Invidere

IMG_6359Todos alguna vez en la vida hemos experimentado que alguien nos envidia bajo el velo -quizás- de las agresiones pasivas constantes o de la crítica y del chisme. Otros, puede que hayan experimentado ese sentimiento tan fuerte que le corre por las venas y les quema de tal modo que no saben cómo controlarlo y qué hacer con él.

La envidia, para los que la padecen y la reconocen conscientemente es un sentimiento vergonzoso, pero más vergonzoso lo es para quienes creen y buscan genuinamente amar a Dios.

Etimológicamente la envidia proviene del latín invidere, donde “in” significa “poner sobre” “ir hacia” y videre significa ver, por lo que pudiera englobarse desde su origen como “poner la mirada sobre algo” o “meter la mirada dentro”.  Por tal motivo, la palabra envidia al venir del latín invidia, significa malquerencia, malevolencia, celos u hostilidad hasta cualquier sinónimo de ellas.

Para la psicología, la palabra envidia es un estado emocional que puede o no ser consciente y que se caracteriza por un sentimiento poderoso que se ha mantenido o experimentado por un largo tiempo hasta crear un patrón emocional constante; es decir, un modo de comportarse y de sentirse que es inadecuado y disfuncional. La envidia puede ser leve o intensa, simple o compleja dependiendo no solo de la intensidad con la que se experimenta sino de las acciones que detona en la vida diaria.

Lo cierto es que este patrón emocional representado por un sentimiento interior que ha perdurado por un tiempo detona a su vez una forma de comportarse del cual puede o no ser consciente la persona que lo padece. Esta forma de comportarse puede oscilar en el espectro de las agresiones pasivas que solo son detectadas por la persona a la que están dirigidas pasando por sarcasmo, rivalidad, competencia, el uso del humor negro, la devaluación constante por lo que el otro dice o hace, la crítica o el chisme, todo porque en el fondo se desea lo que el otro no solo tiene a nivel material sino por lo que es como persona. El envidioso no solo anhela tener algo material sino quizás desea tener algo que el otro si tiene en su personalidad o esencia y que no logra obtener.

Por lo tanto, el que padece de envidia necesita ser el centro de atención, necesita que lo miren porque, aunque no lo reconozca, se siente de menos. Y como no logra resolver este conflicto interior de forma sana, la mente busca resolverlo de forma insana; y esa forma es dirigiendo toda su frustración, complejos o sentimientos interiores hacia la persona que representa en su mente a ese ideal de persona o a esas cualidades de persona que se desean obtener, pero bajo todas estas acciones encubiertas.

En el ámbito espiritual, la envidia forma parte de los siete pecados capitales que definió San Gregorio Magno como una manera de clasificar los vicios para ayudar a educar a los cristianos sobre cómo vivir la moral. El catecismo de la iglesia católica nos indica en su número 1866, que son llamados capitales no por la magnitud del pecado sino porque generan otros pecados.

Santo Tomás de Aquino llamó a la envidia como la “tristeza del bien del otro” porque se anhela “eso” o “aquello” del otro y en vez de sentir alegría por lo propio y por lo ajeno, se experimenta tristeza porque se “siente” que se carece de algo que veo que tiene el otro.

El relato del Génesis sobre Caín y Abel es una expresión culmen de las consecuencias nefastas de ese sentimiento.  Los hijos de Adán y Eva eran diferentes en muchas cosas, pero lo importante más bien era lo que tenían en común: eran hermanos. Las diferencias eran que Caín era el grande, Abel el pequeño. Caín era campesino y Abel era pastor. Pero creo que la diferencia más grande no estaba en sus oficios sino en la magnanimidad de sus corazones pues Caín le ofrece a Yahveh los frutos de su cosecha, mientras Abel le ofrece lo mejor de su rebaño. Mientras uno ofrece lo que lo limitado de su corazón le indica; el otro le ofrece todo lo mejor que tiene, porque justamente su corazón era ilimitado en su amor. Uno tenía una capacidad de amar pobre y pequeña, el otro la tenía grande y generosa. Aquí en este texto se nos da una primera enseñanza de lo que el sacrificio significa y nos muestra que a Dios siempre se le debe ofrecer lo mejor.

Yahveh acepta con agrado la ofrenda de Abel, pero rechaza la de Caín, y le indica que debe esforzarse más exhortándolo a revisar su corazón, al advertirle que estaba al acecho de ser cazado. Dios vio el corazón de Caín, vio todo lo que había en él y por eso lo invita a revisarlo para transformar esos sentimientos que lo llevarían a la ruina. Pero Caín no obedece a Dios rechazando su invitación y siente aún más envidia. Abusa de la confianza que su hermano experimentaba en él, lo invita a salir y lo mata.

El corazón de Caín estaba enfermo. Padecía de ese terrible vicio que se llama la envidia. Caín quizás tuvo en exceso de miradas sobre la vida de Abel, en vez de ocuparse por mejorar la suya. En esto vemos claramente la incapacidad del que sufre de envidia de mirarse a sí mismo, porque se le va la vida mirando a otros; en especial al que envidia. Como dice el significado etimológico de la palabra, puso su mirada en otro por encima de sí mismo, metiendo la mirada en un lugar equivocado.

Según el funcionamiento del cerebro, esto es algo que les sucede a las personas que se desbalancean a nivel emocional o inmaduras. Un exceso de pensamiento focalizado o convergente porque se fija la mirada en otro o en algún aspecto de forma obsesiva y con ello no solo se deja de verse a sí mismo y de cuidar el propio corazón, de poder ser consciente de esos pensamientos negativos que fomenta su mente y cultiva un sentimiento de celos, hasta que se llegó tanto a focalizar la persona en el otro, que se pierde a si mismo consumido en el abismo. Además de ello, se pierde la capacidad de ver la perspectiva global, todo aquello que la vida le ofrece y le regala de bueno, todo aquello que forma parte de las bendiciones de Dios, lo que se tiene en vez de lo que no se tiene y tiene el otro. [Ver Uno se siente tal como piensa]

El envidioso, deja de mirar su corazón para mirar al otro. Lo que el otro tiene, lo que el otro hace, lo que el otro dice, cómo el otro se peina, lo que él otra compra, lo que el otro usa, cómo el otro se viste, etc. Y quizás, esto le paso a Caín en su mente y su corazón; no solo dejo de observar su interior, de hacer consciente esos pensamientos y sentimientos de envidia, sino que se focalizó tanto en la vida de su hermano que olvidó la suya olvidando incluso la exhortación de Dios quien busco su bien al rechazarle su ofrenda, no solo porque no estaba siendo generoso sino porque quizás no la estaba haciendo con amor. La competencia de Caín lo llevó al extremo: a quitarle la vida a su hermano. Y tuvo que pagar por ello.

Cada quien tiene su lugar en este mundo. Cada quien llega a él con una misión. Algunos la descubren y la persiguen, sin mirar a nadie en el camino, solo a Dios y a su corazón. Sin importar incluso lo que piensen otros, aunque sea algo bueno, pero mucho menos haciendo caso a lo malo.

Otros en cambio, viven pendiente de los otros sin mirar al frente y peor aún sin mirar a Dios, intentando caminar por esta vida hacia delante, pero distraídos mirando a otro lugar. Las diferencias en las vocaciones, misiones, roles de vida y trabajos no son lo relevante, porque quien se acepta a si mismo acepta a otros y en consecuencia acepta que las diferencias son complementarias y nos enriquecen a todos, más si vienen del plan amoroso de Dios.

Las misiones en la vida del cristiano son como las copas y los vasos. Diferentes tamaños, diferentes formas, diferentes capacidades. Lo importante es que cada quien descubra cuál es la suya y rebase hasta el tope su capacidad. Pretender que una misión es más importante que otra, es indicador que algo no está bien en el corazón. Cada quien desde el plan amoroso de Dios está pensado para llevar a cabo esa misión que es única y es intransferible de cara a Dios. No porque su misión es más grande, no porque es más importante que la de otros o de menor o mayor magnitud, sino porque es la suya, la que el corazón amoroso de Dios le entregó desde que lo pensó en la eternidad.

Si eres de lo que has sido víctima de las agresiones pasivas, criticas o maledicencias de otras personas que padecen envidia, es necesario que pongas límites si esas agresiones te están objetivamente afectando en tu camino. Las relaciones personales y laborales deben estar basadas en el respeto y la valoración mutua y recíproca, porque partimos justamente de que todos somos dones de Dios por lo tanto todos estamos llamados a aportar algo significativo. Quien no te valora, no te merece.

Sigue adelante con paso firme sin dejar de ver tu corazón para cuidarlo de que no te contamine esa envidia que experimenta el otro. Pero nunca dejes de mirar a Dios y de preguntarle si lo que eres, es lo que Él pensó desde la eternidad. Y haz todo con amor.

Si eres de los que tiene la mirada fija en lo que el otro hace, si eres de aquellos que te cuesta felicitar a otros por los logros que obtienen, si eres de los que como modo de vida critica a otros, mejor intenta revisar tu corazón para que encuentres más bien de lo que tu careces y anhelas en otros. Redirige esa fuerza interior que inviertes en otros para cambiarte a ti mismo.

Busca a Dios y pregúntale qué quiere y desea de ti. Pues quien está conforme con lo que es y con lo que Dios le pide, no pone su mirada en otros para competir, devaluar, criticar o atacar; solo la pone para felicitar, agradecer y motivar.

Si no estás conforme con lo que eres y reconoces este sentimiento en tu corazón, busca ayuda antes de que te quedes como Caín, vagando solo por el camino de la vida.

Psicología Católica Integral®
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