¿Manso o Menso?

img_0475Cuando llegué a México 20 años atrás, escuché uno de esos refranes populares que expresan la enorme sabiduría de la cotidianidad de una sociedad donde va contenida una gran verdad: hay que ser mansos, pero no mensos.

La palabra manso expresa a una persona que tiene la cualidad de la suavidad en su carácter y en su trato con las otras personas. Una persona mansa es suave y benigna; es decir, asume una actitud tranquila y obediente ante las circunstancias de la vida y hacia otros evitando con ello un mal a otros.

En el evangelio de San Mateo 11, 28-30 Jesús nos dice que así era su corazón: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”

Podemos por lo tanto comprender que Jesús fue manso porque acogió el plan de su Padre que era morir en la cruz por la salvación de nosotros los hombres y con ello brindarnos la posibilidad de poder alcanzar la vida eterna, poder restablecer ese orden perdido por el pecado original cometido por nuestros padres originarios Adán y Eva.

Una persona bondadosa siempre tenderá a buscar el bien y hacer el bien. Pero la realidad es que todos fuimos llamados al amor y para el amor y desde la creación Dios nos dotó con ese deseo interior de buscar no solo la felicidad, sino de buscar lo que es bueno para nosotros; por naturaleza, Dios nos creó buenos.

Para poder vivir todo ello Dios nos dotó de las facultades de la inteligencia, para poder discernir lo que es bueno para nosotros y de igual forma, nos dotó de la voluntad que es el motor o vehículo que nos hacé querer eso que hemos decidido que es bueno para nosotros. Al final, es el don mayor de todos, el de la libertad el que nos hace optar por ello.

El hombre es un buscador de la felicidad y la busca donde cree que la podrá encontrar; es allí en consecuencia donde pone su mirada. Pero la felicidad no es solo perseguir aquello que creemos nos hará feliz, sino que requiere de este paso del discernimiento para reconocerlo y optar todos los días de la vida. Pero la felicidad no solo viene de buscar lo que creemos es bueno para nosotros, sino de optar por el bien supremo de todos que es amar. Es allí donde nos topamos con ese deseo profundo e interior que Dios puso en nuestro corazón y es el de aspirar a su amor, reconocerlo como lo bueno para nosotros, optarlo cada mañana y vivir con Él es lo único que al final del día y de la vida, nos hará plenamente felices – pudiéramos decir- con gozo en el interior.

Lamentablemente el mundo nos ha hecho creer que para ser felices debemos buscarlo dejando de lado el hacer el bien y ser una persona de bien o lo que es peor, dejando de ser buenos, cuando la realidad funciona al contrario.

Aquellos que buscan el bien y ser personas de bien les va bien en la vida pues por añadidura serán personas felices y plenas. Esto quiere decir que si nos enfocamos en ser personas de bien en –ser buenos- por añadidura haremos cosas buenas, pues si nos dedicamos a vivir desde el centro de nuestro ser, desde aquella semilla de bondad y de bien que Dios al crearnos puso en nuestros corazones, casi sin darnos cuenta estaremos actuando bien y optando por lo que es bueno para nosotros y para otros.

Pero esto no funciona al contrario, si nos enfocamos en hacer “cosas buenas” sin cultivar nuestro ser bondadoso, esas obras al cabo de poco tiempo se pierden en el camino porque se convierten en actos puramente de la facultad de la voluntad, lo que pudiéramos llamar “voluntarismo” y se pierden porque falta el elemento esencial de donde debe emanar la bondad que es el amor. Los actos buenos desposeídos de amor solo se convierten en un quehacer inmanente; es decir, se quedan en el aquí y en el ahora. Pero si los actos buenos emanan de un ser bueno que desea por amor donar amor, entonces esos actos buenos serán trascendentes perpetuando mucho más allá del aquí y del ahora sus consecuencias, sino que tendrán una enorme repercusión en la vida de otros y al final, en el cielo. Por todo ello, la afirmación que el mundo nos hacé creer que a las personas buenas les va mal y a las personas malas les va bien es al final equivocada. Lo importante es estar enfocados en el “ser” para dar como fruto un “quehacer” bueno y no en el hacer en sí mismo pues no tiene valor sino emana del ser.

Howard Gardner quien es un científico reconocido de la Universidad de Harvard y quien fue el autor de las teorías de las múltiples inteligencias explicó en una extensa entrevista realizada este año por el diario de España “La Vanguardia” que en realidad no existen en la investigación científica llevada a cabo profesionales excelentes que son malas personas pues en realidad las malas personas no pueden llegar nunca a ser profesionales excelentes quizás –apuntó- tengan pericia técnica pero no logran ser excelentes.

La evidencia apunta más bien que los mejores profesionales son siempre excelentes, comprometidos y éticos dado que no se puede alcanzar la excelencia como persona y profesional si se vive para satisfacer el ego, la ambición y la avaricia, sino existe previamente un compromiso con objetivos que van mucho más allá de satisfacer las necesidades personales, pero de igual forma las de servir a otros y eso exige vivir con ética e integralmente; es decir se necesita ser una persona de bien.

Pero a pesar de que Dios nos ha creado así como ese deseo interior y a pesar de que existe mucha evidencia de que “el dinero no nos hacé feliz” muchas personas optan al contrario sacando al verdadero amor de sus vidas, sacando a Dios. Otras personas, por el contrario, desean profundamente ser bondadosos y buenos pero confunden ese deseo que viene de Dios asumiendo un patrón de vida sumiso y aquí es donde aparece la segunda palabra que conforman el título de este artículo: mensos.

La palabra menso es un adjetivo calificativo que significa tonto, pesado o bobo. La misma proviene del latín vulgar “mensus”, que expresa una persona a quien se le ha tomado la medida y se puede abusar de ella fácilmente.

Es una realidad que existe una línea muy delgada que separa la bondad del hombre que emana de una dimensión espiritual y la actitud de sumisión que asumen algunas personas y que emana de la dimensión psicoemocional de la persona.

Una persona sumisa generalmente es una persona bondadosa de corazón. Es una persona que tiene ese deseo interior de agradar a Dios y a los demás, de ser bueno con todo y con todos, que desea vivir en y para el amor. Lamentablemente ese deseo hay que formarlo pues puede ser mal interpretado y muchas veces en la psicología se suelen asumir patrones emocionales sumisos, donde la persona por diversas circunstancias no conecta con sus necesidades personales más profundas y necesarias de igual forma para vivir en el amor o confunde por falta de formación la diferencia entre ser bondadoso y ser sumiso, entre ser bueno y dejar que se abuse de esa bondad, entre la generosidad y la complacencia, entre ser manso y ser menso.

Una persona sumisa además de no conectar con sus necesidades personales siempre cede ante otros sin expresar lo que piensa, lo que siente, lo que necesita o le gusta y cede ese derecho a otros. Al ceder ese derecho va reprimiendo poco a poco su esencia perdiéndose en el camino con tal de complacer a otros y se va creando un clima de tristeza interior porque no se experimenta amor dado que con este otorgar a otros ese derecho espera que esos otros adivinen lo que se espera, se necesita o se desea.

En el plano afectivo ese patrón sumiso se puede vivir de igual forma además de reprimir sus necesidades personales, asumiendo responsabilidad sobre las necesidades personales de otros viviendo con un olvido de sí mismo que no es sano y que no conduce a relaciones emocionales sanas sino viciosas, generando un patrón emocional codependiente propenso al abuso emocional por aquellos que están frustrados interiormente.

En la dimensión cognitiva, el patrón emocional de sumisión puede estar siendo sostenido por una creencia errónea llamada “agradar a los demás” donde la persona cree que “siempre debo de preocuparme por los demás, aunque me sienta como hormiga” por lo que a toda costa cede constantemente a sus necesidades más profundas porque cree que eso es ser bueno.

Jesús en el evangelio nos dijo que su corazón era manso pero en ningún momento vemos en el evangelio que ser manso en Jesús fue sinónimo de renuncia ante sus propias necesidades, ante lo que Él creía, ante lo que pensaba, ante lo que sentía, ante lo que Dios le pedía y a su modo de actuar. Más bien al contrario, vemos a un Jesús que se plantó con firmeza ante los fariseos y ante toda la tradición judía para decir ideas muy contrarias y revolucionarias para esos tiempos, vemos a un Jesús que se apartó de la gente para ir a la orilla o la montaña porque necesitaba orar. Vemos a un Jesús que adaptó sus planes de viaje para ir a casa de Marta, María y Lázaro porque necesitaba estar con sus amigos. Vemos en todo el evangelio a un Jesús suave en su forma dando la vida por amor en una muerte de cruz, pero firme siempre en el fondo, persiguiendo con fuerza y defendiendo sus convicciones.

La bondad va de la mano de la libertad para optar; por lo tanto, sería sumamente contradictorio que una persona bondadosa tenga que ser sumisa porque ser sumiso implica no vivir en libertad interior sino todo lo contrario, implica renunciar de manera poco sana reprimiendo lo que se piensa, lo que se siente o lo que se desea hacer sin estar optando en libertad con todas las facultades implícitas en ese acto.

La bondad por lo tanto implica conectar con todas nuestras necesidades más vitales y las que por facultad hemos recibido de Dios, implica habiendo conocido y reconocido todos esos elementos optar por ellos o dejar de optar con nuestras facultades en sacrificio consciente y libre por amor a otros. Es decir, ser bondadosos implica conectar con todo nuestro ser y en libertad podemos decidir hacer felices a otros donando por amor lo que hayamos decidido donar, pero conectando antes con ello y optando en libertad por hacerlo.

Como Cristo dijo “a mí nadie me quita la vida yo la entrego voluntariamente” (Juan, 10-18). Allí es donde radica la unión entre bondad y donación sacrificada pero libre, orientada al amor más feliz y pleno de todos: el amor a Dios y por ende a nuestros semejantes, pero nunca asumiendo un patrón sumiso ante otros que quitan lo esencial: la libertad para optar.

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