60 Minutos al día

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El otro día asistí a un concurso de oratoria de mi hija. De repente escuché un poema anónimo. Se trataba de una niña qué comenzaba preguntándole a su padre cuánto ganaba por una hora de trabajo al día. El poema transcurre relatando las peripecias de ella para ahorrar unas cuantas monedas al día. Incluso, se narran los sacrificios que hacía para poder colocar unas monedas a la alcancía. De pronto, me quedé petrificada. La niña al final corre con el papá y le dice que al fin logró ahorrar algo de su sueldo al día. El papá le preguntó que para qué hizo eso, que si era para ver el esfuerzo que a él le costaba ganar el sustento diario. Ella le contestó que lo ahorró solo para poder comprar 60 minutos de su tiempo al día.

¿Cuántos niños en este mundo actual estarán queriendo comprar unas horas de tiempo a sus padres en la semana o solo 60 minutos al día? Se levantan cansados a correr intensamente para cumplir con una rutina del día que ellos mismos se han impuesto para perseguir todos aquellos sueños materiales de darle a sus hijos lo que quizás ellos no tuvieron, pero no se dan cuenta que en ese camino están dejando de lado un gran número de cosas más valiosas y trascendentes en la vida de sus hijos. Son muchos los padres que se levantan cansados y se acuestan cansados. Pasan, quizás, largas horas en el tráfico. Llegan a la casa de mal humor a servir la cena o a sentarse en el sillón con el control de la televisión en la mano para, después de unos minutos, irse de nuevo a la cama. Luego llegan al fin de semana demasiado cansados como para poder disfrutar de la propia familia. Se vuelven máquinas que cumplen una agotadora rutina: recuestan y levantan la cabeza a diario de la almohada siempre con la misma sensación de agotamiento y de nunca llegar a cumplir con la meta, pues las metas materiales son como un barril sin fondo.

Y es aquí cuando cabe preguntarnos: ¿qué tipo de meta he fijado en la vida? ¿Vale tanto aquello que estoy persiguiendo todos los días para darle a mis hijos lo que en teoría no tuve? A veces he llegado a pensar que más bien estos propósitos son trazados por los propios padres y no tanto por necesidades reales y verdaderas que tienen los hijos.

He visto a lo largo de mi desarrollo profesional las graves consecuencias que tiene en la vida de las personas el crecer sin sentirse amados. Todos cuando nacemos tenemos necesidades afectivas que pueden ser explicadas de una manera sencilla. La necesidad de sentirse amados es tan vital como comer o bañarse, pero no solo es imprescindible que lo sepan los niños, sino que lo sientan y experimenten en su interior por medio de la convivencia, las palabras, el tiempo que dedico a escucharlos, leerles un cuento, jugar con ellos, ver una película, ir a su juego de fútbol, aunque estén sentados en la banca, hacer guerra de almohadas, jugar con los perros o cocinar brownies en familia.

También experimentamos de pequeños la necesidad de sentirnos valorados por lo que somos, nunca por lo que hacemos y esto significa percibir que somos importantes para alguien sin que tenga que ver el desempeño o los resultados que tengamos. Es como tener una “garantía” de la plancha o de la lavadora, pero más valiosa, porque es una garantía firmada y sellada de por vida para hacernos capaces de amar cuando las cosas salgan mal, o cuando los sufrimientos inesperados toquen a la puerta. Además, es necesario que se sientan parte de una familia; es decir, saber que son “parte de” y que pueden llegar a un lugar donde siempre serán amados, comprendidos y escuchados.

Eso es lo que realmente los niños necesitan, pero el mundo nos ha hecho creer que lo que quieren es tener cosas en vez de amor. Si somos nosotros sus padres los que les damos y creamos necesidades que ellos no tienen, entonces es lo que al final del día aprenderán a pedir. En cambio, si les damos lo que realmente requieren que es el amor de la familia, además de fe y educación, no prescindirán de nada material, más que lo necesario para vivir y desarrollarse plenamente. Si ellos necesitan amor y les damos zapatos, ellos pedirán muchas más cosas materiales, pues no les estamos dando lo que ellos internamente necesitan realmente por lo que nunca podrán sentirse saciados. Como consecuencia, pedirán más cosas, exigirán más porque en su interior sentirán que nunca es suficiente pues no es con cosas materiales con las que se llena el interior del corazón del hombre. Al final, estas cosas materiales con las que intentamos llenarlos no los harán felices plenamente, sino solo se sentirán alegres 60 minutos al día.

El amor verdadero, el que dura y hace feliz, es el único que llena profundamente porque no tiene fecha de caducidad y porque responde a las necesidades más profundas del ser humano que habitan en su alma; y más, cuando este amor está inspirado en el amor más perfecto de todos: el amor del Creador.

Dios no creó al ser humano interiormente como maletas, contenedores o closets que deben ser llenados de cosas materiales. Nos creó con un alma y un cuerpo que requieren ser llenados con actos de amor que nos ayuden a trascender en la vida, pues el amor de los padres y de la familia está llamado a ser como el amor de Dios quien ama incondicionalmente. Nos ama a pesar de lo que hagamos y lo hace siempre. Es un amor que está disponible no solo 60 minutos al día, sino toda una vida aquí en la tierra y, además, en la vida eterna. Es un amor que nos alienta, nos motiva a continuar y nos sostiene, que nos escucha y nos consuela, que nos ama por lo que somos, nunca por lo que tengamos o hagamos. Si le damos a nuestros hijos lo que realmente necesitan les estaremos regalando los verdaderos cimientos que les ayudarán a desarrollarse de manera madura en la vida. Caminaran por las calles con la certeza de sentirse amados por una familia que los espera -al final del día- solo esperaran amor, siendo capaces cuando crezcan de entregar el mismo amor que han recibido a otros.

Esto nos debe hacer pensar si es tan valioso aquello que estamos persiguiendo al sacrificar tanto tiempo en familia. Si realmente aquello por lo que lo estamos sustituyendo vale tanto la pena. Sería interesante preguntarnos si las cosas que persigo día a día que me mantienen ocupado son las cosas que realmente quieren y necesitan mis hijos. A ellos no les importa tanto lo que nosotros tuvimos o dejamos de tener. No quieren que sacrifiquemos tanto tiempo fuera de casa y de sus vidas para que les demos lo que no tuvimos. Ellos son niños, quieren nuestro amor, solo que no saben pedirlo y nunca lo sabrán si nosotros a cambio los amamos dándoles ropa de marca.

Este amor está llamado a ser como los cimientos de un edificio: no se ven pero serán los que los sostengan toda una vida para que el día de mañana sean seres capacitados para tener una vida feliz y plena. Así estarán heredando a sus hijos lo más valioso que recibieron: el amor de sus padres.

¿Qué valor tiene 60 minutos de su tiempo al día? Los niños no deben irse a la cama sin tener la certeza de que al menos han sido amados un minuto de su día, para que ellos puedan mañana amar en cualquier circunstancia a otros todos los días de su vida.

Mercedes Vallenilla de Gutiérrez
Psicología Católica Integral®
Acompañamiento Psicoespiritual Virtual
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mvallenilla@psicologiacatolicaintegral.org
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