¿Doble moral?

mesas-de-luz-con-cajones_iZ25XvZxXpZ2XfZ73697996-148346479-2.jpgXsZ73697996xIMDesde hace algún tiempo he venido escuchando la expresión “es que tiene doble moral” para referirse en especifico a personas que actúan de forma poco coherente con lo que profesan, donde sus conductas son poco éticas o para denotar actos moralmente incorrectos.

Debo de reconocer que esta expresión siempre me ha generado incomodidad pues al intentar reflexionar desde un ámbito antropológico cómo alguien puede operar con el uso de dos “moral” a la par, veo trabas importantes al querer explicarlo.

Hablar de doble moral considero que es un exabrupto. O se tiene una moral recta o no se tiene. Cuando hablamos de moral nos referimos a aquella que hemos venido formando por medio de las facultades mayores como la inteligencia y la voluntad, que nos permite clasificar o establecer parámetros por medio de los cuales podemos juzgar si algo por lo que deseamos optar está bien o mal, es correcto o incorrecto no solo para nosotros mismos sino que afecta a otros.

La moral cristiana juzga los actos no a las personas. Ella es una brújula interior que nos indica donde está un bien para nosotros y cuando no lo es en base a principios universales y la esencia de aquello que deseo juzgar. La moral nos indica como debemos conducirnos en la vida diaria. Pero esa moral no se vive solo en referencia a uno mismo pues eso sería egoísmo y la descontextualizaría del mundo en el que estamos llamados a vivir y a relacionarnos. Ella no solo se vive en relación al hombre en si mismo, sino que se vive también en relación con Dios y con los demás que habitan en un lugar que nos rodea llamado sociedad.

En esos ámbitos se mueve la moral: con Dios, consigo mismo y con los demás como una sola en unidad con todo lo que conforma e integra al ser. Pero mucha de la mentalidad contemporánea ubica a la moral como si fuera algo dañino, como aquel medio por medio del cual Dios castigador desea ejercer un control sobre nuestra persona para oprimirnos y mantenernos así por un camino de falta de plenitud. La realidad es que quien piensa así es porque no conoce al verdadero amor que es el de Dios o quizás no ha tenido la oportunidad de formarse, o quizás desea justificar sus acciones inmorales por esta vía. La moral cristiana también la podemos llamar la moral del amor pues lo único que busca es que podamos vivir como seres humanos desde nuestra esencia; es decir, vivir para lo que hemos sido creados que es para el amor y en el amor en plenitud de vida.

La moral nos ayuda a cumplir con ese propósito. No es una enemiga, no son muchas morales, tampoco tiene doble cajón. La moral es una y es nuestro mejor aliado. Ella necesita en primera instancia que nosotros podamos ir utilizando nuestras facultades mayores como son la inteligencia y la voluntad para poder discernir y reflexionar aquello que recibimos del exterior y lo incorporamos al interior pero no sin antes pasarlo por un filtro para poder separar aquello que percibimos, separar la esencia de los accidentes, lo que es de fondo y lo que es de forma y poder crear convicciones que nos ayuden a optar por aquello que previamente hemos definido. La libertad opta por aquello que se ha definido previamente y la voluntad lo lleva a cabo con vigor y energía.

Pero cuando las personas no han formado una escala de valores, cuando no se ha educado a la conciencia porque no se percibe la realidad de manera objetiva, cuando se otorga un poder por las heridas emocionales que no se han sanado o por la falta de formación en las facultades menores como son las pasiones, los instintos, los sentimientos y la imaginación entre otros, lo que sucede es que la persona va creciendo sin formar esta moral porque la conciencia de la realidad esta distorsionada. Por esta razón, la persona comienza a hacer opciones que no son buenas para si misma porque simplemente se deja llevar por lo que los jóvenes de hoy llaman “la gana”. Y la vida comienza a estar a merced de la “gana” definida como aquellos gustos o deseos más instintivos y la conducta comienza a ser el resultado no de la unidad de alma y mente, con la inteligencia al mando, sino del impulso vano de gustos que va y viene que se llama gana. Y en este sentido no hay un equilibrio entre lo subjetivo y lo objetivo; es decir entre la realidad objetiva que juzgamos con todos los elementos posibles desde todos los escenarios y ángulos posibles; y la interpretación subjetiva que hacemos de esa realidad objetiva. Al final, la adecuación entre ambos elementos se llama verdad.

Los hombres por naturaleza siempre podemos optar por diversas razones. Algunas veces se opta porque da placer o gusto, otras veces porque se busca justamente obtener algún provecho personal sacando alguna ventaja en aquello que se opta y otras veces simplemente porque existe una proyección correcta del deber ser que plasma en la mente el ideal que se debe perseguir englobando las responsabilidades y deberes morales no solo en el orden personal sino en el ámbito social.

Pero es justamente cuando el hombre decide optar con el motor interior de buscar simplemente un placer o cuando solo busca un fin utilitario de las situaciones o incluso de las personas, cuando entonces no podemos hablar de experiencia moral pues le falta lo que es más esencial y es la búsqueda de un bien no solo a nivel personal sino orientado a buscar un bien para otros.

Recordemos entonces que cuando juzgamos adecuadamente, no solo buscaremos hacer opciones que nos ayudan a desarrollarnos integralmente porque representan un bien para nosotros sino para otros siendo nuestro comportamiento ético porque es la moral que hemos formado continuamente lo que la motiva y la que rige ese comportamiento. Incluso cuando practicamos esta forma de vivir, podemos llegar al culmen de la expresión que es cuando optamos por claudicar a nuestros deseos y gustos, para sacrificarnos por los demás y por ideales más altivos. En este escenario es cuando podemos decir que existe una experiencia moral que rige el comportamiento de la persona.

Con esto no estoy queriendo decir que no hayan equivocaciones y que no aprendamos de la experiencia de habernos equivocado, pero esto no es lo mismo a permitir hacer opciones que van solo en el beneficio personal y a su vez en el detrimento de otros.

Por todo esto, cuando escuchamos decir que aquella persona tiene “doble moral” en realidad caemos en una postura relativista. Quiero decir que se hace una connotación inadecuada de la función de la moral en la vida de la persona. Pues no tenemos dos moral como si fueran dos cajones diferentes y en uno tenemos todas unas convicciones que nos conducen a hacer opciones dañinas para nosotros y para otros pero además tenemos otro cajón que si tiene convicciones correctas y que nos ayudan a hacer opciones de bien para nosotros y para otros. Esto es una utopía porque atenta contra la unidad del ser y divide a su vez a las facultades mayores como son la inteligencia y la voluntad generando un supuesto dualismo interior que fragmenta la identidad de la persona provocando un comportamiento falto de ética en algunas ocasiones y en otras ocasiones un comportamiento ético.

La realidad del asunto es que interiormente no existe tal doble moral aunque muchos podamos ver constantemente a personas actuando de forma muy poco coherente a como su supuesto pensamiento al parecer dicta. Afirmando una cosa y haciendo otra. Presentándose como personas moralmente rectas porque justifican fines buenos pero con medios ilícitos y moralmente incorrectos.

Lo que en realidad existe en el interior a pesar de esta falta de coherencia dual, es una moral que no esta fortalecida, que no es capaz de crear convicciones y asumir posturas de vida, de ser coherente en sus acciones con aquello que previamente su inteligencia ha determinado. Una moral que no esta formada y que no se guía por la razón porque la inteligencia no es capaz de juzgar adecuadamente y separar lo que es esencial de lo que no lo es. Una moral que no puede comportarse como una brújula que guía por buen camino al caminante porque interiormente no se han formado esas facultades mayores que se encargan de tener encauzada a las menores, entonces la persona vive de “la gana”, de sus instintos, de su egoísmo, de su complacencia, de sus placeres caminando por la vida como un velero que le pega el viento y se dirige a donde sopla porque no tiene timón que lo ayude a navegar con un rumbo definido y que lo conduzca a puerto seguro.

La moral necesita de parámetros ulteriores. Necesita nutrirse de la relación con Dios. Necesita tener guías donde conducirse. Para que podamos vivir de nuestra esencia, es decir para lo que fuimos creados que es para y en el amor.

La vivencia de las virtudes teologales como son la fe, la esperanza y la caridad están íntimamente ligadas a la moral cristiana. Estar vinculadas a ellas en el diario quehacer humano ayuda a formar dicha moral. La esperanza como esa disposición constante del alma que impulsa las acciones conforme a la ley moral y que tiene como objetivo y fin a Dios. A medida que vamos ejercitando “buenos hábitos” porque optamos constantemente por un bien para nosotros, podemos formar una virtud. La esperanza es el medio donde se puede desarrollar adecuadamente la caridad, es como el agua del río para el pez. La caridad es la mayor motivación interior que podemos tener, el querer y desear vivir por amor y en el amor y no solo porque representa un bien para uno mismo, sino porque al salir de uno mismo y vivir para otros nos lleva a esa realidad ulterior que es el buscar por amor un bien mayor para otros justamente sin obtener quizás nada a cambio. Y por último, la fe como aquel don que solo puede crecer en el interior si se establece una comunión con Dios por medio de acciones concretas que permitan optar por conocerlo y conocer lo que es el bien mayor de todos y el amor más supremo de todos. El hombre de fe, como decía San Juan Climaco, no es solamente el que cree que Dios todo lo puede, sino el que cree que lo puede obtener todo de Dios.

La felicidad verdadera llega a nosotros conociendo lo que es bueno para nosotros. Si el camino no me esta haciendo feliz hay que replantearse las cosas pues o estoy viviendo mal esa opción que había determinado o no es el camino correcto. Para ser feliz necesito saber quien soy y esto implica conocer la realidad y saber cuáles son las opciones . Esto a su vez, me puede llevar a vivir en verdad, que significa la adecuación entre el conocimiento objetivo de la realidad con la interpretación subjetiva de dicha realidad. Cuando existe una concordancia entre esa interpretación subjetiva y la realidad objetiva podemos decir que estamos viviendo en verdad. Optar por ello representa un bien que nos ayuda a desarrollarnos integralmente y así podremos elegir libremente el bien que corresponde en cada momento. La inteligencia se sacia con la verdad mientras que la voluntad se sacia con el bien. La conciencia moral es la capacidad que tiene la persona de ver y conocer la realidad y al poder juzgarla adecuadamente podrá tener una coherencia entre su actuar y su pensar, entre la misma y su juicio. Pero ella, se debe ir formando a cada paso del camino y corregir el rumbo cuando se haya perdido.

Mercedes Vallenilla de Gutiérrez                                                                                                                                   Psicóloga Social / Escritora / Conferencista Internacional / Bloguer

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