Acompañar con solemnidad

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En Música, acompañar es definido como un conjunto de elementos armónicos de una composición musical que sirven para sostener o acompañar a la parte principal, generalmente una melodía.

Me gusta mucho esta definición, pues cuándo recuerdo una hermosa canción pienso en que suena así porque hay muchos elementos que se integran en uno solo y que al final, no sabemos muy bien discernir cuando toca uno u otro, sino percibimos en contexto y en totalidad una sola melodía.

En el teatro, acompañar es definido como el conjunto de personas que, en las representaciones teatrales, salen a la escena y no hablan. Pero estas personas que solo aparecen y no hablan, están simplemente allí, cumpliendo todos con su rol de recrear o hacer más vistosa la labor de la persona que tiene el rol principal y al final, es lo que sale en una hermosa pieza de teatro, en toda una obra.

Si nos ubicamos en el ámbito de las personas, acompañar es definido como una acción que se da cuando una persona o grupo de personas que “acompañan” a alguien con solemnidad. Acompañar es estar con la persona en la situación que le toque vivir. Es simplemente estar allí. Podemos entender a la palabra “solemnidad” como la forma de acompañar que debe ser con formalidad, importancia, elegancia y firmeza.

Creo que estas tres definiciones en tres diferentes ámbitos tienen todas algo de cierto y de valedero también en el ámbito del acompañamiento psicológico.

El acompañamiento es una tarea profesional que requiere de ciertas pautas para que esta cumpla no solo con un código de ética al que hay que respetar para honrar al dolor ajeno; sino a su vez, para poder tratar con suma responsabilidad el dolor que la persona padece o bien por una pérdida o bien por una circunstancia de vida o bien porque el origen estuvo en una herida del pasado. Realmente no importa la razón que haya llevado a la persona a buscar ayuda en otra persona, a buscar un acompañamiento.

La labor de acompañamiento es todo un arte. No solo requiere estudios sino años de experiencia. En mi caminar por la vida, he visto muchas negligencias en este sentido, muchas de ellas ocasionadas por personas que con muy buenas intenciones dicen exactamente lo menos indicado al doliente en los momentos menos oportunos agudizando su dolor.

En primera instancia, considero que debemos saber que acompañar es algo que efectivamente requiere ser asumido con mucha responsabilidad. En lo personal, considero que es un favor que las personas nos hacen al compartir lo más íntimo de sus vidas: su dolor. No es fácil para nadie abrir el corazón, abrir todo el interior y compartir aquello que ellos mismos no desean experimentar, compartir sus confusiones, sus dudas, sus miedos, sus equivocaciones, compartir aquello que está muy oculto para todos.

Considero que es básica la actitud de humildad del acompañante. El que tengamos conocimientos en algún ámbito no nos hace mejores personas ni superiores al que sufre. De igual forma, el sufrimiento que experimenta la persona doliente que busca acompañamiento tampoco lo hace menos persona, su dignidad de hijo de Dios sigue siendo la misma. Si nos posamos ante Dios con una actitud de escucha sincera y de escucha sobre todo al Espíritu Santo que nos ilumina en cada cita, es que puede desarrollarse un acompañamiento en un clima de profunda confianza y respeto mutuo, condiciones imprescindibles para que el acompañamiento llegue a un buen término.

El acompañamiento puede darse en muchos ámbitos. En el espiritual, en el psicoemocional, en el pedagógico, en el legal, en el social y el familiar entre otros. Lo que si es común, es que la persona se encuentra desintegrada y ha buscado ayuda porque sus recursos personales se encuentran apagados o aplastados por la situación de dolor que experimenta. El acompañamiento busca de una manera lenta y pausada, integrar todos esos elementos que llevaron a la persona a vivir y estar en dolor. Integrar todas esas dimensiones del ser humano como son la afectiva, la psíquica, la corporal y la espiritual requiere de mucha escucha y paciencia, pero sobre todo de prudencia.

La característica principal del acompañamiento, es la escucha paciente. Uno de los errores más dramáticos que he visto en este sentido, es cuando la persona que acompaña salta a dar consejos y opiniones a “bote pronto” creyendo que tener  un par de elementos de la superficie es suficiente materia para dar un contundente consejo de vida y peor aún explicar la situación o dar un pseudo diagnóstico. Para poder acompañar es necesario escuchar sin prisas, escuchar periódicamente, escuchar con constancia y sobre todo, escuchar pacientemente. Esta es la única manera como el tiempo, nos ayudará a conocer la psicología de la persona, pues generalmente lo que reporta a simple vista no es la razón o el sustrato de fondo que sostiene el problema, pero para ello se necesita ser un profesional y además, intentar ir a la raíz de lo que opera de manera inconsciente. Y si solo es un acompañamiento de tipo familiar o social, no debemos de imponernos sino guardando distancia sobre todo si el doliente no desea que lo acompañenos aunque parezca que pudiera necesitar nuestra compañia. Tampoco debemos dar consejos a quien no los ha pedido, además de dar consejos drásticos sin tener el mayor número de los elementos posibles es un error grave en este ámbito. Todo ésto lleva implícito la toma de decisiones, la libertad de la persona para optar, el proceso maduro que ayude a la persona a activar sus resortes y el mismo tiempo necesario para que la persona interiorice y le de un sentido a todo lo vivido además del respeto al dolor ajeno. A veces, solo podemos rezar por la persona que sufre y otras simplemente estar allí disponibles.

Muchas personas que son perfeccionistas en el acompañamiento, buscan apurar al paciente, haciéndola sentir que “se ha tomado ya demasiado tiempo” cuando en realidad no hay tiempo para caminar sino al ritmo que cada quien necesite. Apurar o detener es igual de grave, porque cada psicología tiene su ritmo al caminar. Este es otro de los errores más comunes que las personas cometen al intentar ayudar al doliente, diciendo frases como “pasa ya la página” o “es tiempo ya de sanar” o “échale ya ganas a la vida” o “creo que ya pasó demasiado tiempo” son siempre frases que bloquean a la persona en su situación, porque hay que partir del principio de que nadie quiere estar en una situación de dolor y nadie quiere por sus propios recursos optar por sentirse así. A la vez, esto genera enormes sentimientos de culpa del doliente, porque trae como consecuencia una gran frustración interior al no poder por sus propios recursos resolver lo que interiormente pesa, duele e incapacita.

El acompañamiento es una tarea gradual, donde con lentitud y paciencia la persona va comprendiendo lo que le pasó, por qué le paso, donde se van resolviendo todas sus dudas, inquietudes y donde se van integrando poco a poco esas dimensiones de su persona que se desintegraron por el dolor vivido, para al final, desde mi perspectiva, reconciliarse e integrarse con Dios. Todo para vivir en totalidad y en unidad la vida misma, pero una vida vivida con Cristo al centro de todas sus dimensiones y se pueda escuchar una sola melodía. Qué importante es durante el proceso de acompañamiento que la persona se sientan profundamente amados por Dios y por nosotros como una expresión de ese amor, pues el mismo amor sana.

Para poder acompañar de manera adecuada es importante respetar los sentimientos de las personas por más desproporcionados que nos parezcan. Nunca hay que decir que no hay razón para sentirse así pues esto genera mucha más incapacidad personal y agudiza los sentimientos. Tampoco hay que decir “se por lo que estás pasando” y menos, cuando no hemos vivido ni remotamente algo parecido, pues el dolor es como el cepillo de dientes, único y personal. Hay que validar y comprender lo que la otra persona siente, sin quedarnos en ello. Tampoco hay que “enojarse” por el sentimiento que la persona experimenta por más irracional que parezca, ellos son los primeros que no desean sentirlo así. Por otro lado, tampoco hay que aconsejar a la primera sin escuchar por completo a la otra persona, porque sino podemos robarle sus esperanzas y su primera necesidad que es sentirse comprendido. Tampoco es conveniente decirle a una persona que hacer de una manera contundente, a menos que corra riesgo su seguridad personal. Siempre es mejor usar palabras como “yo creo” o “te recomiendo” pues la recomendación cae suavemente como un pañuelo y no como una piedra que aplasta a la persona y la hace sentir más incapaz. Siempre hay que darle la opción a la persona, para que sienta que a pesar de su dolor, es capaz aún de optar y hay que darle espacio para decidir. De esta manera sus recursos personales se pueden prender y ayudarlo a progresar a pesar de todo. Esto le dará una sensación de libertad, la experiencia de sentir que al menos están autogestionando aunque sea un poco de su vida y con el tiempo ayudarlos a optar los harán mucho más maduros en todas sus dimensiones.

A pesar de que veamos o tengamos claro lo que ellos no ven, debemos dejarlos a ellos a encontrar por si mismos eso que es tan obvio para nosotros. Así el doliente puede ir conquistando pequeños espacios de libertad interior que con el tiempo, le darán una sana independencia y autonomía. Nunca hay que tomar decisiones por ellos mismos, esto en el caso de que no sea patológico su padecimiento pues los incapacita mucho más. Tampoco hay que dar indicaciones drásticas que impliquen cambios de vida de manera contundente a menos que estén comprometidos aspectos que atenten contra su propia vida o que esté expuesto algo mucho más trascendente. Hay que buscar ser suaves en la forma y firmes en el fondo cada vez que sea necesario. En la parte cognitiva, hay que explicar con fundamento y gran amplitud lo que les pasa de manera gradual. Saber decir lo que el paciente en su estado actual podrá digerir. Ni más ni menos. Pues el que estén en dolor implica que estén en confusión, pero no necesariamente implica que no sean capaces de comprender algo de lo que les pasa. Es muy importante hacerles saber que es normal que sus pensamientos estén todos confundidos, que no sepan verbalizar y conceptualizar lo que les pasa y que expresen todo sin hilo y con poca coherencia. Si pudieran expresarse de otra manera, no estuvieran en crisis y no necesitaran ayuda. Siempre hay que motivar para exigir y ayudarles a ver lo que llevan no tanto lo que les falta.

Saber qué decir es clave para ir sacando adelante las inquietudes que se presentan, pero nunca todas de una vez, sino dejar que vayan resolviendo poco a poco todo el embotellamiento cognitivo que el dolor les ha causado. Nunca hay que asumir que han comprendido todo, por eso siempre hay que preguntarles que han comprendido para ir verificando el avance que van teniendo. De igual forma, tampoco hay que asombrarse por lo que escuchamos, porque sino podría ser interpretado como un juicio hacia ellos. Las palabras polares como “todo, nada, siempre, nunca” no los ayudan, porque verán sino que están muy lejos de alcanzar la meta y de tener un progreso objetivo. Hay que brindar un clima de seguridad emocional, garantizando siempre la confidencialidad de la información obtenida. Hay que tener tiempo, no escuchar apurados viendo el reloj, para ello es importante que el doliente sepa de antemano el tiempo con que contamos para escucharlo. Pero sobre todas las cosas, hay que ir cultivando con el tiempo la confianza pues al final es lo que sostendrá todo el proceso, sobre todo cuando los mecanismos de defensa jueguen su papel y el doliente no comprenda en el fondo lo que hemos hecho, lo que le hemos dicho o lo que le hemos propuesto. Si el clima del acompañamiento de antemano no lo podemos garantizar, si la persona que acompaña no se encuentra con las disposiciones interiores necesarias, sino se encuentra con el tiempo indicado, es mejor cancelar la cita por el respeto al dolor de la persona, siempre es mejor ser caritativos y no buscar ser eficaces y para ello, el diálogo siempre ayudará a explicar las razones. Y si por algún motivo se debe cancelar la cita, es muy importante ofrecerle de inmediato un espacio alternativo para no desanimar al doliente y hacerle ver, que respetamos su dolor y valoramos su confianza.

En la biblia encontramos toda una historia de acompañamiento. Dios, desde el origen no quiso que estuviéramos y sufriéramos solos pues el dolor cuando es compartido, es comprendido. Vemos a Yhavé en el antiguo testamento que aparece infinidad de veces para acompañar al pueblo de Israel. Vemos a un Dios que siempre está allí, iluminando a los profetas que fueron a su vez enviados para iluminar al pueblo que los seguía como Moisés. Cristo, el Buen Pastor, es el modelo de acompañamiento pues es ese Cristo médico que vino a sanarnos y salvarnos. Él nunca dejó solo a los apóstoles, siempre estuvo allí enseñando con su ejemplo. Hoy, el sigue aquí, en nuestro corazón para que podamos acompañar a imagen de Él al que sufre y ser espejos de su amor para que nunca se sientan solos.

Acompañar es un don. Como en la música, solo somos un instrumento puesto por Dios para ayudar a que suene al final una hermosa melodía para sostener o acompañar a la parte principal, sin que nos destaquemos cuando suene. Al igual que en el teatro, estamos allí de manera poco visible y metafóricamente sin hablar, para que el doliente viva el mejor rol de su vida, una mejor actuación, sea protagonista de su propia historia y viva la mejor versión de si mismos. También estamos allí en la vida espiritual o psicoemocional para acompañar solemnemente. Valorando, respetando y con una actitud de profunda humildad y agradecimiento a Dios y a la persona por la confianza que inmerecidamente deposita en nosotros.

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Mercedes Vallenilla de Gutiérrez
Psicología Católica Integral
Acompañamiento Psicoespiritual Virtual

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