Las crisis: ¿ Peligro u Oportunidad?

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El ser humano debido a la huella del pecado original es “hedonista” de nacimiento. Esto significa que por la propia naturaleza caída, huimos del dolor y buscamos todo aquello que nos produzca placer.

Si nos ubicamos en un contexto centrado en lo humano, pudiéramos pensar que sería masoquista que algún ser humano deseara por si mismo y optara en libertad por el sufrimiento, cuando la vida te puede ofrecer otras cosas menos dolorosas. Pero la verdad es que la vida esta llena de acontecimientos de dolor ante los cuales no podemos hacer nada para evitarlos; algunos de ellos, producidos por la misma vida, otros por la libertad “mal utilizada” de otros.

Cuando el dolor toca la puerta, bien sea por un hecho de dolor no resuelto que llevamos años experimentando en el interior pero evadiendo su resolución o por un acontecimiento que súbita e inesperadamente llega a la vida, podemos caer en una crisis personal que nos sume en un profundo dolor. Y llega ese día, donde no nos reconocemos al espejo: ni en nuestra manera de pensar, ni en nuestra manera de sentir o incluso de actuar. Y nos preguntamos ¿ cómo fue que llegué aquí ? ¿ en qué lugar del camino me perdí ?

La palabra crisis ha sido utilizada de forma cotidiana como sinónimo para expresar que estamos estresados, confundidos o incluso nerviosos por algo que nos ha sucedido y que no sabemos resolver. Pero en realidad, la definición más correcta en el ámbito psicológico es la que la define como un estado “temporal” de trastorno emocional y desorganización caracterizado por una incapacidad (fracaso) del individuo para manejar situaciones particulares “nuevas” utilizando métodos acostumbrados en la solución de problemas. Lo que quiere decir, es que hay situaciones en la vida a las que nunca nos habíamos enfrentado, por lo tanto intentamos responder a esta nueva situación de la misma manera como en el pasado habíamos respondido, pero nuestros recursos fallan en el intento de resolverla y es cuando nos desorganizamos interiormente y comenzamos a experimentar síntomas o emociones entremezcladas de todo tipo; como la tristeza, el enojo, la apatía, la desilusión, la desesperanza, el miedo, la impotencia, etc. Los patrones de vida cotidiana se alteran, por lo que las personas no pueden cubrir sus necesidades sin auxilio bloqueándose emocional y conductualmente.

La gran falacia que me ha tocado ver en muchos casos es la creencia que ante acontecimientos de profundo dolor, tenemos y debemos saber en automático como responder. Y muchas veces, el experimentar un profundo dolor no es el problema en si mismo, sino el mal aprendizaje que tenemos, o el que no tenemos ante ello; o el no permitirnos sufrir, pedir ayuda, conectar con lo que sentimos, hablarlo, ordenarlo o el tener un muy bajo umbral de tolerancia a la frustración donde deseamos salir de la crisis tan rápido como podamos, de la misma forma como apretamos el botón del microondas para calentarnos una taza de café. Sin que nos estemos dando la oportunidad de vivir todo lo que tengamos que vivir y de descubrir por medio de esos hechos de dolor, todo lo que el Señor nos tiene reservado enseñar. Es darnos el tiempo justo y necesario para ello: ni empujar y pretender que nada ha pasado pero tampoco estacionarme más de la cuenta en el dolor que experimento.

En la mayoría de los casos, cuando llega un hecho de dolor contundente en la vida, las personas se desorganizan todavía aún más, porque en su interior guardaron heridas emocionales del pasado que nunca se detuvieron a sanar. Y se vive la vida como si nada hubiera pasado, pensando que nada pasará, pero cuando el dolor toca a la puerta de una forma contundente, estos pequeños “fantasmitas” que se escondieron en el baúl del sótano de la casa, salen para devorarse toda la psicología y con ello, a toda la persona, pero no en forma de “fantasmitas”, sino convertidos con el tiempo en todos unos “dinosaurios”.

Por la fe, debemos comprender en primera instancia que el sufrimiento es un misterio que muchas veces no resolveremos con ideas racionales acerca del mismo. Por otra parte, comprender que Dios no manda el sufrimiento, solo lo permite porque Él decidió contar y respetar la libertad de los hombres entre otras cosas. Pero muchas veces, ese sufrimiento es ocasionado por la libertad de otros, no por Dios. Pero Él, como buen Padre que es, sabrá ayudarnos a continuar si ponemos los medios para hacerlo. Y como el milagro de la multiplicación de los panes, el multiplicará nuestros cinco panes y dos peces en muchas gracias de sanación para el propio interior. Pero Dios solo obró milagros cuando había fe en el creyente y siempre a partir de los que las personas le llevaron, Él partió del esfuerzo del hombre para obrar milagros y sanar.

Siempre en las crisis debemos pensar que es normal que nos desorganicemos. Dios las permite para que ordenemos la casa y no sigamos viviendo con cosas tiradas en el sótano porque no le encontramos acomodo en la vida presente; en la sala, en la recamara o en la cocina; o simplemente porque quiere que hagamos el acto de sacar de nuestra propia casa todo eso que llevamos arrastrando por años y que no tienen o deben tener más cabida en el interior. Nuestra casa, es nuestra alma, aquella que está llamada a vivir en completa armonía y unidad con la mente y no dividida, desintegrada o intoxicada por el odio, el rencor o el dolor.

En griego la palabra crisis se llama “Krinein” y significa decisión o cambio; es decir, ante ella debemos tomar la decisión para poner los medios que nos ayuden a salir de ella para generar un cambio positivo de vida. En chino, la palabra crisis se llama “Weijji” y significa peligro u oportunidad, pues una crisis representa un peligro ya que podemos perdernos en ella y perder con ello nuestra propia identidad o vocación de vida arriesgando las relaciones de pareja, de familia o de trabajo que tengamos, pero también es una oportunidad de cambio a un nivel superior, a crecer en madurez pues siempre las crisis nos hacen crecer si las asumimos con fe.

Dios nos ha creado a imagen y semejanza de Él. Por la fe, sabemos que Dios no permite en la vida sino las cruces que solo podemos cargar. En consecuencia, debemos creer que interiormente hemos sido dotados de los recursos para afrontarlas, simplemente quizás no sabemos cómo poner o prender esos recursos porque nunca los habíamos necesitado y por ello, necesitamos darnos la oportunidad de aprender a utilizarlos. Pero mientras aprendemos, es normal estar desorganizados.

Es muy importante en el momento de las crisis reconocer que estamos en crisis para poder pedir ayuda. Nunca es buena decisión encerrarnos en nosotros mismos. Para ello, es vital revisar como se encuentran nuestros recursos personales al momento de la crisis. Ellos son aquellos resortes personales y espirituales que se tengan internamente disponibles a la hora que llega la crisis. Todos nacemos con resortes internos para salir de ellas. No solo por el don de la fe que hemos recibido pero que tenemos que pedir y que dependerán de un aprendizaje espiritual, existen en nuestra psicología recursos y resortes que traemos de manera innata por el simple hecho de que Dios nos creó con todo. El problema es si los he activado, los he puesto en práctica o están dormidos. La razón puede ser que no los puse en práctica nunca porque crecí y viví sin dificultades o quizás sin detenerme a sanar evadiendo lo que se había experimentado en el interior. La pregunta que debemos hacernos es si tengo habilidades para resolver mis problemas ó si actúo como una persona con una baja capacidad emocional.

Los recursos familiares también son importantes. ¿Estabilidad o Disfuncionalidad? ¿cómo crecí? Vengo de un hogar que fue disfuncional o vengo de un hogar donde puedo contar con el apoyo afectivo necesario que me brinde amor al momento de la misma.

En el caso de que los recursos familiares fallen o no estén disponibles, los recursos sociales juegan un papel preponderante en la vida de las personas. Son todas aquellas personas que pueden apoyarme en esos momentos; como amigos, psicólogos, psiquiatras, tanatólogos, guías espirituales, retiros de sanación o un sabio amigo que pueda no solo escucharme desahogar, sino que me ayude a despertar esos resortes dormidos con una visión objetiva de mi problema.

Dependerá mucho de la persona que me brinde la ayuda en un momento de crisis como abordaremos la situación, no solo en el momento presente sino en el momento futuro. Y que importante es que las personas que brinden apoyo tengan un basamento espiritual para que nos ayuden a encontrar sentido bajo la dimensión espiritual a todo lo que estamos viviendo. Hay que seleccionar cuidadosamente a las personas que brinden ayuda para que no seamos manipulados, sino que busquemos la verdad, nuestra verdad, aquello que podemos aprender, aquello que Dios nos quiere enseñar, aquello que siempre los hechos de dolor tienen para enseñarnos y que nos ayuden a crecer en todos los sentidos.

La dimensión espiritual está demostrada que pesa mucho más que otras dimensiones como la conductual, la cognoscitiva, la afectiva, la somática o la interpersonal. Quien aleja a Dios cuando vive una crisis personal, esta condenado al fracaso. Él quiere ayudarnos a cargar con el peso de nuestra cruz y nosotros al ofrecerlo, también estamos ayudando a Cristo con el peso de la suya.

Las crisis personales son oportunidades para forjar a nivel psicológico una nueva identidad de nuestro ser: sin lo que perdimos y con lo que podemos ganar a través de ellas. Y si además, las asumimos con fe, Jesús el Buen Pastor, nos ayudará con su gracia a fortalecer nuestra débil voluntad, multiplicando nuestro débil esfuerzo. Para que un día, me de cuenta que aprendí y me convertí en un ser humano más sabio, diferente, más preparado incluso para ayudar a otros. Porque sabemos lo que es estar allí.

Las crisis pueden ser una oportunidad para construir o para destruir nuestro ser. No hay términos medios. De la mano del Buen Pastor las crisis pueden ser una oportunidad para vivir en plenitud no solo aquí en la tierra, sino para que esos mismos sufrimientos puedan llevarnos al cielo y ofreciéndolos, llevar a otros al cielo. Allá no habrán sufrimientos, solo experimentaremos el amor y el gozo de estar con el Señor.

Mercedes Vallenilla de Gutiérrez

Psicología Católica Integral

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“Hazme un instrumento de tu paz y de tu amor”

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