Solo el amor puede hacerlo

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Cortesía de Diego Vallenilla @dieguisimo

En este blog he escrito infinidad de temas. A lo largo de más de 50 escritos he intentado dar luz a los que me siguen alrededor de diversos países sobre temas que agobian y afectan nuestra estabilidad, nuestro bienestar. Siempre he intentado compartir las luces que he recibido de Dios a través del Espíritu Santo además de la experiencia que tengo como psicóloga en ejercicio desde hace 24 años acumulada en 3 países diferentes con personas de diferentes culturas y nacionalidades.

En todos mis artículos son dos palabras las que mas se repiten: dolor y amor. La realidad más profunda e inherente al ser humano para vivir como dice el evangelio hay que morir un poco a nosotros mismos. A nuestros gustos, nuestro egoísmo, nuestros planes humanos, rectificar nuestros propios errores del pasado e intentar purificar tanto desamor y dolor con amor. Ese dolor y amor que siempre se vive en la vida misma y al parecer sin que tengamos escapatoria. Que toca la puerta tarde o temprano para confrontarnos con una realidad mas existencial que la vida misma y hacernos cuestionar quién soy, para qué vivo, qué sentido tiene vivir y morir. Pero también he hablado de como el dolor no está llamado a robarnos el amor por la vida, por Dios, por aquello en lo que creemos, por nuestros seres queridos, por nuestros ideales, hacia nuestra familia, por la patria, pero sobre todo nuestra esperanza.

Hoy no es diferente. Creo que esta realidad cobra un enorme sentido. Mi corazón sangra de dolor y mi mente no puede atreverse a intentar escribir de otro tema que no sea lo que esta pasando en mi amada Venezuela. La tierra que me vio nacer, donde crecí, donde me forme y donde habitan los seres que me llenaron de afecto y de momentos inolvidables durante mis 25 años de vida hasta el día que emigre por una vocación mayor al amor: seguir a Dios en el camino al que me llamaba para aliviar el sufrimiento de los más necesitados sin saber que a los 6 meses me encontraría con ese mismo dolor cara a cara a través del diagnostico de una enfermedad incurable.

Hoy, es ese mismo dolor el que me lleva al amor. Al ser testigo de lo que esta sucediendo en Venezuela donde los derechos humanos están siendo violentados, donde casi ha muerto un joven diariamente durante mas de 40 dias de resistencia, donde a los presos políticos los hacen comer excrementos, donde la guardia agrede con látigos de clavos y anclas de barcos, donde no hay estado de derecho y los jóvenes están siendo privados de su libertad por tribunales militares, no puedo mas que intentar ver esta realidad saltando de la óptica del dolor hacia la del amor.

Estos mas de 40 días de protestas hemos visto todo el abanico del comportamiento del ser humano. Desde las aberraciones más insólitas hasta la bondad más profunda. Desde la mentira mas despiadada hasta la autenticidad más absoluta. La fuerza vistosa del mal versus la fuerza del amor de quien lucha del lado del bien. Es muy fácil que el dolor que experimentamos muy profundo en el corazón y las lagrimas que a solas brotan sin ningún esfuerzo, nos nublen la capacidad de ver todo el amor que está a su vez brotando del dolor que padecemos en medio de una guerra civil desplegada a diario en las calles de toda Venezuela.

Es por esto que hoy quisiera referirme a ello. Como el dolor asumido con verdad y justicia lleva al amor mas pleno de todos. Como el mal cuando golpea sin piedad puede hacer brotar todo aquel bien que quizás estaba adormecido. Como el dolor asumido con fe, hace que del corazón del hombre salga su mejor versión de aquellos que luchan del lado del bien. Incluso, como saca una sonrisa del rostro de aquel que esta a punto de pasar a una mejor vida por haber dado la vida por sus ideales.

He llorado cada uno de estos días como cualquier venezolano dentro o fuera impotente ante tan cruda realidad. Por ese sentimiento de impotencia y frustración que ocasiona el mal. Y no solo he llorado por todo el mal que desde la comodidad de mi casa en México he visto por los videos, las redes sociales y los testimonios que mi familia me ha compartido. He llorado por la injusticia, la impiedad, la mentira, la manipulación. He llorado por cada madre que ha perdido a su hijo. He llorado por el amor y la fuerza de las convicciones con las que cada uno de estos hijos ha entregado la vida sabiendo que al salir de sus casas la exponían.

He llorado por el hambre que se pasa en Venezuela y todos aquellos que están teniendo que hurgar en la basura para poder llenarse con algo el estómago. He llorado por los enfermos que a diferencia de mi, no tienen medicamentos para poder sobrellevar y tratar sus enfermedades. He llorado por cada bebé que ha muerto por falta de alimentos. He llorado más que nunca por tener 21 años sin poder pisar la tierra que me vio nacer y a cada una de las personas que siempre he amado. He llorado por la maldad y la podredumbre del alma de quien saca a Dios de su vida y le abre por diferentes canales las puertas al demonio. He llorado por el odio que toco la puerta de aquellos que debieron servirnos y que en vez de quedarse en la parte de afuera de la casa, se instaló en la sala que se expresa en conductas que escapan a la lógica y al sentido común del ser humano mas pequeño que exista en el universo. He llorado por ver el contraste entre la pobreza que se vive en Venezuela versus la opulencia en que viven las familias de los políticos y de todos aquellos que se beneficiaron donde se pasan la vida entre mansiones y lujos desorbitados instalándose a disfrutar del saqueo de uno de los países mas ricos de Latinoamérica en recursos naturales en aquel lugar llamado “imperio” el cual tanto criticaron. He llorado por la ingenuidad de personas bondadosas que fueron engañadas con este socialismo del siglo XXI y con promesas populistas de un mejor mañana y de que vivirían en “el reino de los cielos en la tierra” sin saber, que a la vuelta de la esquina vivirían la antesala al infierno con historias de terror y de horror.

Pero no solo he llorado de dolor sino también he llorado por amor. Ese amor expresado por la bondad que he visto y que me ha conmovido hasta los huesos. Esa bondad que dentro de tanto caos puede llegar a expresarse con mucha mas fuerza y mucha más fe que antes. Han brotado de mi lagrimas de amor y admiración por la foto que mi primo consentido me ha enviado, cuando saliendo de una marcha se topo a un joven flaco de alrededor 18 años quien estaba tirado en el piso herido en la pierna con su escudo de defensa y su mascara a un lado. Me ha conmovido la leyenda que estaba escrita en la parte de atrás de su escudo como un recordatorio que quizás le mantenía en pie de lucha venciendo sus miedos ante Goliat: “Dios es mi pastor, nada me faltará” y que se entremezclaba con la sangre que el había derramado en una batalla tan desigual exacta a la que muchos cristianos libraron en el Circo romano por la defensa de su fe.

Me ha conmovido la viejita con mal de Parkinson que sin casi poder hablar marcho al lado de los jóvenes para darles aliento y decirles “no tengan miedo”. Me he admirado por el joven que se quita su mascara para alimentar con su comida a un niño de la calle. Le ha dado fuerza a mi fe la señora que le colgó a los guardias que los reprimían su rosario en el escudo mientras respondía al mal con palabras de amor para quizás doblegar su corazón. Me he sentido orgullosa ante la joven que con una pierna amputada se fue con sus muletas a marchar con la bandera colgada al cuello, sabiendo que la discapacidad mayor no está en la pierna que le falta sino en la falta de amor. Me he sentido más orgullosa que nunca por los jóvenes humildes que se agrupan con sus escudos llenos de mensajes de libertad, paz, lleno de convicciones que han salido del mismo corazón del hombre y no de salones universitarios. He llorado lagrimas de agradecimiento por la unidad que veo en estos escudos humanos y que como si hubieran sido capacitados en estrategias de guerra, van avanzando en formaciones como unos verdaderos guerreros pero de la justicia y de La Paz.

He aplaudido al joven que se fue a marchar el día de la madre con una pancarta que decía: “Perdóname Madre. Feliz Cumpleaños” Me ha motivado mucho la solidaridad en las calles cuando el mal llega a reprimir con violencia pero como en el antiguo y heroico ejercito venezolano “nadie se queda atrás” donde el que esta al lado se vuelca a rescatar al herido sin ni siquiera conocerlo. Me he emocionado al ver a los músicos cantar y tocar sus instrumentos en la calle en medio de balas, en los centros comerciales, en los parques clamando justicia y recordándonos la Venezuela que queremos recuperar. He admirado al leer en la espalda de un joven una leyenda que decía: “si el precio de la libertad es la vida, yo pago por ella”. He llorado al ver la sangre de tantos mártires que están exponiendo sus vidas por principios mas altivos: justicia, libertad y paz expresado al final en este caso en una democracia justa e igualitaria. He sufrido por la mujer valiente que se paro ante la tanqueta resistiendo las bombas que le lanzaban esperando a que la hirieran y por el joven desnudo que sin miedo se plantó resistiendo los perdigones porque el hambre en Venezuela le dolía mucho más.

He valorado la valentía de los jóvenes médicos de los cascos verdes de mi alma mater que salen todos los días a ayudar a los heridos. He llorado conmovida por aquellos que salen a marchar solo con sus escapularios, sus imágenes y con su barrera santa, pues al final creo que han comprendido que el poder de Dios y la confianza que pongamos en Él es el mejor escudo contra el mal que el mismo ha perpetrado los corazones y mentes de aquellos que dirigen a un país en llamas. Al final, porque han comprendido que en el culmen de esta crisis es una guerra entre el bien y el mal.

He sentido en muchas ocasiones que Venezuela hoy es la cuna donde se mese el engendro del demonio mientras se arrulla con los gritos del dolor humano. Pero al llorar también por cada una de estas acciones grandes que brotan del corazón y de la bondad de aquellos que sin necesidad de tener conocimientos profundos provenientes de alguna carrera universitaria, saben mucho mas que el mas letrado porque brota de un corazón donde habita el bien, el amor, la bondad y con ello la solidaridad, la empatía, la hermandad, los deseos de justicia y de paz, se que esas lagrimas de dolor se convierten en amor y Dios los toma como ofrenda y suplica de vida.

Si bien es cierto que el mal siempre luce mucho mas que el bien y que el odio sembrado por 18 años como estrategia del mal que divide y vencerá cuajo en un plan aparentemente perfecto y que nos tardamos poco tiempo en destruir y toda una vida en construir; también es verdad que la unidad, la fe, la bondad, la fidelidad, el amor, la fortaleza no solo física sino en las convicciones así como muchas más virtudes que he visto estos largos días en las calles de Venezuela me han motivado a creer con esperanza y a seguir confiando que ese mismo hombre que fue creado a imagen y semejanza de Dios está recibiendo de Él la fortaleza para seguir combatiendo esta guerra tan desigual entre el bien y el mal. Mientras exista un corazón bondadoso dispuesto a luchar habrá esperanza. Pero hoy no solo veo un corazón dispuesto a luchar por la verdad sino que veo a todo en pueblo que clama al cielo con unidad por justicia y por paz.

El dolor es mucho mas que un sufrimiento. El dolor en el fondo se ha convertido en amor. Este camino no ha sido sencillo pues descubrir el amor por medio del dolor es una de las tareas más difíciles a las que un ser humano puede confrontarse. El camino de descubrir todo este amor por medio del dolor aunque es una invitación para todos no es una tarea sencilla pues el odio, el resentimiento, la impotencia y la frustración que viene de la injusticia de otros y del mismo mal, puede llegar a cegarnos la razón y a cerrar esas puertas del corazón al amor.

Amar es para valientes. Es para aquellos que puedan tocar el corazón propio y el de otros para transformarlo en algo bueno y grande. Es para aquellos que están dispuestos a sufrir, pero otorgándole un significado trascendente a todo ese sufrimiento que injustamente se padece. Al final, solo el amor podrá hacerlo. Ese amor que se ve en las calles de todos aquellos que están luchando con bondad, confianza en Dios y amor por sus ideales, lo que no permitirá que caigamos.

 Fuerza y Fe Venezuela. Vince in bono malum (vence al mal con el bien)

Mercedes Vallenilla de Gutiérrez                                                                                     Universidad Central de Venezuela / Promoción 1994                                                             Psicóloga Social / Escritora / Conferencista Internacional / Bloguer

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