Todo lo suyo, será mío

444Ayer inicio la semana santa con el domingo de ramos. Una celebración que pareciera estar descontextualizada del sentido de la crucifixión.

La semana santa comienza con una celebración y el domingo de pascua terminamos con otra celebración. Pero quizás esto no tiene mucho sentido dado que la semana santa está más asociada a la cruz y al sufrimiento que a una celebración, por ello debemos de comprender el significado que la misma tiene.

El domingo de Ramos si es una celebración litúrgica donde conmemoramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, la ciudad santa y más simbólica del pueblo judío.

Jesús entra en la ciudad acompañado de una multitud que lo seguía. Esa multitud estaba conformada por muchos que habían presenciado sus milagros y creían que él era el Rey de los Judíos, el Hijo esperado de Dios, el Maestro, el Mesías, aquel que los antiguos profetas habían anunciado que vendría.

Jesús entra montado en un burro para ser aclamado, usando su derecho a utilizar un animal como lo hacían los reyes, cumpliéndose así la profecía de Zacarías (9,9):

“¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna.”

Parece paradójico que el rey use un burro, un animal que representa limitaciones en comparación con un caballo -por ejemplo- pero que conlleva mucho significado espiritual en relación a la humildad y sencillez de este rey. Representando quizás también a la debilidad de la Iglesia, llevada por hombres imperfectos pero cuyo centro siempre es el Buen Pastor. El Dios del amor.

El pueblo usa palmas y ramas pues así se aclamaban a los reyes en esa época, mismas que usaban para vitorear y que además ponían en el piso para que el rey pasara por arriba de ellas como si fuera una alfombra roja.

Le gritan emocionados “Hosanna” que significa “Viva” en señal de alegría, alabanza y victoria. “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”; “¡Hosanna en las alturas!” (salmo 118)

Los participantes que alababan a Jesús eran peregrinos que lo habían acompañado, eran quienes aclaraban su identidad ante el pueblo de Jerusalén. Por ello, los habitantes de Jerusalén preguntaban quién era éste, lo cual nos indica que Jesús no era conocido en la ciudad por su propio pueblo, un pueblo que más tarde no lo acepta como el hijo de Dios, sino como un profeta más. “Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es este? Y la multitud decía: Este es el profeta Jesús de Nazaret de Galilea” (Mt 21:10-11).

Lo que sí sabemos es que esta entrada triunfal genera muchos recelos entre aquellos que no lo conocían y que gracias a esta fuerza que había adquirido debido a los milagros y a la forma de vida que había expresado por tres años, además de todas las enseñanzas que había brindado, detona la conspiración para aprehenderlo y asesinarlo.

Los peregrinos que lo acompañaban, si sabían quién era Él, porque habían presenciado su capacidad de amar a cada paso del camino durante tantos viajes y momentos vividos. No fue algo teórico y aprendido, fue la experiencia del amor en el interior lo que hace que lo sigan.

Pero dentro de esa muchedumbre que está reunida hay varios tipos de personas: aquellos que iban hasta adelante emocionados por el rey, que si lo conocían de verdad y deseaban mantenerse cerca de Él. Aquellos que iban en el medio, un poco a la reserva y neutros, tibios en el corazón, observando precavidamente para tomar postura, no muy cerca, pero tampoco lejos, haciendo un poco de “colchón” y fungiendo como relleno. Y aquellos que iban hasta atrás como borregos tragándose el polvo que los demás alzaban, siguiendo a todos, pero sin saber realmente a quién o a qué seguían.

El Papa Francisco mencionó ayer en su homilía a hablar del recibimiento de Cristo en su entrada a Jerusalén: “Así nace el grito del que no le tiembla la voz para gritar: Crucifícalo. No es un grito espontáneo. Sino el grito armado, producido, que se forma con el desprestigio, la calumnia cuando se levanta un falso testimonio”

Así vemos en el comportamiento tanto de la multitud de peregrinos que lo acompañaban, que creían en Él, como del pueblo que habitaba en Jerusalén al mismo hombre que se contradice constantemente. Un hombre que ama y luego odia, que ensalza y luego desprestigia, que confía y luego traiciona. Que habla maravillas y luego critica. Que aplaude y luego acusa. Que dice “es el mejor” ante otros y luego levanta el dedo para acusar y decir “es el peor”. Que vitorea con palmas, alaba y ensalza y luego acusa y mata con su boca como una expresión de lo que lleva en el corazón. Simplemente, porque no ha conocido de forma profunda al verdadero amor que transforma todo.

Y esta disonancia e incoherencia del mismo hombre, que necesita ver para creer y que cuestiona todo sin haberlo experimentado previamente sino solo en apariencia, o peor aún, que habiéndolo experimentado luego se voltea, solo puede ser salvada, reparada y sanada por el sacrificio de Cristo en la cruz para poder redimir todo ese pecado que nos sume no solo en una constante incoherencia, sino en el deseo de amar a un Dios sin cruz. Una religión fácil. Una relación de fidelidad sin confianza. Una confianza con mentira. Amor con traición. Exito sin constancia. Fama efímera sin sacrificio por amor y sin que haya sido sostenida por una identidad en el ser, sino solo por un hacer sin fundamento. Dinero sin esfuerzo. Carrera sin estudio. Trabajo sin habérselo labrado. Hosanna y Crucifícalo.

Cristo quiere, acepta, integra, hace suyo el sufrimiento. Toma nuestro pecado, lo carga encima de sus hombros, lo experimenta en las espinas y los clavos.

La respuesta de Dios al misterio del sufrimiento está en la cruz. La respuesta a tanta incoherencia está en un Dios que justamente se presenta con tanta humildad y sencillez, despistando a todos. Un Dios cuyo poder no es lo que el mundo nos ofrece y al cual sucumbe el hombre a diario. Un Dios cuyo poder esta justamente donde no se ve, en el silencio y en el amor que se expresa de una forma tan vulnerable en la cruz. En el amor que solo Él es capaz de donar en nuestro corazón para consolarnos, animarnos y ayudarnos a continuar.

Lo que viviremos en estos días en el Triduo Sacro, es solo por el deseo de Dios de compartir camino, casa, amor, dolor, todo con nosotros. Una alianza de amor, donde todo lo nuestro sea suyo y todo lo suyo sea nuestro para que podamos vivir en coherencia y en verdadera libertad. Para ello, debemos de aprender a abrirle nuestro corazón para entregarle todo nuestro amor, pero también nuestro dolor a un Dios que se donará sin límites.

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