraño más que la cajera le dijera que pusiera un letrero al fondo de la tienda, pues en realidad lo que le estaba entregando eran unos stickers. 

La observación es algo que no solo se me da de forma natural, sino un don que ha sido perfeccionado por mi profesión. No es algo que me proponga hacer, pero es una realidad que me puedo dar cuenta de cosas que nadie se da cuenta de forma muy sencilla. A esas alturas, me parecía la escena extraña, porque había cosas que no me cuadraban.

A los pocos minutos cuando la cajera comenzó a cobrar, la puerta se abrió y vi a un joven que entró con una sudadera muy gruesa -con aquel calor- y, además, tenía debajo de la capucha de la sudadera una gorra. Su mirada fija y su rostro sucio me alertaron de que estaba a punto de suceder algo malo. Al ver su lenguaje corporal noté que iba visiblemente en postura de lucha, su torso inclinado hacia delante y los puños de sus manos cerrados. 

En ese instante me volteé drásticamente, lo vi fijo a los ojos mientras con mi mente le dije: “no te atrevas a asaltarme”. El, por mi reacción se quedó paralizado. La cajera en ese instante le preguntó: “¿se te ofrece algo?, cosa que no dicen en una tienda de ese tipo. Lo relajada de la pregunta de la cajera me indicó que- quizás- estaban coludidos. El se quedó sin palabras y no supo que responder. Después de un rato le preguntó que, si en ese lugar se podían recargar celulares, algo que en México es común saber sin importar el estrato social al cual pertenezcas.

Me mantuve fijamente viendo al joven. Pagué sin dejar de voltear a verlo con la cara más seria que pude. Tomé mi bolsa y salí sin dejar de verlo “semi” de espaldas. Al caminar hacia el coche, vi que otro venía en la misma postura, vestido igual y se dirigía a entrar a la tienda sin quitarme la mirada de encima. 

Corrí al coche, me monté mientras le decía al chofer que bajara los seguros, que nos iban a asaltar y que por favor arrancara lo más rápido que pudiera. Cuando me respondió que otro coche nos estaba cerrando el paso. Le dije: “Señor, es un asalto, haga un escandalo y salga lo más rápido que pueda”.

El chofer pudo escabullirse por un pequeño espacio. Al voltear atrás vi que salió el joven sin nada en las manos. Allí fue cuando puede comprender que quizás la joven que estaba cooperando con la cajera se fue atrás para mandar el mensaje de que había un potencial persona con el perfil para asaltar.

La divina providencia

Llegué al hotel con el corazón en la boca. Al contarle a unas personas que casi me asaltan en una tienda de conveniencia sin haberles explicado lo que sucedió ellos mismos me relataron el modus operandi en esa ciudad que justo acababa de vivir. Así como lo contaron fue exactamente como me sucedió. Le agradecí a Dios el haberme protegido, y a mi capacidad de observación que me permitió tener una conciencia plena en todo momento de lo que estaba sucediendo.

Ese día aborte la ida a hacer un reportaje. Pensé que mejor me quedaba trabajando en el hotel. A la mañana siguiente y al llegar al aeropuerto, viví de nuevo la apatía y displicencia de la línea aérea, que ni siquiera un counter de silla de ruedas tenía. Nunca me había topado con una aerolínea que subiera a los discapacitados de último. Cuando -por ejemplo- ya no hay lugar ni fuerzas para ponernos a caminar por el avión para encontrar donde poner nuestra maleta de mano. 

La vivencia de tanta disfuncionalidad lejos de desanimarme me motiva a seguir cumpliendo con la misión que Dios -por amor- me ha puesto en el corazón, de ser luz, consuelo y esperanza para aquellos que sufren. Es un hecho que estas experiencias son el pan de cada día y que no estoy contando nada nuevo ni nada extraño que otro no haya vivido. 

¿Dónde estamos seguros?

El mundo, como lo he mencionado en otros artículos cambió. La disfuncionalidad ya no se vive en las cuatro paredes que conforman el seno de la familia, sino en todos lados fuera de ella delante de quien sea. Lo que sucede en el hogar hoy trasciende a las salas de los aeropuertos, a los grupos incluso religiosos, a los aviones, a los hoteles, en los restaurantes y en los mismos salones de clases. 

Mientras eso sucede, aquí vamos los que si somos funcionales a recibir todo esto que generan las personas desequilibradas a su paso; odio, apatía, rencor, falta de respeto, violencia, abuso, daño, muerte, robo, desfachatez. Todo concentrado en una sola cápsula, en un solo día, en una sola vivencia, en un solo viaje. 

El mundo ya no es un lugar seguro. No sabemos donde podemos escondernos. Porque las mentes y los corazones de muchos han sido dañados y algunas veces, irremediablemente. Pero no me quedo aquí con las malas experiencias sino con ese Dios de amor que a cada paso del camino se me presenta de igual forma para auxiliarme. 

Los demonios del camino

Es por ello por lo que hoy puedo hablar también no solo de ese mal que en forma de demonio se presenta en todas estas personas que están en desequilibro haciendo el mal a otros; sino de aquellos -como yo- que aún creemos en la bondad, en el bien, en ayudar a otro de forma desinteresada porque simplemente así vivimos expresando el amor que llevamos en el corazón a otros que han sido menos afortunados que nosotros de conocer el amor de Dios. Y no porque no hayamos nunca estado heridos, sino porque reconocimos a tiempo que necesitábamos ayuda para cambiar algo que no estaba bien en nosotros antes de que se convirtiera en eso, una consecuencia para otros.

Aquí no solo me acuerdo del chofer que se santiguó para que Dios nos protegiera en el regreso al hotel, sino de Juan Pablo, un hombre bueno, con una gran capacidad de empatía y con un deseo profundo de poder solucionar todo el mal trato que la aerolínea me estaba brindando. 

Después de recorrer counter tras counter pidiendo una silla de ruedas y que todos me dijeran “no sé”, detuve a un señor que iba empujando una y le dije: “por favor, necesito una silla de ruedas, me duele mucho mi columna y no puedo seguir parada”. En ese momento, este buen hombre llamó por radio pidiendo ayuda para una señora. Pasaron pocos minutos cuando llegó Juan Pablo con una sonrisa reflejo de su actitud positiva ante la vida y siempre dispuesto a ayudar. 

Los ángeles del camino

Juan Pablo no solo escucho mi molestia por el trato injusto recibido, sino todas las quejas que le tenía a la aerolínea que me había cambiado de lugar al último del avión y que no me daba la atención que como discapacitada necesitaba recibir. El, excedió sus funciones. No solo se sentó a dialogar conmigo, sino a decirme que ellos siempre tienen que hacer más de lo que les toca. Justamente ir un poco más allá porque las aerolíneas no hacían su trabajo. El me llevó a comprarme agua, me busco papel para limpiarme mis manos. Cargó mi maleta, me escuchó.

Gracias a Juan Pablo pude abordar con menos dificultad. Al llegar a la puerta del avión Juan Pablo subió para poder encontrar un lugar para mi maleta, mientras los sobrecargos no hacían nada por auxiliarme. 

Así es el camino de la vida. Las personas que por deber reciben un sueldo para ayudar a pasajeros como yo, no hacen nada al vernos pedir ayuda. Mientras que personas como Juan Pablo, que solo viven de las propinas que personas que como yo les damos, son los que se preocupan porque el discapacitado este atendido. 

Encontrarme con personas así durante mis viajes son el mejor regalo pues a pesar de todo lo que pasa en este mundo, a la falta de pago aún tienen bondad en su corazón. Que se levantan para ayudar a ancianos que están perdidos. Que corren porque piensan que otro se va a caer. Que buscan soluciones. Que son empáticos. Que dialogan. Que aún creen en la bondad del ser humano, que no generan consecuencias en otros de sus heridas emocionales y frustraciones pero no porque no las sufran, sino porque saben gestionarlas, que se compadecen ante las dificultades visibles de otro ser humano que carece de algo tan vital como lo que los demás tienen.

Solidaridad producto de la bondad

Juan Pablo es uno de esos ángeles del camino. Él es uno de los cantautores de una banda llamada “La creída”. Canta de noche y trabaja de día en el aeropuerto. Cuando me despedí de él, ya sentada en mi lugar en el avión me dijo: “No se olvide de mi”. Le respondí haciéndole la señal de la cruz en su frente: “Juan Pablo, no dejes de luchar. Sigue siendo así”. 

El testimonio de personas como Juan Pablo es lo que siempre conservo en mi corazón al viajar. Gracias a Dios, siempre he podido reconocer a muchos más Juan Pablos en el camino. Ellos, son lo mejor de mis viajes. Todo el mal que veo en el camino me motiva más a seguir luchando por aportar mi pequeña gota en el mar para hacer de este mundo uno mejor. Y cada uno de estos ángeles del camino, me recuerdan que no estoy sola en mi deseo.

Es como si Dios me permitiera ver la disfuncionalidad que existe en este mundo, pero ya no en la forma del dolor que veo en mi consulta, sino en las calles de la ciudad, fuera de las cuatro paredes de mi consultorio. La realidad es que así es la vida, en este peregrinar veremos a personas que hemos conocido en el pasado empeorar y perderse en el camino. Pero también nos encontraremos con otros que desean seguir apostando al bien y haciendo en la vida ordinaria actos extraordinarios que realmente impacten la vida de otra persona. Sin importar si se obtiene o no una recompensa monetaria y sin buscar siempre algo a cambio.

Cómo te comportas..¿ángel o demonio?

Hoy solo puedo decirte que si eres uno de los que tienen en su corazón odio, estás lleno de frustraciones y por ello lanzas el zarpazo del veneno a cada paso de tu camino hiriendo a otros, debes buscar ayuda. En cambio, si eres uno de esos ángeles del camino, sigue siéndolo a pesar de que este mundo pareciera no tener reparo y que seamos una especie en extinción. 

En este caminar de la vida, hoy más que nunca se necesitan personas que no sean espectadores, sino que asuman una labor así, apareciendo como Jesús se les apareció a los apóstoles de Emaús para acompañarlos en el camino de la vida. Clic para tuitear

Esas personas que se aparecen en el camino, como ángeles y que nos presentan el rostro de Dios siendo un espejo de su amor cuando más lo necesitamos.

Esta es la única manera como podemos ayudarnos unos a otros en esta tarea de perseverar conservando un corazón que sepa amar ante tantas amenazas que nos encontramos en el camino de esas personas que a través de sus heridas emocionales el rey de la mentira usa para atacar y desanimar. 

Al final, todos somos pastores y todos somos ovejas. Nos necesitamos unos a otros para poder perseverar y resistir a las asechanzas del mal, viviendo con bondad y amor en este caminar hacia la eternidad. 

Mercedes Vallenilla

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

Mercedes Vallenilla

Psicóloga Católica Virtual / Conferencista Internacional / Escritora / Blogger

Psicóloga con más de 25 años de experiencia dentro de la Iglesia Católica en diversos países. Pionera en la atención psicológica de manera virtual con 17 años de experiencia. Autora de 4 libros sobre psicología y espiritualidad cristiana. Estudiante en su fase final de la Maestría en Ciencias de la Familia para la consultoría en el Instituto Pontificio Juan Pablo II.

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