¿Por qué Yo? ¿ Por qué a mi?

images-1Cuando te llega una enfermedad, te cambia la vida. Y te cambia más la vida, cuando hasta ese momento, no habías vivido ninguna aparente dificultad.

Desde pequeña, fui una deportista nata. Comencé a jugar tenis desde los 6 años de edad. Entrenaba 5 días a la semana. Corría todos los días. Los talentos recibidos me hacían sentir que lo tenía todo en la vida. Esto me hacía pensar que nunca nada me sucedería. Que todo lo que poseía aquí en la tierra sería eterno: mis aptitudes deportivas, mi posición social, mi condición física, mi belleza corporal, mi liderazgo humano.

A raíz del nacimiento de mi primer hijo se desarrollo una enfermedad catalogada como rara. A partir de allí, pasé a ser una persona oficialmente enferma. Hasta ese momento, solo había tenido una cirugía de pequeña y una fractura de dedo. Pensé – como todos- que las enfermedades y las malas noticias solo eran para los vecinos y que a mi nunca me pasaría nada. Siempre veía el sufrimiento ajeno, tan ajeno de mi. Era como escuchar una realidad demasiado lejana. Creo que llegue a mirar a aquellas personas que la vivían hasta con un cierto desprecio porque en cierto modo pensaba erróneamente que ellos se lo habían buscado o que habían dejado de hacer algo o haber hecho algo mal para estar en una situación tan desventajosa.

Y es que quizás esta es la manera como percibimos a los que sufren. Un poco como “quejunbrosos pesimistas”. Muchas veces, si estamos sanos nos cansamos de escucharlos. O decimos frases como “ésta viene otra vez a contar lo que le pasa” o “ay, ésta siempre con sus tragedias”. Y es que así es el mundo en que vivimos y en cierto modo es la consecuencia directa de tener la huella del pecado original en nuestra alma que nos ha hecho insensibles y hasta cierto punto un poco egoístas pues no queremos que nadie empañe nuestra felicidad con sus sufrimientos.

Los que hemos sufrido un hecho traumático en la vida como la pérdida de un hijo o un accidente en la familia, una noticia devastadora, un quiebre económico o una enfermedad terminal o como es mi caso, una enfermedad que no se cura y que he padecido por muchos años, aprendemos de golpe lo que significa sufrir. Pero solo cambiamos de parecer, cuando el sufrimiento un día toca a la puerta y es entonces cuando comprendemos a cabalidad lo que significa sufrir. Sentimos que nadie nos comprende y que no podemos explicar con palabras lo que siente el interior. Frases como “estoy contigo”, “te encomiendo”, “lo que necesites”, “no te preguntes por qué, solo para qué” nos caen pesadas y nos hacen sentir que no tienen sentido.

En esos momentos es cuando te das cuenta que absolutamente todo por lo que te desgastabas día a día, incluso lo material, no vale la pena ante el valor de la vida. Comprendes que lo único que cuenta es el amor de los que te rodean. El amor que fuiste capaz de dar -en mi caso- en nombre de aquel que me dio la vida de forma gratuita. Quizás comienzas a negociar con Dios para que te de un respiro nuevo de vida, para que te de un poco más de tiempo. Ver la graduación de los hijos, la boda, quizás los nietos nacer. Prometes enmendar tu propia vida. Ser mejor persona. Corregir aquello incomodo que se ha acomodado dentro de ti. Le pides a Dios un tiempito más a cambio de un poco de vida. Unos cuántos años mas.

Este gran golpe de la vida resulto ser lo mejor que me ha pasado por las grandes enseñanzas que me ha dejado. He aprendido a ser mejor persona, a darme a los demás, a valorar lo que tengo, en vez de pensar en lo que no tengo. He aprendido a dar gracias por los minutos de vida. A decirle a la gente que me rodea, que los amo. He aprendido que el valor de tu propia vida, esta solo en la capacidad de amar que tengas en tu interior. Y como el dolor que Dios permite en nuestra vida, solo esta orientado a ensancharnos el corazón para poder amar más y amar mejor. Pero sobre todo, para amar como Dios nos ama.

Todo en la vida es don y gratuidad del Señor. Es normal que nos cueste sobrellevar el dolor. En mi caso, no aprendí “todo de una vez”, sino paso a paso, poco a poco a pesar de mi propia profesión que me brindaba las herramientas intrínsecas para poder sobrellevarlo de manera adecuada.

A nivel psicoemocional el sufrimiento puede causar estragos sino lo afrontamos con fe. Y a la larga, puede causar estragos en la propia fe. Pues aunque la tengamos, aprender a vivir sin aquello tan valioso que perdimos de repente un día como un hijo o el mismo don de la salud, requiere de mucha fe, pero también de que pongamos mucho esfuerzo personal en comprometernos con soluciones integrales y de fondo, tanto espirituales, como humanas para que podamos responder en unidad de mente y alma a esa nueva realidad de vida.

Las crisis personales es como si Dios desordenara toda la casa para establecer un nuevo orden superior de vivir y de amar. Pero para volverla a acomodar, se necesita tomar una decisión personal y optar por salir adelante. Y si es necesario, pedir ayuda. Hay que romper el silencio interior donde podemos sumirnos por el dolor y buscar ayuda de personas que nos faciliten ver las cosas con objetividad: un sacerdote amigo, el párroco, la señora catequista, una mejor amiga. La compañera del ministerio o del trabajo. Un psicólogo.

También es importante tener mucha paciencia en el sufrimiento. En mi caso, es lo que virtud que mi enfermedad más me ha pedido practicar. Tener paciencia para aprender a sufrir y tener paciencia para sobrellevar el sufrimiento mientras aprendemos. Tenemos que hacer todo lo que tengamos que hacer; es decir, poner los medios para salir adelante y no acomodarnos en un rol de víctimas de Dios, de la propia vida, o de las circunstancias.

Es muy importante dialogar con frecuencia en familia de cómo el sufrimiento está afectando a cada miembro. La familia esta llamada a “jalar juntos y a jalar parejo”. Como los alpinistas, tomados de la cuerda escalando juntos la montaña con la certeza de que no vamos escalando solos, sino con la fuerza que nos dan los sacramentos y además, con el amor en familia que nos sostiene y nos nutre el alma. Hay que saber pedir disculpas y dialogar cuando la situación se pone tensa y las necesidades apremian. No debemos esperar siempre a reaccionar de manera equilibrada, sino a comprendernos cuando fallamos y a apoyarnos para seguir luchando. Ver que nos motiva interiormente e intentar hacerlo cuando nos sentimos solos, sin fuerzas. Observar y cuidar mucho nuestras razones objetivas y llenas de sentido común, pues estas pueden sostener un estado emocional inadecuado y hacernos sentir tal cual pensamos. Y a la vez, comportarnos tal cual nos sentimos. Tener claro nuestros puntos débiles, pues por allí puede colarse el mal.

El sufrimiento es un misterio teologal que no está allí para ser entendido por la razón, sino aceptado con fe en el corazón. Y esta capacidad de aceptar este misterio no se logra únicamente con un esfuerzo personal o por la misma sabiduría que hayamos acumulado con nuestros conocimientos profesionales o teologales, sino solo por la gracia que es dada al alma por Dios para acogerlo. Y Dios Padre que es un Dios bueno y misericordioso, si ve que estamos siendo fieles a una gracia, nos multiplicará las siguiente de una manera exponencial, pues ve confianza en sus designios y ve amor en nuestro corazón para acoger su voluntad.

Para que esto se pueda dar, necesitamos no ser soberbios intelectuales que pretendan solo con los conocimientos o solo a punta de razones generadas en el intelecto poder explicar algo que no esta reservado para responder a ello. Y aquí es donde podemos introducirnos en un hueco oscuro de desamor y frustración personal. Lo que llamo, un túnel sin sentido. Es como caer en un pozo profundo. Un abismo intentando buscar razones que expliquen ¿ por qué yo?, ¿ por qué esto me paso a mi?

La gracia hace milagros. Es la que sana. Cura. Lava las heridas. El, nuestro Cristo el Buen Pastor quiere sanarnos pero solo si lo dejamos. Pues como dijo San Agustín  “aquel que te creo sin ti, no puede salvarte sin ti” Aquel que te creo sin ti, no puede sanarte sin ti. El respeta nuestra libertad pero requiere de nuestra colaboración para lograrlo. La libertad es la que debe abrir el cerrojo interior para que la gracia entre y nos transforme por dentro el corazón, para tenerlo preparado con el mejor traje de fiesta para el día que nos toque llegar al cielo.

La enfermedad que he padecido desde hace 19 años ha sido la gran bendición de mi vida. El día que parta a la casa del Padre, solo quiero ser recordada por el amor que en nombre del Señor pude entregar a los demás. Si estás sufriendo, Jesús, el Buen Pastor, esta esperando para sanarte y darte la fortaleza para continuar. No te quedes sentado. Levántate. Busca y lo encontrarás. Y si el sufrimiento no ha tocado a tu puerta, da gracias al Señor y ayuda de alguna forma a quien padece y sufre a tu lado. No esperes a perder lo que mas valor tiene, para darte cuenta cuánto importaba. No te preguntes más ¿ Por qué yo? ¿Por qué a mi?

Mercedes Vallenilla de Gutiérrez                                                                                                   Psicología Católica Integral                                                       http://www.psicologiacatolicaintegral.com                                                                                  @mvallenilla1                                                                    mvallenilla@psicologiacatolicaintegral.org

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Rosario Miranda dice:

    Gracias por estos artículos iluminan la vida y la esperanza. Además me toco conocer de viva voz y de un poco cerca algunas de las experiencias, y entonces suenan como son, se perciben ¡reales!
    Un abrazo, Rosario Miranda

    Le gusta a 1 persona

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