Agape

eros-and-agapeEl otro día recordé un refrán popular que de pequeña solía escuchar: “El amor y el interés se fueron al campo un día, más pudo el interés que el amor que le tenía”. Una frase dura que expresa la distorsión que se puede dar en el ámbito del amor cuando las personas usan a otra persona para fines o intereses personales sin tener en cuenta o ignorando de forma consciente que las cosas son las que fueron creadas para ser usadas y las personas fuimos creadas para ser amadas.

Las heridas emocionales que algunos pueden adquirir desde la infancia, la falta de la experiencia del amor de parte de los padres, el abuso sexual o el crecer en un desierto afectivo en los años vitales para el ser humano como son la infancia y la adolescencia; el no aprender a poner límites a otros, el desarrollar el rol de hijo perfecto que busca siempre agradar y complacer a otros sin conectar con las propias necesidades personales, el egoísmo desmesurado, la violencia que agrede y arrebata todo en el interior, puede llevar a muchas personas a distorsionar lo que es realmente el amor como un don con el que Dios nos ha creado para podernos hacer transitar por esta vida de forma plena. Y es allí cuando sumado al pecado original que todos sin distinción traemos, se crece distorsionando el significado de lo que es amar y significa ser amado, del sentido de las relaciones interpersonales, de la amistad, del amor en la familia entre otras cosas.

De esta manera hace su aparición el interés. Como una forma de búsqueda del amor pero que al final no es amor pues se busca saciar a como de lugar aquello que se cree se necesita para sus propios fines ignorando al otro, pues la persona no aprendió a crecer en su capacidad de amar que parte de la experiencia no solo de saberse amado sino de sentirse amado y que es en el fondo la que motiva al sacrificio por otro, a la donación plena, a las relaciones basadas en un intercambio afectivo de mutuo beneficio buscando el bien siempre del otro sin esperar nada a cambio pero porque el otro también vela porque se reciba en ese intercambio afectivo lo mismo que ha sido donado. Pero cuando se crece sin recibir afectivamente lo necesario tanto por defecto o por exceso, la afectividad no madura y la persona crece con un desierto afectivo cuando no ha recibido lo necesario convirtiéndose en un buscador del amor pero no de manera sana, sino de manera egoísta, cayendo en el chantaje emocional para buscar atención, manipulando a otros para obtener aquello que se desea o distorsionando lo recibido magnificándolo a la categoría de amor cuando no ha sido amor. De igual forma, cuando se ha recibido un amor con excesiva atención,  la persona se vuelve demandante de amor, exigiendo algo que nadie está en capacidad de brindar, experimentando algo que podemos ejemplificar con la frase de “nunca es suficiente” porque la persona entonces aprendió a vivir sin ser autónomo en las propias decisiones o a valerse por si mismo porque siempre había alguien que lo hacía impidiendo que asumiera responsabilidad sobre su propia persona.

Sea por defecto o por exceso de amor la afectividad no madura como se espera y entonces es allí cuando se desvirtúan las relaciones de pareja o en consecuencia la verdadera esencia del amor. Llamando amor a lo que no es amor. Demandado atención en nombre del amor. Manipulando a las personas para saciar una necesidad afectiva de amor.

Fuimos creado para el amor. Es solo en el amor como nos realizamos y como podemos sentirnos felices y plenos toda una vida. Pero esa capacidad de amar la vamos desarrollando desde que abrimos los ojos a este mundo y experimentamos sin saberlo el pecho de la madre que cobija y da seguridad afectiva. A medida que vamos creciendo, esa experiencia del amor que significa “sentirnos amados” no solo “saber que nos aman” nos va fortaleciendo en esa seguridad de poder relacionarnos con otros de manera equilibrada. Es allí cuando aparecen los amigos para seguir integrando nuestra afectividad, ellos y los hermanos van enseñando al niño lo que son las relaciones interpersonales que implican donación mutua, el sacrificio y la abnegación al verse forzados en la convivencia diaria a compartir, la renuncia de los gustos, de si mismo, el poder compartirlo todo, la generosidad que se requiere en la entrega. El amor de amistad o de camaraderia que nos brinda la posibilidad de sentirnos amados aunque no hayamos hecho nada especial, sino que nos ama simplemente por ser uno mismo –incluso- que nos ama mucho más allá de nuestros propios errores y limitaciones.

Cuando todo este amor de amistad y hermandad se va dando con el crecimiento natural de la vida, se va fortaleciendo a su vez esa necesidad afectiva de valoración y de pertenencia que no solo se inicia en el ámbito de la familia, sino que se va expandiendo al circulo de las amistades. Sentirnos amados, sentirnos valorados, sentir que pertenecemos, nos brinda la posibilidad de ir expandiendo esa capacidad de amar y ser amados sin ningún tipo de interés más que porque nos consideran con valor, sabiendo que tenemos valor, sintiéndonos con valor por lo que somos y lo que podemos llegar a ser para otros: don de uno mismo y un don para otras personas.

Cuando se llega al final de la adolescencia esa seguridad de sentirnos amados y valorados por lo que somos al igual que ese sentido de pertenencia a la familia y al grupo de amigos tan importante en la vida, madura esa capacidad de amar brindando la posibilidad de comenzar a amar a otro ser en igual de condiciones. De esta forma podemos establecer el inicio de una relación en igual de condiciones, esto significa que ambos son don mutuo valorándose uno a otro y por lo tanto, cuidando uno del otro. Es allí donde comenzamos a aprender poco a poco a medida que vaya madurando nuestra capacidad de amar lo que es la donación en sacrificio por el deseo de hacer feliz a otro. Es así como el intercambio afectivo comienza sus primeros pasos en una relación, para ir creciendo poco a poco a medida que esa capacidad de amar va madurando en una donación hasta llegar a la comunión en el amor.

La palabra amor tiene un amplio significado que puede ser interpretado desde diferentes ámbitos de manera diversa iniciando por el ámbito científico pasando por el artístico, psicológico, filosófico o religioso. Para todos, la palabra amor proviene de la palabra en latín (del latín, amor, -ōris) que abarcaba una serie de sentimientos pasando del amor pasional al amor familiar.

En diversos ámbitos ha sido definido como un conjunto de sentimientos relacionados con el afecto que son el motor de ciertas actitudes que pueden ser medidas e incluso observadas y que se pueden expresar con frases, gestos, acciones y que crea un sentimiento interior de paz, armonía y felicidad. Científicamente se ha demostrado incluso que genera endorfinas u otras hormonas asociadas con la felicidad.

A pesar de que todas estas definiciones son acertadas en los diferentes ámbitos desde donde se les aborde, desde mi perspectiva solo enfocan un aspecto limitado de lo que significa el verdadero amor, pues solo se comprende en totalidad si lo vinculamos en nuestro esfuerzo por comprenderlo a nuestro creador pues fue Dios el que dentro de su plan de salvación lo pensó como el medio por el cual nos realizamos unos a otros, como el sentido incluso de la propia vida, como la razón por la cual ganaremos el cielo o seremos juzgados si vivimos sin él.

Es Dios la fuente originaria del amor, principio y fin de toda le existencia humana. Es solo en el amor a Dios donde encontramos el verdadero punto de partida para el amor humano. El amor de Dios es el manantial donde brota la fuente inagotable del verdadero amor que nos conduce cuando se derrama en nuestros corazones a la vivencia de ese amor verdadero que nos lleva a la plenitud de vida aquí en la tierra y que está representada en sus tres formas.

El amor erótico que se expresa en griego con la palabra “Eros” y en hebreo con la palabra “Dod” y que es la que vivimos a plenitud en el marco de la sexualidad matrimonial. Por medio de esta expresión del amor como un don creado por Dios se vive esa complementariedad entre la pareja que ayuda a llevar a un culmen la finalidad del matrimonio de hacernos uno entre nosotros para hacernos uno con Dios y que a su vez nos abre a la vida por medio de la procreación. Es un amor que da vida a otros y que está orientado como una expresión de amor para la unión conyugal.

El amor de amistad que se expresa en griego con la palabra “Filia” y en hebreo con la palabra “Raya” y que es ese amor fraterno que establecemos con los amigos o la familia, incluso también se puede dar en la unión esponsal con una identificación plena con esa alma gemela perfecta donde cada una de las partes se considera un don mutuo y recíproco, que se relaciona con otro porque hay un vínculo de amor que busca el bien del otro y que se dona sin ningún tipo de interés más que la felicidad del otro.

Por último, el amor de comunión que es el más pleno de todos que se expresa en griego con la palabra “Ágape” y en hebreo con la palabra “Ahava”. Es ese amor donde un matrimonio se hace una sola carne para vivir ese amor de comunión con Dios. Es el amor que nos llama a hacernos uno solo en unión de cuerpo y alma, uno solo con la voluntad de Dios en nuestra vida. Es el amor que las almas consagradas y los sacerdotes viven también con su esposo Cristo. Es ese amor donde Cristo nos dice que nos hagamos unos solos con su voluntad, cualquiera que esta sea la comprendamos en ese momento o no porque de esta manera cumpliendo solo la voluntad de Dios esa misión con la que nos pensó es que podremos vivir la plenitud en el amor.

Hacerse uno solo con la voluntad de Dios en medio del dolor, es el culmen del amor. Es el mismo amor que Cristo expresó en la cruz con la entrega de su vida donde se donó a nosotros para que tuviéramos vida por medio de su esposa la iglesia. Como nosotros al unirnos a esa cruz que Dios permite en nuestra vida, estamos también imitando ese ejemplo de Cristo con ese amor de comunión. Entregando y donando como Cristo para que otros encuentren ese inmenso amor de Dios que nos espera siempre, el que nunca abandona, el que consuela profundamente, el único que no falla.

En ese pasaje del evangelio donde Cristo le pregunta a Pedro que si lo amaba, Cristo utiliza la palabra “amor de comunión”. Pedro le responde afirmativamente pero usa la palabra que significa “amor filial”. Pedro no es capaz en ese entonces de responderle al Señor con ese amor de comunión que Cristo le pedía: “Pedro ¿me amas?” y Pedro le responde: “te amo como a un amigo” o lo que es lo mismo un “te quiero”. Pedro en ese momento de dolor no era capaz de responderle a Cristo “te amo” como nos pasa también a nosotros y Cristo le pregunta por segunda vez pero Pedro le responde de la misma manera. Cristo al final se rebaja al nivel de Pedro y le pregunta por tercera vez “que si lo quiere como a un amigo” para que Pedro responda por tercera vez que si lo quiere como a un amigo pues su amor aún no estaba maduro para responderle que lo amaba.

Esto es lo mismo que sucede cuando entablamos relaciones humanas y comenzamos a entablar una relación con Dios. Al inicio, cuando nos hacemos novios no somos aún capaces de decirle a la pareja que la amamos o incluso de poder vivir un amor de agape que sea capaz de donarse por completo pues aún el amor requiere recorrer un buen trecho en su capacidad de amar para poder madurar. El amor que entablamos siempre comienza con ese amor de relación pero a medida que va compartiendo el día a día y transitando el camino de la vida pueda llegar poco a poco a irse compenetrando. Y cuando la pareja contrae matrimonio, necesita aún forjarse como los metales en el calor de las pruebas de la vida para poder fundirse en una sola persona y así poder llegar con el paso de los años a vivir ese amor de agape que Dios desea que vivamos uniéndose en cuerpo y alma, haciendo una comunión con Dios.

En el camino espiritual sucede lo mismo. No podemos entablar una relación de agape con Dios a la primera. Necesitamos ir conociendo a ese Dios dentro del corazón para poder establecer una relación con Él que pueda ir progresando en su capacidad de amar.

Así es el amor de comunión. El amor verdadero, el que dura y hace feliz debe siempre transitar un largo camino en su maduración de su capacidad de amar. Un amor que comienza siempre de forma sencilla y que al inicio no es capaz de decir te amo, sino solo un te quiero como amigo. Un amor que debe recorrer ese camino con humidad y sacrificio pero que si incluimos a Dios en medio de el podrá al final de la vida llegar a ser lo que está llamado a ser. Un amor libre, que se done en totalidad, fiel y fecundo que corresponderá siempre buscando el bien del otro, que puede donarse sin ningún tipo de interés a otro.

Mercedes Vallenilla de Gutiérrez
Psicología Católica Integral®
Acompañamiento Psicoespiritual Virtual
http://www.psicologiacatolicaintegral.com
mvallenilla@psicologiacatolicaintegral.org
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Twitter: mvallenilla1 / Linkedin: Mercedes Vallenilla
“Hazme un instrumento de tu paz y de tu amor”

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